Impresiones (2)

0

Finalizo aquí mis impresiones sobre algunos de los libros que he leído en los últimos tiempos. Ahí van.

Impresiones (2) 

Geoff Diyer: Zona. No se suelen escribir libros como Zona. Libros en los que un escritor demuestre estar tan obsesionado por una película -en este caso, la majestuosa Stalker– como para destriparla fotograma a fotograma. Escena a escena. Momento a momento.

Zona es un texto que recuerda a esos extras que aparecen en los DVDs donde un director va comentando su propio filme mientras revela anécdotas del rodaje y de su propia vida. Diyer no se corta en ningún momento y va lentamente forjando un ensayo muy divertido, sugerente y personal, que no creo que termine de descifrar el misterio contenido en el filme de Tarkovsky pero sí que ilustra perfectamente el corazón y alma de muchos cinéfilos. Yo por ejemplo lloré contemplando Terciopelo azul. Me fascinó tanto que, en un descuido del dueño, robé la película en un videoclub y supongo que podría realizar un texto relacionando mi vida con aquella seductora obra de David Lynch que vi en un año en cinco ocasiones. Pero, desde luego, lo que no sé es si lo haría tan bien y de manera tan divertida como lo hace Diyer en este libro en que logra conjugar de manera muy armónica pasión y rigor. Biografía, locura y mentalidad analítica.

Tomás Soler Borja: A la contra. Un día en las carreras

Lo mejor de la poesía de Tomás Soler es su honestidad. Tomás no viste sus poemas sino que los desnuda. Los deja en la cama junto a la ropa sucia que muestra con toda naturalidad. Actúa por tanto de manera contraria a como la mayoría de poetas suelen hacerlo. Puesto que, en lugar de embellecer cada línea y verso, despoja a su escritura de toda floritura, de tal forma que sus libros son parecidos a esas casas cuyo desorden nos reconforta porque es una muestra de que la vida sigue. Está sucediendo. Ahí continúa a pesar de todo.

Tomás escribe a veces con actitud más de rockero que de poeta. Su voz no procede de otros mundos sino de éste. No viene del más allá sino que surge de la cocina, el comedor, la sala de estar. De un paseo. De una guitarra. Del recuerdo de un concierto y una noche con los amigos. Es la voz de un hombre común que encuentra en Charles Bukowski un compañero de fatigas con el que golpear al mundo cotidiano sin hacerse daño. Sus versos son callejeros. Secos a veces. Son parecidos a esos tragos que de tanto en tanto damos a la cerveza que, en vez de marearnos, nos hacen reflexionar. A unos pantalones vaqueros. Merece la pena leerlos porque su misión no es cambiar el rumbo de la literatura sino convertir la vida en algo auténtico.

Carlos Piegari: kitschfilm

Kitschfilm es una novela con alma de gabinete de curiosidades y voluntad de explorar no tanto los recuerdos sino los olvidos. Porque es una novela -signifique lo que signifique eso- profundamente argentina. De una anécdota crea un capítulo, de una conversación un libro y de un rumor sobre una persona, un comando de exploración. El pasado argentino está lleno de aventureros y militares; de descubrimientos asombrosos y onerosos; de animales y sucesos extraños y emigrantes tan aliviados y fascinados de encontrar en esas tierras su salvación como melancólicos y dolidos por haber abandonado su patria. Y por eso entiendo que Adolf Neunteufel, el miilitar centroeuropeo consagrado a la caza de animales para museos y circos en el Alto Paraná que protagoniza la novela, era el pretexto idóneo para que Carlos Piegari pudiera ofrecer su visión del Universo americano. Recorrer la movediza memoria de una tierra parecida al lado oculto de la luna en cuyos márgenes se ha ido desarrollando una historia secreta y alternativa del siglo XX que estalla en múltiples fragmentos y reflejos coloridos en esta narración en la que, como no podía ser menos, lo inverosímil y lo cotidiano se fusionan como lo suelen hacer los argentinos y el mate. Y como, asimismo, lo hacían lo exótico, la locura y la genialidad en los cuentos de Horacio Quiroga y las novelas de Julio Cortázar.

August Strindberg: Solo

Muchas de las inquietudes intelectuales de los ciudadanos del siglo XXI hasta la actual pandemia quedaban perfectamente reflejados en los libros de Strindberg. En cualquier caso, posiblemente también lo hagan cuando el virus se convierta en un recuerdo. Porque en los libros del escritor sueco laten inquietudes profundamente modernas. Sus personajes no son tan neuróticos y excesivos como los de Dostoievsky. Sus preocupaciones son más leves. De hecho, sería difícil subrayar cuáles son exactamente sus problemas. Tanto porque tienen miedo de observar su corazón como por el zigzagueante argumento de novelas que finalizan casi in media res. Sin desarrollar del todo una trama ni finalizar un drama. Motivo por el que entiendo que reflejan perfectamente la esquizofrenia del mundo contemporáneo. Esa absoluta incertidumbre que, unida a la ausencia de fé, nos convierte a todos, tal y como ocurre con Solo, en seres solitarios y excéntricos. Haciéndonos sospechar constantemente de nuestros vecinos. De lo que vemos y de lo que no vemos. De lo que sentimos y de lo que no sentimos. De lo que somos y de lo que no somos.                                                                    

José Alfonso Pérez Martínez: El camino del héroe.

