Héctor A. Murena: el paraíso perdido (1)

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¿Cuál es mi escritor argentino favorito? ¡He aquí una pregunta bien difícil! ¿Merece la pena contestarla? Probablemente no. Entonces, ¿por qué la he formulado? Tal vez para llamar la atención sobre el ensayista, poeta y novelista del que deseo hablar hoy: Héctor A. Murena (1923-1975). Alguien que, en determinados momentos, he considerado mi maestro y referente dado que sus ensayos me abrieron la mente para comprender con mayor exactitud  el destino americano y la obra de Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato o Edgar Allan Poe, entre otros muchos.

Lo cierto es que pasan los años y la obra de Héctor A. Murena continúa sin ser rescatada del foso de indiferencia y olvido. Sigue siendo incomprendida o considerada menor. Tal vez por el aura maldito, irredento e inconformista con el que fuera fraguada; o porque el escritor bonaerense hizo suya aquella máxima de J.D. Salinger que indicaba que el único objetivo de un artista debía ser aspirar a alguna clase de perfección, en sus propios términos y en los de nadie más. Y si bien es cierto que, poco a poco, esta situación pareciera haberse ido modificando, -véanse las recopilaciones de algunos de sus textos, Visiones de Babel y Murena, los penúltimos días, llevadas a cabo por las editoriales Fondo de Cultura Económica y Pre-textos- también lo es que en lo sustancial y lo esencial, no se ha modificado lo más mínimo. Murena sigue siendo un desconocido para el gran público.

De hecho, al escritor del Polispuercón se le suele conocer más por ser el primer traductor al español de los escritos de la prestigiosa escuela de Frankfurt (la Dialéctica del iluminismo de Adorno y Horkheimer y los Ensayos escogidos de Walter Benjamín) que por su propia obra. Situación radicalmente injusta que nos habla de lo insólito, descarnado, cruel y veraz de su pensamiento; del carácter metafísico, fronterizo y radical de las reflexiones de la rara avis que fue incluso dentro de la revista Sur. Probablemente porque durante su breve pero intensa, riquísima producción ensayística –a lo largo de la que nos legó varios textos fundamentales como La metáfora y lo sagrado (1963) o Ensayos sobre la subversión (1973)– creó su propia dialéctica negativa para explorar los flecos sueltos de la historia argentina y americana. Y se apoyó en las enseñanzas contenidas en dos de los libros de referencia, Radiografía de la Pampa y La cabeza de Goliath, de uno de sus maestros, Ezequiel Martínez Estrada, para desarrollar una especie de, por así decirlo, anti-filosofía que –muy al contrario que Hegel, Sarmiento o tantos otros- se ocupaba de desentrañar desde un punto de vista hasta entonces inédito los problemas del continente americano; esto es, intentaba analizar el problema de la vida americana en clave americana y no europea sin necesidad para ello de recurrir al indigenismo o realizar un análisis de las expresiones artísticas u organizaciones sociales y políticas forjadas por las culturas autóctonas del continente. Ofreciendo una visión real, auténtica sobre algunos de sus más grandes problemas centrada en el desarraigo, exilio o desamparo muy útil para comprender tanto la producción cultural del continente americano en su conjunto como muchas de las circunstancias o situaciones políticas, sociales allí vividas.

Me gustaría aclarar  que Murena no sólo fue un excelente ensayista sino, a su vez, un novelista, poeta y cuentista muy arriesgado. Fue por ejemplo, de los pocos que se atrevieron a recoger el legado y testigo de escritores como Lautreamont y Maurice Blanchot y mantenerlo vivo en artefactos preñados de furor y rabia como “Caína muerte”, donde exploraba con absoluta radicalidad el mal humano. Pero, sin dudas, en sus ensayos es donde dio lo mejor de sí mismo. Al igual que el colombiano Germán Arciniegas, estudió determinados momentos y hechos de la conquista americana por parte de las huestes españolas -campamento, nombre dado a las ciudades, sentido y significado ulteriores del oro- ofreciendo una interpretación de su carácter simbólico de una lucidez y una coherencia pasmosas. Además, consiguió radiografiar con precisión el sistema económico racional moderno y diagnosticar y ofrecer una explicación al porqué de la eclosión de la cultura de masas, los males de la tecnología y el progreso y además, entendió el papel que había de jugar el intelectual y el ciudadano americano en medio de toda esta vorágine.

