El perro y la carne

0

Roberto Artl fue un escritor capaz de mezclar la suciedad con la astronomía, el cubismo con la carne y el sexo con la ilustración. Por eso es tal vez quien mejor ha descrito Buenos Aires. Porque la visualizó como un cuerpo erótico grotesco y fino muy deseable, pero tampoco dejó de lado su faceta delirante e intelectual.

En las novelas de Artl, la ciudad huele. A veces incluso apesta. Es un inmenso barrizal lleno de perdedores. La mayoría de sus personajes son anárquicos en el amor, la política y el arte. Son imágenes, metáforas de una sociedad destruida sin un proyecto claro. Viven en los márgenes, en el extrarradio y son esclavos de sus pasiones. Se entretienen apostando en los clubs, mirando los cuerpos de las mujeres o urdiendo planes para destruir la ciudad. Son supervivientes de la nada. Criminales ateos. Nihilistas salvajes que, sin embargo, suelen utilizar un lenguaje elaborado y recuerdan por ello a los bailarines de tango que danzaban refinadamente en los prostíbulos antes de pagar unas cuantas monedas de su sueldo a una morena.

En los cuentos de Borges, Buenos Aires es una enorme biblioteca. Un harén intelectual lleno de entes abstractos, mónadas platónicas que intentan averiguar su identidad. En los textos de Marechal y, sobre todo, en su novela central –Adán Buenosayres– es un gigantesco café lleno de personajes ilustrados y artistas que buscan reconocerse en un destino común. En los textos de Cortázar, es una zona de paso a otros lugares y otros tiempos. Un tablero de güija que pone en contacto órdenes espirituales distintos aunque tan sólo sea por un segundo. En Héctor Murena, la ciudad es símbolo de exilio. Una cárcel metafísica que convierte a sus habitantes en torturados reos edénicos. Y en Mújica Laínez, es un centro renacentista donde resuenan constantemente ecos de la historia argentina. Pero sólo en Arlt, la ciudad hiede. Es una cloaca. Un basural por el que van circulando distintos personajes delirantes y transtornados. Una masa compacta de olores y ruidos disgregados.

Arlt era un artista instintivo. Su escritura formaba parte de su riñón. Brotaba de su esófago. Era una ristra de pensamientos colgados en una tienda de embutidos. Más un pedazo de bistec que un artefacto lingüístico. Más un ladrido de perro que una metáfora de su época.

En realidad, Arlt se parecía mucho a los personajes de sus textos. Siempre fue un asesino. Sus libros eran armas con las que disparaba a los lectores y se defendía de la opresión política y la asfixia existencial. Eran amplios cuchillos grasientos con los que intentaba sobrevivir y hacerse fuerte en el destierro. Afirmarse ante los temporales de la tristeza y el oprobio. Shalam 

Las virtudes nacen cuando hay recompensas

إنَّ الْهَدَيَا عَلَى قَدْرِ مُهْدِيهَا

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo