La batidora (meta)literaria

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De los textos de César Aira se espera todo. Por lo que el escritor argentino se ha acostumbrado a no ofrecer nada en ellos y realizar escritura vacía construida con todo tipo de sorpresas y efectos que no tienen sostén alguno detrás. De hecho, cada una de sus novelas parece un enorme edificio de cajas chinas sin fondo. Muchos de sus lectores introducen su mano en sus páginas y las atraviesan como si estuvieran compuestas de aire aunque hay algunos otros que consiguen extraer de allí alguna peluca o traje, varias palabras o argumentos y personajes vacilantes.

Intuyo que este es el caso de Pedro Pujante. Un escritor perplejo a quien puedo visualizar recorriendo exhausto las calles de un pueblo solitario murciano hace varios veranos. Sintiéndose en principio tranquilo a pesar del asfixiante calor y el amplio silencio crecientes que, llegados a un límite, lo fuerzan a introducirse en una taberna donde, a escasos momentos de haber llegado, toma conciencia de que no hay ni camarero ni clientes ni parece que los habrá jamás. Lo que no es obstáculo para que exija en voz alta que alguien le sirva una cerveza o dialogue sobre las últimas noticias internacionales, escritores de literatura secreta o ciertas conspiraciones.

No obstante, ante la ausencia de respuestas, decide abrir un libro. Una de esas exquisitas, perversas novelitas de Aira cuyas líneas conforme se acerca a ellas se agigantan cada vez más de tal modo que terminan por tener el aspecto de un negro agujero a través de cuyas rampas cae entre divertido y asustado hasta aterrizar en un sótano por el que se deslizan continuamente por el aire -como alas de pájaros muertos- decenas de miles de páginas rotas llenas de reflexiones realizadas por Enrique Vila-Matas, Francisco Umbral, Mario Levrero, Lewis Carrol, Paco Martínez Soria o Kafka tras contemplar fijamente durante días la televisión española. Desde la Carta de ajuste, el telediario hasta las películas del destape.

En fin. No sé si la anécdota anterior está demasiado conseguida o es exacta. Supongo que no. Aunque tal vez sí. Pero no importa. Porque la redacté únicamente para que sirviera como marco introductorio para ofrecer mi visión sobre la novela de Pujante. Un libro formado por cientos de palabras-conejo que buscan desesperadamente el goce del lector. El orgasmo sin ley.

De hecho, El absurdo fin de la realidad es, sí, un libro divertido. Un texto lleno de reflexiones delirantes y certeras escrito con ánimo pasajero. Un cruce entre un episodio de La dimensión desconocida y Berlanga. Esquizofrenia contenida. Una reflexión sobre la soledad (del lector) que no nos habla tanto del fin de la realidad como de la ficción. Mars Attack penetrando en los territorios de la alta cultura, Un episodio de Expediente X escrito por José Luis Cuerda. La literatura antes de desaparecer para siempre intentando llamar la atención sobre sí misma. H.G. Wells y Ray Bradbury contemplando en la televisión una de esas kafkianas poblaciones rurales hispanas que solían aparecer en las Crónicas Marcianas de Tele 5. En definitiva, una muestra de lo que puede realizar la centrifugadora literaria con la mente de un ávido lector y lo que ese mismo lector puede conseguir hacer cuando junta sus lecturas en una batidora y se pone a dialogar con ellas. Una prueba de que el mundo será kafiano o no será. La clonación artística infinita. Y de que tanto la literatura de Borges como la de Vila-Matas tal vez no sean más que disgresiones de la de Aira. Como tal vez la de Pujante proceda de una siesta de Luis Buñuel en medio de la sierra aragonesa tras su enésimo intento por leer una antología de relatos de ciencia ficción y no poder conseguirlo. Un chute de ironía en el espacio (interior y exterior) literario. Shalam

 إِذَا وَقَعَ الْجَمَلُ كَثُرَتِ السَّكَاكِينُ

 Nada más serio que el humor

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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