Juan Francisco Ferré: mímesis, magia, máscaras y simulacros.

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Hace unas semanas, durante la celebración del Hay Festival en Xalapa, tuve el honor de conocer a Juan Francisco Ferré. Sin dudas, uno de los mayores narradores y pensadores sobre el arte literario que existen actualmente en España; de aquellos que se echaban en falta en el territorio yermo de hace una década. Lo curioso es que, en ningún momento, el encuentro fue premeditado ni se encontraba preparado. He dicho varias veces que México es un país mágico. Puede costar un poco tomar conciencia de este hecho. A mí me llevó un año en el que no entendía ni los procesos interiores de los habitantes de este país ni su cortesía que, en el fondo, me parecía una máscara tras la que, antes o después, aparecería el rostro del neurótico depredador occidental. Pero nunca llegó a ser así. Pues, al fin y al cabo, la lógica interna de esta tierra es otra y distinta y cuando ruge el monstruo o muestra su lado cruel lo hace a través de procedimientos y formas diferentes a las que estamos acostumbrados.Y de esta manera, mientras yo tomaba enfados estúpidos por nimiedades, acusaba a personas realmente sencillas y gentiles de no entenderme o me quejaba por absolutas estupideces, los “espíritus” de estas tierras trabajaban lentamente sobre mí intentando hacerme entender una realidad “muda” e “invisible”, soterrada, (la mesoamericana) a la que en principio no había prestado atención y que influía mucho más de lo que podía pensar en un principio sobre la vida cotidiana y la concepción del mundo de los mexicanos.

Si se necesita tiempo para conocer a cualquier persona, México, dada su raíz indígena, no iba a ser menos. Y me parece bien. Porque si algo he aprendido en este país es a valorar como se debe la paciencia. Huir de la prisa y la angustia y dejar perder mi ego en el inconsciente universal para sumergirme en el tiempo eterno de los mitos y ritos. Con los que es factible comunicarse a través de una mirada inocente que, teniendo en cuenta la parcelada educación occidental, nos está vedada en gran medida. Lo que explica el por qué respondemos con escepticismo a la posibilidad de penetrar en ciertos misterios y revelaciones y apenas tenemos tiempo no sólo para los demás sino para nosotros mismos. Y únicamente, tras muchos y continuados esfuerzos, conseguimos alcanzar un estado de paz

Bien. México, vuelvo a repetir es un país mágico y por ello no me extrañó en absoluto cómo se desarrolló el encuentro con Ferré. Previamente a su nutrida charla con Emiliano Monge sobre Karnaval y El cielo árido, me había encontrado con un locutor de radio, el entrañable Germán Aceves, que siempre me ha traído suerte en mi vida. Recuerdo que él, muy amigablemente, fue la persona que me presentó a Sergio Pitol hace ya unos años y me realizó varias entrevistas cuando se publicó mi ensayo sobre el escritor veracruzano. Y en esta ocasión, al verme salir de la charla y, dado la amistad que nos une y su temperamento amable, comenzó a interrogarme sin previo aviso para su programa de radio acerca de mi experiencia en el país hasta que, en un momento dado, comprobé que cesaba de hablar y se dirigía a otra persona que animaba a unirse a nuestra mesa que al volver la vista, comprobé que era Juan Francisco Ferré. A quien Germán me invitó a realizarle alguna pregunta que en absoluto estaba preparada que permitió que ambos nos conociéramos y disfrutáramos, pienso, de una charla y una visita al museo de Antropología de Xalapa muy enjundiosas. Probablemente porque Ferré se mostró tan respetuoso como lúcido y, sí, empático. Lo que teniendo en cuenta su valía intelectual hizo de este encuentro un verdadero placer.

