El plantador de tabaco

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El plantador de tabaco es una novela que he disfrutado escuchando guitarrazos de Keith Richards, viejos discos de American Music Club, algún bocinazo procedente de la voz de Tom Waits y antiguas cantinelas de colonos y marineros. Una novela que, desgraciadamente, he leído en casa porque hubiera preferido adentrarme en ella en una playa de Colombia o Jamaica, contemplando el mar desde una hamaca y dándole un trago de tanto en tanto a una botella de whisky o de ron.

Me hubiera gustado leer El plantador de tabaco en una isla. Tras haber realizado un viaje en lancha y saboreado platos de pulpo y camarones frescos. Sintiendo el aire de los océanos inundando mis pulmones, oliendo a pescado fresco y contemplando a los nativos recoger las redes de sus embarcaciones y preparar platos de comida a fuego lento. No obstante, aunque comencé a penetrar en ella en un avión y la he finalizado en una habitación normal y corriente, he de reconocer que la he gozado. Probablemente, porque John Barth la escribió con el entusiasmo de un niño. Consciente de que al lenguaje hay que tratarlo con cariño y narrar es maravillar, alumbrar e iluminar. Algo que realiza sobradamente el escritor norteamericano puesto que se recrea constantemente en los detalles y en los ágiles diálogos de un texto que, en esencia, es una desesperada búsqueda por encontrar una identidad sólida. Es una regresión al pasado, (finales del siglo XVII), que podría explicar perfectamente el berenjenal de su patria durante el siglo XX:  la lucha por el poder, las traiciones políticas y la inocencia y rabia de los futuros jóvenes hippies y beats convencidos de poder cambiar el mundo con sus versos, como es el caso de Ebenezer Cooke -el Poeta Laureado de Maryland que protagoniza la novela- .

Los norteamericanos pueden estar contentos de no tener tras de sí -al menos en lo que refiere a la conquista y colonización del continente- una leyenda negra tan árida y oscura como la española. No puedo imaginar a ningún novelista español describir aquel período con la gracilidad con la que lo hace Barth. Casi como si sus espaldas estuvieran libres de cualquier peso o culpa histórica.

Sangre, violencia y locura son las bases en las que se sustenta la novela española ambientada en la época de la conquista y también, la latinoamericana. Por más que -considero necesario aclararlo- la de Barth no sea propiamente una novela histórica sino un pastiche que mezcla la ironía y duda posmodernas con el lenguaje de las crónicas y la novela inglesa del siglo XVIII. Un texto híbrido que convierte las aventuras del casto y desorientado Ebenezer Cooke y su hermana a lo largo de todo el libro en una especie de vodevil barroco donde nada es lo que parece y las páginas parecen olas cuya finalidad es conducir al lector hacia el asombro y la aventura. La pura diversión y el goce que, si no acaban siendo totales, es porque tal vez Barth podía haber acortado un poco su narración -(¿Qué tal 200 páginas?)- y no haber abusado tanto del juego de enredos ni de los sucesivos y constantes enigmas y cambios referentes al personaje (por otra parte, fascinante) de Burlingame.

Aunque, como ya dije anteriormente, tal vez estos pequeños reparos que pongo al libro, se deban a que no lo leí en el lugar más adecuado para hacerlo: una playa, un barco o una isla. Un territorio donde poder beber alcohol, follar y fumar cigarrillos liados sin mayores complicaciones morales, mientras masticamos las frases parecidas a hebras sueltas de tabaco, trozos de piña revueltos con arena que inundan la novela.

Tengo la impresión de que John Barth construyó este enorme edificio novelístico por motivaciones parecidas a las que condujeron a Herman Melville a componer Moby Dick:  debido a la inmensa vastedad de las tierras que tenía ante sí. Esos inmenso paisajes que rodeaban al norteamericano medio obligándolo a llenar sus vacíos espirituales y físicos con rascacielos, mansiones, megalópolis, torrenciales discursos y comida, mucha comida basura. Pero si Melville utilizó el lenguaje como un arpón y su novela como una metáfora del Pacífico, Barth lo usa como hilo de Ariadna. No para penetrar en un laberinto sino para intentar salir de él y poder describirlo. Para lo que realiza una reescritura de la historia y las crónicas.

Una operación que le sirve para reencontrarse consigo mismo y sus ascendientes dentro de un territorio donde cualquier pensamiento y suceso se carnavaliza y deforma hasta límites insospechados. Reflejo tal vez de la dificultad consustancial del norteamericano de aprehender su personalidad. La mezcla de su origen europeo y su destierro americano que tiene como resultado que cuando, como en este caso, se echa la vista hacia atrás, lógicamente, todo hecho aparezca trastocado y confundido y sea prácticamente imposible poseer certidumbre sobre lo vivido y narrado.

Obviamente, El plantador de tabaco es una gran metáfora de Norteamérica. Pero en este caso, sobre su surgimiento; unos instantes antes del comercio o del comienzo de su “consolidación”. Es una jocosa mirada a la oportunidad dada hace siglos a cientos de europeos de recomponer su personalidad y convertirse en los “otros” a cambio de desterritorializarse. Una sardónica visión de aquella época de las primeras colonias, piratas e indígenas en el que las letras tenían aún prestigio incunable. Un fresco que permite observar entre las sombras cómo se forja el método de control capitalista de las tierras, aun y a pesar de la metafísica confusión de razas e identidades que no afecta en absoluto a los negocios. De hecho, afinando bien la vista, podemos vislumbrar cómo una red fantasma comercial se extendía sin pausa por el mundo natural a medida que el narrador realiza rememoraciones a Voltaire o reflexiones sobre la naturaleza de la prostitución que tal vez, en el fondo, aludan a la propia novela. Prácticamente, un tratado sexual sobre cómo las palabras e historias en constante ebullición terminan provocando y convocando orgías literarias. Orgasmos narrativos y ortográficos.

El plantador de tabaco es un sabroso bodegón atemporal. Una enorme fragata literaria. Un lienzo trasnochado que convierte lo clásico en contemporáneo y hace comprensible lo deforme y oculto. Una narración libérrima (y a veces anárquica) que no es nada extraño que se comenzara a valorar en los años 60. Puedo imaginar perfectamente a Gilbert Shelton o a Robert Crumb leyéndola y apareciendo citada como guiño cómplice en un cómic de los Freak Brothers. Y puedo, a su vez, también visualizar a decenas de beats removiendo divertidos sus páginas mientras soñaban en recorrer parajes desiertos, montañas lejanas y abandonar de una vez sus trabajos como oficinistas. Pues la novela era un furtivo, casi alocado viaje al pasado, que aludía indirectamente a la necesidad de encontrar nuevos desafíos, paisajes y retos a medida que se iba construyendo la consumista Torre de Babel contemporánea. Esa celda donde, al igual que en el texto de Barth y el famoso juego creado por la compañía estadounidense Milton Bradley, todos en algún momento, se preguntaban quién es quién: una de las preguntas modernas por excelencia. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Los ladrones tendrán tiempo para descansar, los vigilantes jamás

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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