Gaddis

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Leer a Gaddis es parecido a seguir con la vista los movimientos de un insecto veloz o intentar controlar los desplazamientos de un saltamontes en un frondoso bosque. Algo, convendremos, realmente complicado pero que tiene su explicación en el hecho de que el escritor norteamericano es un escritor huidizo, casi tímido, que escribe a través de indirectas. Evadiéndose constantemente.

Leer ciertos pasajes de Jota erre, por ejemplo, es parecido a leer los gráficos de la bolsa. Tal vez porque la novela es un libro para iniciados acaso no tanto en los secretos de la escritura como en los del capitalismo. Es una parodia constante del mundo del dinero que, en realidad, parece reírse de la literatura, produce vértigo y, en muchos casos, hasta ahogo y asfixia. Probablemente porque Gaddis se adentra en un territorio en el que tanto las dudas como las certidumbres son escasas y más que exponer, intenta demostrar. Nos abruma, como si fuera un matemático, con sus exposiciones que no son nunca enunciativas sino, repito, demostrativas.

A mí, concretamente, me gusta leer Jota erre como si fuera una novela llena de teoremas y fórmulas matemáticas sobre las que no hubiera explicación alguna. Una enorme enciclopedia física para consultar de tanto en tanto dejándose guiar por sus dibujos y los bellos números que contiene sin fijarse en sus contenidos. En cierto modo, sí, la novela es un acuario con el agua justa para que los peces (los lectores) continúen nadando sin ahogarse.

Gaddis utiliza las frases como metralletas y las palabras como balas. Es un asesino de guante blanco. Un francotirador que cuida casi más su traje que la escena y el lugar desde donde realizará su crimen. Es un esteta que descree de la belleza y un pesimista que no termina de caer en el cinismo. Es, en definitiva, un gato. Un escritor que sólo se deja comprender y acariciar a ratos y disfruta tanto marcando el ritmo como camuflándose tras cojines y sábanas.

La escritura de Gaddis no sirve para nada pero ha sido calculada con fría precisión. Tiene un acabado realmente atractivo. Y si a veces resulta incomprensible es porque su función no es tanto contar una historia como testimoniar un estado. Más que describir la locura, mostrarla.

Sus libros parecen elegantes pijamas que apenas se usan. Trajes de otra época que continúan manteniendo su atractivo. Un cruce psicótico entre el cine de Douglas Sirk y el de John Casavettes. Gaddis, ciertamente, se asemeja a un pato de un color difuso al que nadie sabe qué pareja acomodarle en el estanque o a una cápsula médica que lo mismo sirve como analgésico que como propulsor del dolor de cabeza. Es un perro ladrando en un banquete lujoso al que nadie escucha porque está afónico. Shalam

 أَدَبُ الْمَرْءِ خَيْرٌ مِنْ ذَهَبِهِ

 La locura evita riesgos; la cordura los afronta

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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