Se da la circunstancia que por aquel entonces acababa de comenzar su ensayo Mímesis y realidad (cuya portada viene firmada por Jesús Andrés a quien ¿también por casualidad? conocí en un curso de escritura impartido por Mario Bellatin) que terminé de leer hace unos días y lógicamente, me he sentido con ganas de escribir sobre el escritor malagueño. Acaso podría comentar hoy Providence o Karnaval o La fiesta del asno pero entiendo que será mejor dejarlo para otro momento porque, como se comprenderá, el texto suyo que tengo más fresco es este meduloso y admirable ensayo que abre vías para entender con precisión los flujos y reflujos de la novela contemporánea y, sobre todo, realiza un incisivo estudio sobre el concepto de “realismo” que se me antoja esencial; y al que sin dudas recurriré en más de una ocasión a la hora de construir artículos o, por ejemplo, el ensayo sobre ciencia ficción en el que lentamente continúo trabajando. De hecho, en gran medida, el texto explica de pasada y sin hacer especial hincapié en esto, el por qué la realidad ha acabado convirtiéndose en ciencia ficción; o en otras palabras, cómo el concepto de realidad ha ido evolucionando hasta devenir similar al propuesto por la ciencia ficción a través de esa especie de cinta de Moebius (que con tanta exactitud diagramara y explorara Philiph k. Dick en sus visionarios textos), que denominamos realidad virtual. Algo que, de una u otra manera, estoy sugiriendo en anteriores entradas de este blog, eso sí, desde un punto de partida un tanto diferente (pero confluyente) pues mi intención no es tanto diseccionar la mirada de la literatura al realismo o viceversa sino las raíces, fuentes y sentidos últimos por los que surge un género como el de la ciencia-ficción que ha terminado convirtiéndose en imprescindible y en cierto modo, en algunas de sus variantes, como entiende Ferré, condiciona, deforma, modifica y determina la mirada que tenemos actualmente sobre el mundo. Lo que, bajo mi punto de vista, ya se encontraba inserto en su programa desde su surgimiento. Pues teniendo en cuenta que -como he dicho otras veces- nace debido a que el ser humano ha conquistado al fin los límites del mundo “real”, se plantea entonces a nivel general para no caer en la ataraxia y la  abulia (que en parte, sólo en parte, explican las dos guerras mundiales), la necesidad de crear narraciones que lo conduzcan a otros mundos y lo enfrenten con monstruos nuevos; diferentes pero semejantes en cierta medida los dragones y gigantes de antaño; es decir, se necesita y construye una realidad virtual y todavía no existente que a medida que pasan las décadas comienza lentamente, en algunos de sus puntos, a infectar la existencia y, como ya he dejado dicho, condicionarla. Porque no fue pensada ni imaginada por azar o capricho sino por unas necesidades muy concretas sin las cuales el género de ciencia-ficción (como prueban los textos de los siglos XVI, XVII o XVIII donde la space opera era la conquista de América y el viaje  en nave espacial a la luna, el realizado en barco hacia el continente desconocido) jamás hubiera pudido surgir ni desarrollarse como lo hizo.

En fin. No sé si averíadepollos es el lugar más indicado para desbrozar ciertos aspectos del ensayo de Ferré. Los blogs suelen estar a medio camino de todas las partes. Ahí radica su interés y probablemente también algunos de sus puntos débiles (que han provocado que algunos entusiasmos febriles con este medio a su inicio, se hayan ido enfriado con el paso de los años): en que son propuestas líquidas, ni evadidas ni comprometidas, sobre las que no se puede sostener un juicio rotundo sino es difuminándolo, contrayéndolo y haciéndolo elástico. Algo que en tiempos de extremos neoliberales y escapistas es sospechoso de fomentar la ideología dominante. De acabar con los pigmentos de la vieja y (buena) cultura. Pensamiento que puede tener algo de razón pues, por ejemplo, yo intento no utilizar tecnicismos ni cultimoss en este en particular que planteo como un enorme caleidoscopio cultural biográfico y espiritual, pero que en alguna medida me parece que  surge de un error de juicio que libros como el de Ferré contribuyen a erradicar. Pues abordan la necesaria e inevitable relación entre literatura y tecnología central en las letras anglosajonas (excepcional el análisis que se hace de La broma infinita de Foster Wallace) y francesas (aunque sea vía ensayistas como Baudrillard, Badiou, Lipotevsky o Baudrillard entre muchos otros) y esencial en definitiva para describir nuestro mundo indiferenciable por momentos del catódico o televisivo (y ahora internaútico) tal y como Warhol, Mekas y en gran medida, sí, muchos de los denostados escritores de ciencia-ficción (no por casualidad, en su mayoría anglosajones y franceses) preconizaban.

En cualquier caso, ya que me he referido al texto de Ferré, me parece justo no dejarlo de lado e incidir en algunas de sus muchas virtudes. Sobre todo, el que haya compuesto ciertos artículos que acaso no llamen la atención en el conjunto del libro (frente a los que se ocupan de nuestro presente más o menos cercano) pero que se me antojan esenciales para para que entendamos su visión y forma de concebir la literatura, conozcamos las bases de su escritura y además, de paso, ciertas claves sin las cuales es imposible orientarse en la narrativa contemporánea. Me refiero sus ensayos sobre los narradores costumbristas, Emilia Pardo Bazán y, ante todo, esa breve y magnífica reflexión sobre la novela histórica (que lo emparenta con Benjamin), la cual deja una sentencia que bastaría por sí misma para comprender los mecanismos de la literatura (también televisiva y cinematográfica) actual: “El gran problema de nuestro tiempo (…) consistiría en que la reconstrucción del pasado se ha vuelto tan imposible como la construcción del futuro”. Sobre todo, porque es gracias a esos estudios que sienta las bases para la mejor comprensión de lo que viene después y podemos seguir el hilo de su pensamiento con una cuerda segura a la que atarnos.

Son igualmente interesantes en el ensayo, su refutación a Ortega y Gasset que me parece tan acertada como necesaria, su famosa (y aquí excelente y convenientemente reelaborada) visión sobre la literatura mutante así como los textos dedicados a Foster Wallace, Thomas Pynchon, la novela de Goytisolo, La saga de los Marx, (que no he tenido la suerte de leer) o los pasajes que dedica a Robert Coover y Don Delillo. Pues allí, Ferré se revela como un excepcional lector, un sagaz pensador capaz de acercarnos y ponernos en contacto con relativa sencillez  con algunas de las más complejas, polisémicas y desbordante propuestas narrativas actuales intentando atar cabos, conciliar miradas y derribar muros que por fuerza del tremendo estallido que estas proponen, se antojan por momentos inquebrantables. Fuera del discurso (oficial o no) de la narrativa española actual tanto por su dificultad como por su inaccesibilidad que revierte aquí en sugestividad y explosividad al alcance de cualquier lector atento.

A día de hoy, nos parecerá mentira pero hasta hace no mucho, no era tan habitual que escritores españoles mezclaran en su discurso la letra con la ciencia y la tecnología (a Góngora con Cronenberg o Lynch para entendernos) y se atrevieran a explorar los mundos (posibles e imposibles) surgidos de este choque frontal: el pop, el cómic, la publicidad y en el territorio literario, las obras de J.G.Ballard, Michael Chabon, Mark Z. Danielewski, Jonathan Lethem o William Gibson. En esencia, quien lo hacía, generalmente se ocupaba de ello de una forma extemporánea (Juan Bonilla), a través del pastiche o el kitsch (Terenci Moix), se veía obligado a ocupar un lugar excéntrico y periférico (Roman Gubern) o se refería a ello más como una excusa o referencia (no tan lejana de lo que hace Murakami en sus novelas) para ambientar sus historias (caso de las alusiones al rock, al grunge o ciertos héroes pop y de novela negra que existen en las novelas de Ray Loriga o Benjamín Prado) pero no desde un discurso totalitario e integrador que dialogara y reflexionara ampliamente con los referentes y se atreviera a confrontarse con ellos sin miedo.

