El mensajero

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Prometí ayer dejar mis impresiones sobre unos cuantos libros que he leído en los últimos meses, pero probablemente lo haré mañana o pasado. Puesto que hoy me apetece aludir a un hecho que no por lógico deja de resultarme sorprendente. Esto es; que la pandemia no sólo está modificando nuestro futuro. También nuestro pasado. Un ejemplo es la vida de Philip K. Dick. Antes del coronavirus, el escritor norteamericano ya era sin dudas uno de los grandes genios visionarios sobre nuestro porvenir, un profeta laico y tecnológico, pero ahora directamente es un profeta religioso. Un hombre de la férrea estatura moral de un Abraham o un Moisés. El san Sebastián de la era de la psicodelia. De hecho, su obra, al igual que la de J.G. Ballard, está progresivamente saliendo del territorio de la ciencia ficción para penetrar en el apartado religioso. Por lo que muchas de sus novelas probablemente comiencen a ser leídas como fábula morales o capítulos disgregados del Apocalipsis más que como obras de ficción. De hecho, aquellas famosas visiones en las que se contemplaba a sí mismo convertido en un cristiano perseguido por los romanos así como esos episodios esquizofrénicos protagonizados por una voz que identificaba con una entidad llamada Cebra, Dios o SIVAINVI están cobrando, a raíz de los acontecimientos actuales, idéntica dimensión. Saliendo del plano médico y del despacho psicológico para penetrar en el religioso. En los altares, púlpitos y catedrales. Han pasado en tan sólo dos meses de ser considerados históricos cuelgues mentales de un escritor confundido y abocado a la locura a reveladores testimonios del alma de un iluminado. Un místico. Y, asimismo, todos los sufrimientos que su (supuesto) transtorno le generó pueden ya leerse como parte de un doloroso proceso de redención. El necesario viacrucis que deben experimentar los hombres piadosos para dejar franco testimonio de los designios divinos, tal y como Robert Crumb diagnosticara en un famoso cómic.

Ciertamente, del futuro lo esperábamos todo pero lo que, en ningún caso, podíamos imaginar era llegar a conocer tan pronto tanto el rostro como el nombre de algunos de los santos que, cuando el Papa acceda a su canonización, serán inmortalizados en las paredes de las iglesias durante los siglos posteriores. Los caminos del señor, sí, continúan siendo inescrutables. Shalam

لن أستبدل أفكاري المجانية عرش

No cambiaría mis pensamientos libres por un trono

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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