La chaqueta metálica

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La chaqueta metálica era un filme que dejaba claro que más que un lobo, el hombre es un hijo de puta para sus semejantes. Un puto cabrón. Y que si Dios existe, es un asesino. La primera parte era descomunal. Una batidora de huevos funcionando a toda velocidad. R. Lee Ermey, un militar real, bordó su papel como sargento de infantería Hartman. No se relacionaba con el resto de actores durante el rodaje. Se comportaba con ellos como si fueran realmente alumnos suyos y estuvieran al borde de alistarse en una guerra. Y, años después, muchos de ellos aún le guardaban rencor y evitaban saludarlo.

Kubrick ajustó cada fotograma al máximo. Cada toma. Convirtió un cuartel en un manicomio suicida y rodó escenas llenas de tensión con espíritu de geómetra. Las habitaciones de los reclutas por ejemplo parecen por momentos pasillos de la nave espacial de 2001. Esa primera parte es una enérgica bebida que se encuentra a mitad de camino del hardcore y un lienzo de Mondrian. El ritmo no desfallece en ningún momento. Y no caben muchas dudas de que es la mejor de las dos en las que se divide la película. Sin embargo, a mí siempre me ha interesado mucho más la segunda. Por imperfecta. Por enigmática. Por esa sensación de inacabado que deja pero también la claridad y sequedad con la que describe y penetra en el horror de la guerra y, en concreto, en la ofensiva del Tet de 1968. Un ataque totalmente inesperado de las tropas norvietnamitas y el Viet-Cong (a los que se les creía cerca de la rendición) contra puntos estratégicos de Vietnam del Sur que, a pesar de ser rechazado con eficiencia por la tropas norteamericanas, puso de manifiesto que ni por asomo la guerra iba a concluir. Que su sombra perseguiría a sus combatientes hasta el final de sus días hasta convertir a los hombres en destructores sin sentimientos o en un trozo de carne sanguilonento arrumbado en los suelos.

En gran medida, la explicación a esa sensación de obra abierta que deja La chaqueta metálica -el mismo Kubrick preguntaba a sus colaboradores cómo terminarla- se debe a que se basó en una novela semiautobiográfica, Un chaleco de acero, que su autor, el marine Gustav Hasford, planteó como la primera parte de una trilogía sobre la guerra de Vietnam. 

El libro se convirtió en un best seller cuando apareció. En 1979 la mayoría de soldados que habían participado en el conflicto asiático o bien estaban sepultados, se encontraban traumatizados o intentando asimilar la experiencia o bien avergonzados por el tremendo rechazo que su participación había terminado por generar en la población en general. En esas circunstancias, un libro tan seco como el de Hasford (el recluta bufón) creó conmoción. No tan sólo por el duro relato de sus vivencias. Áspero como pocos. Sino porque también describía con absoluta veracidad su formación como marine. De hecho, a diferencia del filme, en la novela, el sargento declara incluso sentirse orgulloso del recluta Patoso en los instantes previos a ser acribillado por él. Satisfecho de haber convertido finalmente a su subalterno en una máquina de matar.

Ciertamente, Un chaleco de acero no es una novela redonda ni posee un lenguaje literario florido, pero sí es un texto verdadero. Su mérito consiste en su frontalidad. En haber dado testimonio del horror.  En medio de la narración aparecen de tanto en tanto frases que se clavan al corazón como balas. De las que no se olvidan. Pura metralla que pone de manifiesto la crudeza de aquel conflicto: “La guerra es fea porque la verdad puede ser fea y la guerra es muy sincera”. “A Dios le ponen cachondo los marines porque matamos todo lo que vemos. Él juega a su juego; nosotros al nuestro. Para mostrar nuestro agradecimiento por una atención tan omnipotente mantenemos el cielo repleto de nuevas almas. Vivimos conforme a la ley de la selva, que consiste en que entran más marines que los que salen”. 

No estoy seguro pero creo que Kubrick debió sentir al leer el texto de Hasford un golpe idéntico en el cerebro al que experimentó cuando se adentró en La naranja mecánica. Porque tanto el libro de Hasford como el del Burgess eran duros, violentos, reales y además, utilizaban un léxico particular. En el caso del del autor británico, la jerga nadsat (una mezcla de ruso, cockney y palabras nuevas) y en el del norteamericano, la divertida e intrincada jerga marine. Es decir; probablemente leyó Un chaleco de acero como una obra subversiva y transgresora aunque esa no hubiera sido la intención de su autor. Quien, al fin y al cabo, contaba lo que había vivido y pronto, comenzó a padecer transtornos. Le costaba adaptarse a la vida normal, se volvió cleptómano y fue multado por robar libros en decenas de bibliotecas, discutió encarnizadamente con los guionistas del filme de Kubrick y, a pesar de su éxito como escritor, murió de un paro cardiaco a los 45 años totalmente empobrecido tras haber publicado la segunda novela de su trilogía sobre Vietnam.

En gran medida, la segunda parte de La chaqueta metálica capta el caos de la mente de Hasford y sus colegas. El absurdo de la guerra. Muestra a los ladrones campando a sus anchas, la manipulación de las noticias dadas por la prensa, el mercadeo con las prostitutas y a niños y a mujeres siendo sacrificados como piezas de ganado hasta la parte final: una escena maravillosamente rodada en la que asistimos a cómo una adolescente vietnamita es capaz de provocar el pánico entre un escuadrón de marines y acabar con la vida de varios de ellos. Otro cineasta hubiera intentado cerrar su película con aliento épico pero, tras una discusión entre los soldados por si rematar a la muchacha o dejarla morir sufriendo, Kubrick la culmina con una breve coda sin darse más importancia de la debida. Como dejando entrever que lo que acabamos de contemplar no es sino un simple episodio de una guerra tan descomunal que es imposible intentar describirla en su totalidad. Basta de hecho volver a observar a cámara lenta el rostro de la chica asiática disparando sin piedad su AK-47 instantes antes de ser acribillada para que cualquier palabra sobre el conflicto y su inmenso magnicidio esté de más. Shalam

بالنسبة لمعظم الرجال الحرب هي نهاية الوحدة

Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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