En realidad, este es el gran mérito (entre otros muchos) del ensayo de Juan Francisco Ferré. El contribuir a superar el cervantismo postmoderno de cierta (valiosa) literatura española (véase El desorden de tu nombre de Juan José Millas) al analizar cómo  a través de la influencia que éste dejara en las letras anglosajonas (sobre todo, en  Lawrence Sterne y s uTristam Shandy), la  influencia del Quijote junto a la de la tecnología y la ciencia  dieron lugar a una cierta concepción de realismo (distópico) que termina por implosionar totalmente en la obra de, por ejemplo, John Barth, Pynchon o Rodrigo Fresán (de la cual es testimonio y  en parte preludio -¡he aquí donde para mí radica su verdadero valor!- la literatura de Vila-Matas y acaso también ciertos aspectos de la de Paul Auster). Y en parte pienso que es este el motivo, (teniendo en cuenta que ha sido quien ha sentado las bases para la comprensión de este fenómeno y su implantación definitiva en la literatura española), por el que Ferré ha podido recibir más de un ataque o crítica desmesurada de quienes hasta ahora miraban de refilón las nuevas técnicas de la narrativa anglosajona y continuaban invocando el nombre de Faulkner o Fitzgerald, denostaban la ciencia-ficción y apenas prestaban atención (no digo ya a los cómics) sino a la obra de autores como Douglas Copeland, Breat Easton Ellis (de quienes acaso leyeran sus libros sin ponerlos en un contexto global ni atender a las fuerzas centrífugas por las que surgían) o, sí, Stephen King.

Obviamente, Ferré no está sólo en este intento. Podría citar aquí los consabidos nombres de Fernández Mallo, Fernández Porta, Vicente Luis Mora o Beatriz Preciado y me parecería justo añadir aquí el de Manuel Vilas (¿Cómo no habiendo construido un libro casi radiofónico como Aire nuestro y su ingenioso manejo de facebook?). Pero me parece que lo que hace especialmente peligroso para el establishment literario hispano es que, acaso por motivos generacionales, a diferencia de sus compañeros de camino más jóvenes (y deleuzianos), Ferré tiende a cerrar sus reflexiones. Hacerlas comprensibles para un público no necesariamente culto (o entendido). O más bien, no permite que las esporas, las burbujas  (palabras y pensamientos) floten sin conducción alguna por el aire produciendo un momento de sorpresa (que puede ser efímero o no). Repliega sus palabras, repiensa sus estrategias y termina por ofrecernos textos (mejores o peores) pero terminados; que inciden en el caos, la desvertebración o en un maremagnum de posibilidades a través de la sugerencia y la racionalidad de su discurso y no tanto a partir de la descomposición y desestructuración de ese mismo discurso.  Algo que alguien tenía que hacer antes o después pues en parte ordena y sienta las bases a partir de las que Porta y Mallo construyen sus híbridas creaciones y lo harán muchas otras que vengan en el futuro. Contribuyendo, por tanto, a generar textos, sí, enraizados en un magma por más que éste se encuentre en constante movimiento, evolución y genere lógicamente todo tipo de contradicciones (necesarias).

En fin. Terminando ya por hoy, decir que detrás de Ferré me parece que se esconde un auténtico caníbal. Un hombre que devora y mastica cada obra y palabra. Un ser que digiere cada una de las reflexiones que dicta y lo hace a través del sudor y el esfuerzo; de un trabajo cualitativo bien entendido. Y que, más allá de lo que el tiempo nos diga de sus creaciones, me parece que lo más triste es que no existan más escritores y ensayistas como él en nuestro país. Pues  si estuviera absolutamente integrado en la era after-pop, en lo retruécanos del tiempo múltiple al que nos invita el siglo XXI (¿se acuerdan cuando hace unos pocos años tenía todavía Pérez Reverte que explicar el por qué de su amor por Dumas y Eco y no tenía que hacer lo mismo al respecto a su pasión por Galdós?) sería una más de las tantas voces a las que asirse para comprender la novela contemporánea y, de pasada, ciertos aspectos esenciales de nuestro tiempo. Que no es poco. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

              Tu secreto debe pasar a ser parte de tu sangre

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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