El camino del héroe es uno de esos libros de los que basta leer unas cuantas líneas para saber que su autor posee un profundo amor y respeto por la cultura. Por eso es un poemario crepuscular y eterno. Porque, de algún modo, quienes aparecen en él o bien se marcharon debido a los estragos del tiempo, la locura bélica o las enfermedades divinas o bien se encuentran al límite de la resistencia, blanden ideales caídos en un mundo lleno de conjuras y brumas, reflejo de la decadencia actual, pero también (y por eso utilicé previamente el calificativo de eterno) del rostro del ser humano a lo largo de cualquier época.

José Alfonso no escribe por lo general poemas largos. No lo necesita. Le basta con unas pocas palabras para dar cuenta del paso de los años, sus afectos fallecidos o de algunos de los escritores que ama. Logrando así agigantar su figura como la de un cruzado en medio de una batalla contra el temporal de los siglos. Hay algo medievalista (también tal vez unamuniano y riguroso) en este libro idealista que utiliza la cultura (el latín, Borges, el Renacimiento) y la mitología como escudo para sortear los peligros contemporáneos y el vértigo de la total decadencia. De hecho, El camino del héroe transmite serenidad, cierta dicha y tranquilidad. Algo realmente difícil en medio de ese estertor contemporáneo que ha convertido los antiguos duelos de caballeros en linchamientos de twitter y a los viejos poetas en publicistas de perfumes y rosas. Creadores de sloganes para San Valentín.

Julián Lacalle y Julio Monteverde: Invitación al tiempo explosivo. Manual de juegos.

“He perdido el sentido del juego. Sin él no hay arte”. Creo que tanto Julián Lacalle como Julio Monteverde se encontrarán de acuerdo con la sentencia firmada por Alejandra Pizarnik en sus Diarios, como probablemente también lo estaría la pléyade de intelectuales y artistas que, a principios del siglo XX, cuando la Revolución Industrial se había convertido en un monstruo lovecraftiano, dieron el impulso al surrealismo. Intentaron recuperar el goce y mutar en rito la atonía de la vida cotidiana. Un objetivo que, como demuestra la publicación de este Manual de juegos, es más necesario que nunca no ya únicamente porque la mayoría de deportes se encuentran hiperprofesionalidos y los partidos son, en cierto modo, más batallas económicas que lúdicas sino porque, al menos hasta la pandemia, el mundo cultural se encontraba absolutamente hipertrofiado. No daba descanso. Publicaba novedades a ritmo de fábrica de misiles. Convirtiendo las librerías en canchas de boxeo regional, nacional y global, las plataformas digitales en canales de prostitución publicitaria y artística y un campo tan lleno de posibilidades como el del videojuego en un absorbente abismo de la era virtual. Una cinta de Moebius que no termina ni de favorecer la reflexión ni de reestablecer el sentido lúdico originario.

Sí, probablemente esté exagerando. En cualquier caso, tanto si lo hago como si no, sí que pienso que conviene o bien rememorar o bien jugar a las múltiples propuestas que aparecen en este libro. Porque precisamente actuar sin objetivo alguno es en esencia el mayor objetivo. Uno de los escasos disparos frontales que el arte aún se puede permitir descargar contra la realidad; pudiendo así marcar su ritmo eterno y explosivo al mundo.

Ramón Bascuñana. Todas las familias infelices.

¿Qué es escribir bien? No lo sé realmente, pero tiene que parecerse mucho a como lo hace Ramón Bascuñana. En realidad, escribir bien no es una actividad que posea demasiada buena fama. Se dice que escribir bien es sinónimo de claridad pero también de tibieza y escasa profundidad. Se dice que los que escriben bien logran ventas y premios y los que lo hacen mal, crean arte y son incomprendidos. Pero este tópico, como todos los tópicos, no deja de tener sus excepciones (si no es que se encuentra errado al completo). Una de ellas es sin dudas el escritor alicantino. Alguien que escribe bien, magníficamente bien, (cuidando cada palabra y la respiración de la prosa; atento, muy atento a la puntuación) y al mismo tiempo es sutil y profundo, tal y como muestra esta colección de cuentos que, en otros tiempos, publicada con el nombre de un autor norteamericano, probablemente habría recibido ingentes alabanzas.

En realidad, el contenido de Todas las familias infelices es árido, casi perverso. Bascuñana muestra el infierno. No el cielo. Explora la debilidad y las imperfecciones. Las infidelidades incestuosas. Y hacerlo precisamente con un estilo tan diáfano y trabajado ayuda al lector a tomar conciencia de que el mal se encuentra al lado de casa y puede casi tocarlo. Nos permite comprobar tanto lo arraigada que se encuentra la desgracia como, contradiciendo a Tolstói, que no sólamente todas las familias felices son iguales sino que tal vez también lo son las desgraciadas. Al fin y al cabo, no hay probablemente un acontecimiento que una más a los seres humanos que la muerte. Y después de ella, el pecado y sus dos adláteres: el vicio y la culpa. Shalam

لا شيء على الأرض يصعب حمله من فمك

Nada hay en la tierra más difícil de cerrar que la boca

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo