Fat city

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No cabe duda de que Fat city es una novela especial. Leonard Gardner dio la espalda al hippismo y a la era Woodstock y urdió una historia sobre el fracaso protagonizada lógicamente por perdedores cuyo argumento parece una canción de Tom Waits. No el experimental, eso sí, sino el de discos como The heart of Saturday night, Small Change o Blue Valentine. Ese al que le bastaban un piano y su voz para convertir un bar en un tugurio y una calle céntrica de una ciudad moderna en un arrabal.

Huyendo de toda épica y con una escritura ágil y concisa, Gardner concibió una oda cruda y dura al boxeo. Un poema a los inadaptados, a los borrachos y a los fracasados que parece una mezcla entre Toro salvaje y un lienzo beat. Porque, en realidad, los boxeadores que la protagonizan son más vagabundos que fieros atletas. No luchan por la gloria sino por su dignidad. No combaten para enfundarse un cinturón de oro y comprarse una mansión sino para pagar facturas, deudas y desayunar unos huevos con bacon en paz. De hecho, son hombres duros y sin esperanza cuyos entrenamientos en gimnasios son más un acto de fe que una puesta a punto del mismo modo que sus combates en los rings son más pruebas de resistencia que ejercicios competitivos.

Pronto, Fat city se convirtió en un libro icónico en Norteamérica. Algunos críticos y artistas alababan a Gardner como si fuera un profeta. Probablemente porque, sin necesidad de ser tan intenso y dramático como los escritores malditos, tan ingenioso como los pintores pop ni tan oscuro e incisivo como los autores de novela negra, fue capaz de captar la esencia de Norteamérica. De la gente común. Un país capitalista, sí, en el que, a pesar de sus reflectores, habían muchos más luchadores que triunfadores. Personas que se llevaban reveses cotidianos de sus amantes, matrimonios, jefes y el estado tan duros como los ganchos de los resistentes púgiles de boxeo.

En realidad, Fat city quebró varios mitos de golpe. El del boxeador como un héroe u hombre sin entrañas y el de la Norteamérica opulenta surgida tras la Segunda Guerra Mundial porque, realmente, su historia podía encajar perfectamente en los años 30. A nadie le hubiera extrañado de hecho que Gardner hubiera situado su argumento tras el crack del 29 porque era mucha más fácil conectarla con la narrativa de John Steinbeck y Tenesse Williams que con la de su época. Al fin y al cabo, su trama no apuntaba tanto al amor libre o las luchas contestatarias en la calle sino a la supervivencia. Los boxeadores eran obreros. Hombres comunes, sin suerte, obligados a recoger la cosecha y hacer filas interminables en fábricas para sobrevivir. Aunque entiendo que nadie se escandalizaría, asimismo, de entroncar Fat city con las obras de John Fante y Charles Bukowski puesto que toda la novela está marcada por el aura del fracaso. Un espíritu de suciedad y crudeza, trampas, alcohol y amargura, que convierte a sus personajes en mitos caídos sin esperanza. Fracasados sin remedio para los que el sexo es un leve fogonazo de vida y un puñetazo, una medalla a la dignidad. Un premio entre tanta soledad.

Fat city era una camiseta interior de tirantes. Un bistec muy hecho emparedado entre pan duro. Un blues solitario y desgarrado que se hizo eco de la asfixia existencial de muchas personas con tanta autenticidad que, pocos años después de su aparición, John Huston dirigió una interesante y digna versión de la novela (que se abre de manera magnífica con una hermosísima canción de Kris Kristofferson) cuya conclusión no obstante, es un tanto diferente de la planteada por Gardner. Aunque, ciertamente, apunta en la misma dirección. Porque su personaje principal, el veterano Billy Tully, se encuentra finalmente en idéntica encrucijada: sin saber qué hacer, adónde ir ni qué decir. Convertida su vida en uno de esos versos sueltos que pueblan las canciones de Bob Dylan y su alma en una piedra rodante cuyos lamentos, luchas y viajes invocan el destierro eterno. La eterna derrota. Shalam

الحقيقة جيدة في الرياضيات والكيمياء والفلسفة. ليس في الحياة. الوهم والخيال في الحياةوالرغبة والأمل أكثر أهمية

La verdad está bien en las matemáticas, en la química, en la filosofía. No en la vida. En la vida es más importante la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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