El placer de las sabandijas

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Acabo de terminar de leer el primer libro que publicó Marc Édouard-Nabé, Au régal de vermines. Un texto incendiario donde me atrevería a decir que no hay persona o tema que no sea decapitado o quemado en la hoguera excepto jazzmen del calibre de John Coltrane o Charlie Parker.

La prosa de Nabé es radical, porosa, danzarina, temible. Un río de frases que se combinan aceleradamente creando un ritmo esponjoso. Una conjunción entre la de Louis Ferdinand Céline y Emil Cioran pasada por el filtro de la trompeta de Ornette Coleman. Nabé es insistente en sus odios. Obsesivo hasta casi el desgaste o la alucinación. Es un niño terrible de la cultura francesa que vomita mierda y se caga en sí mismo y la burguesía y los judíos y la amistad y todo aquello que se le ponga delante. Y atiza incesantemente a la clase de la que procede y a todas las inmundas tonterías que sostienen la cultura francesa y occidental sin miedos.

Con un talento descomunal y una alocada necesidad de ser escuchado, Nabé publicó este ensayo, diario, panfleto o quien sabe qué con sólo 27 años, demostrando que su talento era tan grande como su megalomanía y que la literatura no estaba muerta. No estaba condenada a expirar lentamente. Porque existía un muchacho que escribía textos con temperamento nihilista, el carácter de un perro y la finura de un gato mientras la cultura francesa proseguía su rumbo indiferente hacia el vacío. Y estaba dispuesto a declarar sus filias y fobias con pasión y lucidez sin callarse ni una sola palabra con el fin de que los libros volvieran a convertirse en algo peligroso.

Había, sí, nacido un monstruo literario que estaba dispuesto a decirle a los puercos y sabandijas del mundo cultural y político todo aquello que no deseaban escuchar sin importarle entrar en confrontaciones, ser rechazado o la mayor o menor consistencia de sus argumentaciones. Pues, en suma, el swing estaba con él. Cada nota de un saxofón y cada repique de batería. La voz de Billie Holiday y los gritos de Louis Amstrong.

Dejo a continuación el epitafio que, hace décadas, este burgués sin complejos -una prueba viviente de que tras cada francés de clase media-alta existe un niño mal criado, un dios caído y un resentido- deseaba ver escrito en su tumba. O mejor, que leyeran tanto sus admiradores como sus detractores. Lógicamente, sobre todo, estos últimos.

Ahí va:

“Queridos cabritos.

Acabo de recibir vuestras razones por las que vivir.

Sabed que la mía está definitivamente comprometida.

                                         (….)

Para evitar que me lloren, piensen todos ustedes que siempre les odié.

Vuestro desagradecido”. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

La riqueza es para el que la disfruta y no para el que la guarda

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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