Fama

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Décadas, siglos atrás, los escritores escribían para enfrentarse a lo desconocido. Deseaban saber algo que sólo podían alcanzar a vislumbrar escribiendo. Me da la sensación de que Robert Musil no planificó El hombre sin atributos. Quería contar una historia pero, en el fondo, no sabía bien qué y eso es lo que lo obligaba a escribir. Y que algo parecido le ocurrió a Italo Svevo con La conciencia de Zeno. Al fin y al cabo, un psicoanálisis narrativo abierto a un sinfín de interpretaciones.

Por el contrario, a día de hoy, pienso que muchos escritores escriben no para conocer sino para ser conocidos. No para mirar de frente a lo ignoto sino para convertirse en rostros reconocibles. De ahí por ejemplo que bastantes confiesen que la mayor parte de la trama de sus libros se encuentra planificada antes de comenzar el trabajo y que algo normal -que haya continuos desvíos, retrasos, tachaduras o reestructuraciones del argumento- sea considerado algo imprevisto y, en cierto sentido, molesto. No sé si los escritores de antaño deseaban ser eternos pero sí que los que han perdurado buscaban la excelencia. Creo que, a día de hoy, la mayoría añoran la fama. No sólo ellos, claro. Lo decía Alan Moore; antes los adolescentes se enrolaban en el ejército o se montaban en un barco y ahora -basta ver las redes sociales- se hacen fotografías y las suben a Internet.

En verdad, considero lógica la reacción de los escritores teniendo en cuenta la extrema indiferencia de la sociedad a sus creaciones. Cuanto menor reconocimento por nuestros semejantes, mayor necesidad de ser tenidos en cuenta. Muchos poseen la certeza además que cualquier aventura literaria está condenada al olvido. Así que una gran parte de sus esfuerzos se centra en darse a conocer de la manera que sea. Es en parte debido a este impulso -además de lógicamente por varios motivos más- que creo que el género de la autoficción ha terminado imponiéndose de manera abrumadora. Puesto que, al fin y al cabo, consiste en magnificar el yo del escritor sin necesidad de establecer un pacto de fidelidad con los hechos como (supuestamente) si se hace en las biografías. Si la realidad me ignora, parecen decir los escritores, yo ignoraré la realidad. Si el mundo intenta hacerme pequeño, yo me haré mas grande. Si no soy capaz de construir personajes independientes, yo seré mi propio personaje. Yo seré el autor, el personaje, la obra. Yo, el ignorado, seré Dios y, al mismo tiempo, humano. Yo seré todo.

Básicamente, el gran argumento de bastantes obras actuales consiste en comprobar de qué manera el escritor sufre y ama y no tanto en lo que cuenta (y mucho menos en cómo) ya que, al fin y al cabo, por más trágico (intentos de suicidio, peleas con los padres, divorcios), placentero (premios, viajes de placer, romances) o cotidiano (comidas, reuniones de trabajo, educación de los hijos) que pueda llegar a ser aquello que narra, no alcanzará un gran foco a no ser que sirva de propaganda de su personalidad. Publicidad de sus problemas y pesares. Así que, conscientes de ello, muchos narradores exhiben su dolor sin profundizar en la verdad o incidir en la tragedia. Convierten lo siniestro en familiar y los acontecimientos naturales y vulgares de la vida en espectaculares. Logrando con ello que la mayor parte de sus obras terminen por transformarse en exploraciones de lo conocido. Revelaciones de lo obvio. Ya que, al fin y al cabo, sus libros nos dicen que estamos perdidos en medio del océano una vez que el barco ha naufragado y que estamos salvados cuando ya hemos sido rescatados. Nos ratifican lo que ya sabemos: que la vida duele, la muerte aguarda y la tragedia puede aparecer en cualquier momento. Todo lo contrario de lo que ocurría por ejemplo con Fernando Pessoa quien oteaba temporales en un vaso de café y el infierno en una soleada tarde. Muy probablemente porque son escritores políticos. Buscan el consenso. Ansían el consenso. Y, al igual que los jerifaltes televisivos, saben que recordar una y otra vez a los lectores lo que estos ya conocen, es garantía de aceptación y audiencia; de fama. Saben, sí, que el cementerio está lleno de héroes, que la mayoría de las excursiones a lo desconocido concluyen dramáticamente y que les basta con tachar a sus críticos de envidiosos desde sus potentes altavoces para seguir reinando sin mayor dificultad en medio de áridos campos llenos de ensangrentados cuerpos sin vida de guerreros tuertos y soldados tullidos. Shalam

حتى الفقراء في الروح يصبحون أذكى بعد ألم شديد

Incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor

   

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    alejandro………………. voy a modificar las imagenes (fotos) de tus averias (ludico jajaj)………1-extraordinaria metamorfosis en la consulta de la doctora proporcion……..en el microfono canta una gran botella de cocacola…………………………………..
    2-este tiene la pinta de que por detras en la ventana pasa un tren de carbon……los extremos de los bigotes se le estiran y se le cuelga la ropa de un astronauta…………
    3- al que le parece al cantante de led zeppelin le pondriamos en la luz de sus manos un edificio con muchas ventanas hecho con algodon de feria…………..
    4- entre el individuo y el espejo ventilador pondremos el fular de isadora duncan…………..

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