Imposible

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¿Es posible ejercer de crítico literario actualmente? Yo creo que no. Como nuestra democracia, este oficio se encuentra pervertido totalmente. No existe. Es una caricatura de la caricatura debido a los múltiples intereses que hay en juego y a que apenas hay separación entre crítica, autores y editoriales como tampoco la hay entre el poder legislativo, ejecutivo y judicial en el campo político.

Durante este enero, por ejemplo, he leído tres de los considerados mejores libros del año pasado y, sinceramente, sólo uno de ellos me ha parecido que sí merecía ese apelativo. Me refiero a Trilogía de la guerra, de Agustín Fernández Mallo. Un texto que no es perfecto (tampoco es necesario) pero que, debido al despliegue de recursos lingüísticos que utiliza y a su maravillosa primera parte, sí que merece ser tenido muy en cuenta. De hecho, más que una novela es un desafío. Una de esas obras tan intensas y desmesuradas que, a pesar de sus irregularidades, consagran para siempre a su autor. El Apocalipsis now de la era nocilla.

En cuanto a los otros dos libros, uno me ha parecido un completo desastre. Mal planteado y escrito con apresuramiento. Y lo he terminado ciertamente por obligación. Durante su lectura, de hecho, me sentí estafado y casi que lo arrojo al suelo contra la pared al poco de comenzarlo. Y el otro creo que, aunque tiene ciertas escenas conseguidas, es un tanto mediocre. Yo no soy crítico pero si en averiadepollos mencionara el nombre de los textos y los autores, estoy convencido de que muchos pensarían que mi opinión se encuentra marcada por la envidia o problemas personales y no tanto por valores estrictamente literarios. Y no es así. No es así. No es así. Simplemente no me parecieron grandes libros ni que merecieran tanta atención. Punto. Cierto es que si nadie los hubiera citado entre los mejores, mi decepción no habría sido tan amplia, pero también de que se encontrarían -más allá de ventas- en el lugar donde, en mi opinión, merecen estar.

En fin. Recuerdo hace años una conversación con una persona conocida. Le comenté lo grato que me había parecido que un crítico expresara su opinión negativa sobre la novela Vel… del autor Y de C… Pero mi amistad no parecía muy conforme con mis palabras y, en vez de simplemente sugerir que a él esa novela sí le había gustado, me hizo un análisis psicológico del reseñista en cuestión. Me dijo que vivía en una ciudad de provincias, cuál era su partido político, que estaba pasando por una separación amorosa y que tenía sospechas de que era un resentido social. Un hombre sin amigos que vivía encerrado en su casa con la única compañía de sus libros. También, sí, me comentó que era profesor universitario pero esto, en opinión de él, no decía nada bueno del crítico porque al tener su vida resuelta, podía decir los disparates que se le antojaran de los textos reseñados.

En realidad, el crítico actual se encuentra con dos problemas. Si destaca los defectos del libro de un autor joven, puede destrozarle la carrera. Y si hace lo mismo con un autor consagrado puede ser blanco de burlas en las redes sociales a las pocas horas. Antes, el autor criticado tenía que molestarse en escribir una carta al director de un periódico y le era muy difícil conseguir aliados para realizar un complot contra el medio. Podían pasar semanas e incluso meses entre la llegada de los folios o frase amenazadora escrita por el autor y la reseña publicada. Y ahora puede estar armado el jaleo en tan sólo unas horas. Un hecho realmente triste porque si algo debería enseñarnos la literatura y el arte es a respetar múltiples opiniones. A concitar la conversación múltiple.

Bastaría, sin ir más lejos, que yo citara en avería los títulos de los libros que no me agradan para tener inmediatamente veinte puertas cerradas. Más de las que ya posiblemente tengo en ocasiones por mi intensidad y en otras simplemente por ser y estar. Por lo que ya sea por miedo, por interés o por no pecar de estúpido y arrogante no lo voy a hacer obviamente.

Lamentablemente, la literatura como la política es un asunto de poder y no tanto de valores exclusivamente artísticos. Porque posiblemente yo tiendo a comportarme de la manera que critico y bastaría que lograra realizar dos o tres movimientos inteligentes, para tal vez dentro de varios años, encontrarme yo en la otra parte de la moneda y permitirme entregar textos mediocres que un cortejo de voces calificarían de impecables ya sea por mimetismo o con la esperanza de encontrar un asidero, un hueco en el que colarse o una mención a sus títulos.

Realmente, vivimos en la degeneración. El mundo literario y el político son dos reflejos casi simétricos de la estulticia humana. Hemos sacrificado nuestra libertad en pos de la comodidad intelectual. Somos siervos. Parafraseando a Trevijano, tenemos pasión de servir. Tenemos voluntad de esclavos. Pero, eso sí, afortunadamente, la literatura es tan amplia y generosa que me basta con encontrarme con una hermosa metáfora o una reflexión enjundiosa para olvidarme de estos incómodos avatares y trasiegos. Basta citar, por ejemplo, el nombre de Kafka para que desaparezcan todos los fantasmas y el mundo entero se revele fantasmagórico y dependiente de una mano fría y débil. La mano herida de la escritura. Y que todo lo que no sea literatura parezca una sombra. Un amplio mar negro lleno de ira y furia donde no alcanzan a escucharse más murmullos que los de las bestias ahogadas. Shalam

عِلْمٌ لاَ يَنْفَعُ كَدَوَاءٍ لاَ يَشْفِي

Un conocimiento que no es útil es como un medicamento que no cura

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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