Ira feliz

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Pasan los años y sigo amando a Thomas Bernhard. En algún lugar de Transtorno se nos sugiere lo siguiente“La masa no interesa ya a nadie porque la masa está en el poder”. Me basta -y no sé explicar bien la razón- escuchar esa sola frase para sentir deseos de seguir vivo. ¿Qué significado o sentido tiene la obra del majestuoso escritor austriaco? ¿Importa? ¿Quién sabe? Para mí lo verdaderamente importante es cuánto la disfruto. ¿Por qué? Me atrevería a decir que porque Bernhard nos enseña a vivir en medio de la autodestrucción del ser humano y a gozar con su aniquilación sabiendo que en el fondo, no tenemos remedio. Hagamos lo que hagamos, siempre vamos a quejarnos, criticar o quién sabe qué. Por lo que deberíamos reírnos, disfrutar con nuestras obsesiones, maldades y vicios. Carcajearnos conforme al humanismo se le cae la máscara y muestra su rostro de monstruo cornudo.

Bernhard no es un autor al que admire. Es un escritor al que amo profundamente. Al que considero un amigo. Cuando todo se desmorona, pienso en que tal vez pueda sacar unos minutos para leer sus libros y dejarme fluir con su bilis, rabia y sus harapientas, y soy feliz. Tremendamente feliz. Siento de hecho que soy invulnerable. ¿Cómo decirlo? Bernhard consiguió dar sentido a la decadencia europea, le puso verso y ritmo y fue capaz de construir toda una literatura consagrada al odio capaz de profundizar en ese hastío sentido por Lord Chandos que no le permitía ni pensar ni hablar con coherencia sobre cualquier cosa. ¿Cómo hacerlo si todo lo que nos rodea nos empuja a la desaparición y el suicidio? Lo explicará con palabras aproximadas el príncipe Saurau en Transtorno: “Todo el mundo habla siempre un lenguaje que yo mismo no entiendo pero que, de vez en cuando es entendido”.

Más allá del libro religioso y el científico, se encuentra el babélico. El kafkiano. Godot. La bota que acaba con los insectos humanos. La grandeza de Bernhard radica en su capacidad de pintar un lienzo expresionista sobre algunos de los pasajes contenidos en este ininteligible libro. Y en que lo hace tan admirablemente que, a pesar de que no más que describe ruidos y desesperación, finalmente nos insufla vida. De hecho, el escritor austriaco nos sugiere que tal vez el espectáculo no sea tanto asistir a cómo el mundo fue creado sino a cómo fue destruido. Que probablemente sea más esencial el libro del Apocalipsis que el del Génesis. Una razón más para considerarlo el pariente que siempre quise tener. Un hombre de los que ya no quedan. De esos que escupen al mundo sin remordimientos. Shalam

القافِلة تسير والكِلاب تنْبح

Cuando uno no sabe bailar, dice que el suelo está húmedo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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