Ese rey pálido de sueños infinitos: David Foster Wallace

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Hay dos libros de los que no he hablado en el avería anterior porque me parece que merecían un comentario aparte: El rey pálido de David Foster Wallace y Compañía de sueños ilimitada de J.G. Ballard. Sobre todo, porque debido al extremismo con que desarrollan sus propuestas estéticas, ambos me han hecho reflexionar sobre ciertos aspectos de la literatura anglosajona que hasta ahora no había tenido en cuenta .

Es de sobras conocida la identificación del realismo mágico con la literatura hispanoamericana. Un hecho explicable debido a que en gran parte de la América hispana aún perviven un buen número de culturas indígenas. Algo que ha dado lugar a gran parte de los hitos literarios latinoamericanos de las últimas décadas. Y por esta razón resulta casi inevitable preguntarse cómo los escritores norteamericanos han podido  narrar, dar cuenta de la experiencia de habitar en un continente nuevo sin poder recurrir a las culturas arcaicas debido a que, en su caso, sí que las aniquilaron casi en su totalidad.

Una respuesta rápida, por ejemplo, la encontraríamos en Twin Peaks. Una obra en la que David Lynch recurría a los espíritus de los muertos y el bosque además de a las posesiones de ultra-mundo para ofrecer una visión ilógica, irracional y maravillosa de la realidad. Muchos de los films de zombies que arrasan taquillas en Norteamérica son en parte, un oscura visión de ese mundo ritual oculto que no se termina de atrapar. Y la manera a través de la que Tarantino desdobla constantemente sus narraciones en tiempos alternos, modificando los renglones de la historia oficial, una forma tan legítima como otra de reaccionar a este problema que me atrevo a decir que, de una manera u otra, afecta a la mayor parte del arte norteamericano. Algo que se puede constatar en series televisivas como La dimensión desconocida, la mayoría de los relatos de ciencia-ficción o los cómics que se desarrollan en dimensiones paralelas.

No obstante, existe una manera de narrar y atrapar este vacío en la literatura norteamericana de la que hasta ahora no había tomado conciencia hasta leer las novelas de Wallace y Ballard: la lisérgica. De hecho, más por torpeza mía que por otra circunstancia, estoy comenzando a tomar conciencia de que gran parte del arte anglosajón -desde las películas de Roger Corman, los grupos psicodélicos o las novelas de Thomas Pynchon- se encuentra estructurado en forma de trip. Como si las obras de arte fueran pastillas de LSD. Un canal ideal para conseguir ofrecer una visión distorsionada, movediza y fluctuante sobre este mundo inabarcable. De tal modo que me animaría a sostener -aunque ya sé que este tipo de clasificaciones muchas veces limitan y confunden más que aclaran- que al realismo mágico latinoamericano se le ha de contraponer el lisérgico viaje ácido de gran parte de la literatura anglosajona. Puesto que aquellas experiencias que los occidentales no tuvieron debido a su alejamiento de la naturaleza y su desconocimiento de las tradiciones chamánicas o los viajes astrales, las alcanzaron a través de la droga, tal y como queda reflejado en la estética dislocada, ebria, angostada y especular de su arte desde mediados del Siglo XX.