En cualquier caso, dentro de una obra ensayística de tan gran valía, si hubiera de quedarme con un solo texto, este sería su interpretación de los relatos de Edgar Allan Poe, “Los parricidas”, contenido en su imprescindible El pecado original de América (1954). De hecho, creo que todavía no me he recuperado del impacto que me supuso leerlo en un café de la gran Buenos Aires y cuando lo rememoro, me es inevitable sentir ese picor inquieto y nervioso que me hacía leer sus páginas deslumbrado; como si en ellas estuvieran contenidas parte de mis secretos y de los ciudadanos de la Argentina.

Para Murena, la relevancia de Poe no se encontraba en su método de composición poética u otro factor de orden estilístico. Tampoco en temática alguna. Pues, como es sabido, en el siglo XIX existían toda una serie de artistas o escritores –basta mencionar a Hoffman, Goethe o a Gustavo Adolfo Bécquer- que se ayudaban de todo tipo de componentes fantasiosos, telúricos o míticos para componer sus creaciones. Lo trascendental de Poe radicaba en el extremo nihilismo que envolvía una gran mayoría de sus narraciones desgarbadas, caóticas, abrumadoras y desesperanzadas; en la desnuda forma a través de las que reflejaba el pavor y las ignotas dimensiones de un espíritu enfrentado a un mundo generalmente estéril, evanescente, tétrico cuyas raíces eran cenagosas. Y en este sentido, para el escritor argentino, la literatura del genio norteamericano, era una especie de metáfora que radiografiaba descarnadamente la asfixia, el ahogo del continente americano. Un miedo de tintes metafísicos que resultaba comprensible a partir de la diferenciación que Murena establecía entre la primera y la segunda caída en el tiempo.

La primera se correspondería –según los textos bíblicos o la gnosis- con la expulsión del paraíso o el pleroma gnóstico. Por lo que es la que ha sido asumida en su conjunto –con mayores o menores modificaciones- por los ciudadanos europeos. Y de ella dan cuenta tanto nuestros vestidos –ir desnudo sería, en cierto modo, negarse a reconocer la caída- como nuestros hábitos y costumbres y nuestra forma de organizarnos social y culturalmente. Y lógicamente, como nuestras obras de arte, religiones o filosofías indican, ha sido vivida con angustia. Sin embargo, el haber podido tener una continuidad con la tierra de nuestros ascendientes y el haber ido labrando una cultura a través de los siglos nos ha servido como refugio y ha contrarrestado el dolor y el miedo. Tanto la tierra como la historia han sido un salvoconducto para establecer una relación más sana con el pavor, el terror a lo oculto y desconocido. Nos han permitido someter el miedo, doblegarlo y, finalmente, nos han concedido la posibilidad de trascenderlo. Por más que, en muchos casos, no hemos sabido encontrar vías de escape o soluciones a nuestras inquietudes metafísicas.

La segunda caída, empero, sería la vivida por aquellos europeos que viajaban a esa tierra desconocida que era América. Todos ellos al poner el pie allí perdían el amparo de la historia. Y, por tanto, al temor por la caída del primer paraíso o el pleroma gnóstico, el americano unía el de haber perdido la tierra de sus antepasados y con ella, la historia. Con lo que su angustia metafísica se multiplicaba, al verse sometido a los rigores de una nueva vida que desconocía y le sometía a todo tipo de nuevas pruebas, en el mayor de los casos, horrendas, desconocidas y, sí, terroríficas. Por consiguiente, comenzaba para él, el tiempo del paria, el exilio y la culpa. Se iniciaba para él una andadura en un lugar sin raíces donde estaba condenado a la incertidumbre y sería nadie.