En fin, deseaba hilvanar hoy estas reflexiones porque, más allá de las alusiones y referencias a la obra de Kafka, la última (e inacabada) novela de Foster Wallace, El rey pálido, me parece que es mucho más entendible desde la perspectiva a la que me acabo de referir. Su manera, por ejemplo, de describir la maquinaria de la enorme agencia tributaria norteamericana me resulta esquizofrénica y lisérgica. Pues Foster Wallace no describe ese inmenso aparato estatal de manera convencional sino que lo hace a través de retales impresionistas, anécdotas de sus trabajadores, reflexiones en el aire, monólogos y diálogos. Es decir; a partir de técnicas propias de la novela fragmentaria y posmoderna. Pero lo que me interesa hacer notar en este caso (pues creo que es justo aquí donde radica la genialidad de este intenso texto), es que lo que busca (y consigue) el escritor norteamericano es desdoblar al infinito las imágenes de esta estructura estatal para darnos una imagen de la misma parecida a la de un monstruo de tres dimensiones. A una de esas borrosas, gigantescas siluetas que se contemplan en el horizonte por el efecto de un ácido. Y es ahí, en esos sinuosos efectos alucinatorios que nos proporciona el texto, en la voluntad de Wallace de llevar al límite sus propiedades lisérgicas donde entiendo que se hallan las claves de una novela mucho más cercana a las acuarelas abstractas de David Lynch que a Kafka. Una narración oblicua y asfixiante que ofrece uno de los relatos más desoladores de Norteamérica que recuerdo y más que de capítulos me atrevería a decir que está compuesta de paneles, celdas aisladas que se comunican por extrañas rendijas (¡atención al psicótico capítulo 22!) y de frases y episodios que parecen rayas de cocaína, cigarrillos de marihuana o pastillas de éxtasis.

Foster Wallace describe la agencia estatal como un objeto más allá de la razón, muy parecido a su país de origen, cuya “esencia”  es necesaria captar por medio de un lenguaje onírico. Una característica que me ha hecho vincularlo con J.G. Ballard, teniendo en cuenta que en Compañía de sueños ilimitada llega a unos límites de genialidad y locura narrativas apenas comparables con nada leído por mí últimamente.

A este respecto, creo que el escritor inglés era sumamente consciente de que debía dejarse llevar por una escritura delirante y flotante para dejar constancia de la sociedad en que vivía. No había otra forma de describirla con rotundidad que a través de la quimera, el desvarío y la alucinación. Algo constatable en una novela llena de escenas que parecen haber salido de los sueños locos de una cucaracha o ser una contrapartida lisérgica a gran parte de las narraciones fantásticas clásicas.

Sí, es cierto que esta historia con aires de musical psicodélico se desarrolla en Inglaterra pero -¿qué quieren que les diga?- el pueblo donde transcurre, me recuerda mucho al del Mago de Oz o a ciertos lugares situados en medio de ninguna parte que aparecen en gran parte de la narrativa norteamericana con la que, de algún modo, es cómplice Ballard en un libro imprescindible por lo “ralo” y diferente que es. Y que demuestra, según mi particular de vista, que los anglosajones no encontraron otra forma de acercase a la magia, el ritual y a lo astral que a través de las drogas, el alcohol o unas formas artísticas que bordeaban la psicosis. Eran semejantes a cuadrados abstractos, enfermedades, pesadillas o sueños de colores. Algo comprensible teniendo en cuenta el alto grado de desarrollo tecnológico al que llegaron desde los inicios de la Segunda Revolución Industrial.

No sé si he explicado bien lo que deseaba transmitir. Probablemente debería dedicarle más páginas pero me parece suficiente por hoy. Pues a veces es mejor sugerir que avasallar a través de explicaciones o demostraciones que tampoco creo que vengan al caso. Eso sí, no me gustaría terminar este avería sin hacer referencia al suicidio de Foster Wallace. Más que nada porque no he podido evitar leer El rey pálido con este hecho en mi mente, y en parte leo la novela como una despedida o petición de auxilio velada de un espíritu herido cuya (hiper)sensibilidad era demasiado grande para poder adaptarse a ese deshumanizado mundo que retrató con meridiana lucidez en su última novela. Tanto es así que debo reconocer que por momentos, he llegado a sentir vértigo y mareo con las descripciones tan agudas que realiza de la agencia tributaria pensando que eran en realidad, un retrato de su alma angustiada. Una fotografía fidedigna de un ser humano indefenso, ansioso e incapaz de encontrar el sentido necesario para mantenerse con vida en medio del frío laberinto moderno. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

La envidia señala las virtudes del envidiado y los defectos del envidioso

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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