En fin, es desde este lugar, a partir del que, según Murena, se puede comprender la radical importancia, exactitud y veracidad de la obra de Poe. Los motivos de la inaguantable, por momentos, angustia metafísica que transmite: “Las figuras de Poe componen en total un monólogo de lucidez delirante pronunciado desde el mirador de los expulsados, simbolizan el loco indagar  por la presunta culpa que ha motivado el destierro de la casa natal y todas las derivaciones de esa situación. Significan”, reflejan, por tanto “estrictamente- -dentro del orden al que han sido transportados- los estados que padece el alma europea en el destierro”.

No hace falta más que comparar las historias fantásticas o de terror europeas con las de Poe. En las primeras, lo irreal, lo fantasmagórico y lo fantástico se antoja falso o, por momentos, impostado. Es un recurso. La certificación de que tanto el miedo o la sorpresa del lector pueden producirse según lo desea el autor. Siguen un método, un guión. Algo que no sucede en absoluto con las de Poe, en las que todo fluye de manera sobrenatural. Las imágenes se agolpan sobre la mente del lector con la misma brutalidad con la que lo hacen en las del personaje, y –como en el ámbito americano sucede con la naturaleza- los adjetivos parecen sustantivos y viceversa y se vive en un estado de trance continúo. Como si se estuviera dentro de un delirio o más en concreto, una pesadilla: la que que vivieron tantos hombres salidos de Europa ante un continente cuya enormidad asustaba y resultaba tan incomprensible como en muchos casos, lo son las narraciones de Poe. Un escritor que –no debemos olvidarlo- comienza a escribir tras la Independencia de Norteamérica. Cuando ya había transcurrido el tiempo suficiente –tres o cuatro décadas- para que las primeras consecuencias de este histórico hecho que supone su liberación de la historia europea pudieran comenzar a verificarse tanto en la vida como en las producciones artísticas –baste recordar a Nathaniel Hawthorne o Herman Melville- procedentes de la nueva nación.

Para Murena, por tanto, la obra de Poe es el mayor reflejo sin escondites ni máscaras de lo que es el alma americana. Y es, teniendo en cuenta estas circunstancias, que podemos interpretar muchos de los componentes telúricos, monstruosos de su obra. Incluso las narraciones de corte policíaco –Los crímenes de la calle Morgue, El misterio de María Roget– u otras repletas de descripciones propias de un tratado físico como La incomparable aventura de Hans Pfaall o Travesía fantástica. Pues, en cierta medida, Dupin podría ser contemplado como una especie de héroe de tintes diabólicos dado la desesperante exactitud lógica –acaso mucho mayor que la de un europeo- con la que intenta juntar las piezas de los enigmas que se le presentan. Y, en todo caso, tanto el rostro apolíneo de Dupin como su temperamento racional no dejan de ser un complemento de la feroz y caótica dimensión con la que Poe caracteriza a la mayoría de sus personajes.

Nos indica Murena a este respecto: “Piénsese en la culpa, en la culpa constante, encubierta, inexplicable, que circula por todos los relatos, culpa de una intensidad desconocida hasta entonces en la literatura –como si el autor hubiese sido expulsado de un nuevo paraíso-, y que es ciertamente la culpa que el destierro obliga a presuponer, pues ésa es la única inextricable y cuya consecuencia, no obstante, está presente. Piénsese, por fin –entre los infinitos detalles y temas mencionados con tal objeto-, en las dos vertientes de la culpa: en el espíritu matemático-inquisitivo, con el que se quiere esclarecer la culpa, y en el demonio de la perversidad, con el que se busca destruir todo origen para acabar con el origen de la esquiva culpa, movimientos”. (Continuará).

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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