La edad de oro de la ciencia ficción: Isaac Asimov

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¡Qué delicia! Acabo de leer dos de los tomos dedicados por Isaac Asimov a la edad de oro de la ciencia ficción -en concreto, los que se ocupan de los años 1931 al 33- y estoy todavía gozando de sus mágicos efectos. Revistas como Wonder stories, Amazing Stories o Super Science Stories, a través de las cuales se comenzó a popularizar y difundir a nivel masivo el género en Norteamérica, han pasado a formar parte de mi mundo. Y no he podido evitar revisar sus portadas y muchos de sus contenidos realmente irresistibles. Esas ingeniosas tramas que nos transportan a lugares muy lejanos.

Más allá de estos míticos textos, me ha resultado, a su vez, francamente interesante conocer varios detalles de la vida de Asimov. Sobre todo, porque de sus palabras -sus padres eran emigrantes rusos- extraigo la conclusión de que, a diferencia de lo que ocurrió en países como Argentina o Uruguay, los hombres que llegaron a Norteamérica no se refugiaron en la nostalgia o la añoranza para contrarrestar el impacto por haber abandonado su tierra natal sino que, más bien, fueron atrapados por el vértigo tecnológico y científico del nuevo territorio que visitaron. Una forma, por tanto, de evitar el trauma debido a la pérdida de su origen consistió en afrontar nuevos desafíos. Multiplicar el delirio del futuro. Proponer el salto a otros planetas y dimensiones. Algo que, en parte, explica -además de la necesidad de evadirse de los problemas-  el porqué en épocas tan dificultosas como las de la Gran Depresión, siguieron floreciendo historias espaciales cuyo descrédito por parte de las élites culturales, tal vez se lo debamos a que popularizaron la escritura. Permitieron que cualquiera que tuviera amplia imaginación pudiera narrar historias sin necesidad de tener un estilo demasiado trabajado y conquistaron a un público que no necesariamente tenía que poseer estudios universitarios.

En todo caso, lo que se percibe claramente leyendo estos primeros relatos es que la ciencia-ficción y el cómic de superhéroes poseen cientos de puntos de conexión que me parece que no se han destacado lo suficiente. El héroe de la ciencia-ficción que se enfrenta a marcianos con cinco ojos es similar en muchos aspectos al hombre primitivo que debía defenderse de los dinosaurios. El género apela al orgullo del ser humano, a su necesidad de continuar evolucionando para enfrentar peligros sin fin que sin duda vendrán. Le recuerda que aunque ha conquistado este mundo, aun tiene que conquistar el espacio, el Universo, y que, a ciertos efectos, aunque su ego le diga lo contrario, no se encuentra tan lejos del hombre de Cromagnon.

En este sentido, la ciencia ficción es una invocación a la aceleración del desarrollo tecnológico por si las invasiones de los seres del espacio comenzaran a producirse y nos tomaran por sorpresa e indefensos como en el célebre relato de H.G. Wells, La guerra de los mundos. Pero también, una llamada a la necesidad de la construcción y fabricación de nuevos héroes que puedan defendernos de estos terribles peligros: los superhéroes Superman, Batman, Flash, Linterna Verde o Capitán América. Seres más cercanos a los dioses que a los humanos, ocupados en resolver fenómenos extraordinarios sobre los que no hay constancia de su existencia en la vida cotidiana. Prodigiosos guerreros que al enfrentarse a peligros que no existen, son un anuncio de la llegada del mundo virtual. Ese nuevo realismo alternativo que asoma a través de la ciencia-ficción.

Los superhéroes cumplen una función psicológica y arquetípica muy importante en Norteamérica. Desde su nacimiento, se transformaron en los héroes y dioses de una civilización sin mucha historia que estaría actualmente viviendo el mismo proceso que, por ejemplo, la Grecia clásica o la Roma Imperial en sus primeros siglos de existencia. Teniendo en cuenta el gran avance técnico y científico alcanzado en Norteamérica y que el nuevo territorio a conquistar era el espacio, a los ciudadanos no les bastaba la figura de los héroes comunes. Necesitaban de superhéroes: seres que volaran, procedieran de los más amplios rincones de la galaxia y tuvieran amplios poderes para dotar de una misión y un destino superior a la nación. Tal y como seria recogido por ejemplo, en sagas ya clásicas como Secret Wars donde cientos de héroes y villanos se enfrentan entre sí por los caprichos del Todopoderoso. Un ser omnipotente que acaso sea una metáfora de un país que ha llegado a considerarse por encima de dios en determinados momentos.

En fin ¿qué estoy haciendo? Deseaba yo hablar de la recopilación de relatos de Asimov y todavía no he dicho más que vaguedades sobre ella cuando es realmente un suculento manjar. Un delicioso plato imaginativo lleno de historias en las que no importan ni los detalles ni la verosimilitud. De hecho, la mayoría de ellas no resistiría un mínimo test científico. Algo sin demasiada importancia pues se siente que los narradores se están divirtiendo al penetrar en un territorio inexplorado. Se tiene la sensación de estar leyendo algo que originalmente tuvo que provocar mucha satisfacción a quien lo redactó. Prueba de ellos es una narración como El satélite Jameson de Niel R. Jones en la que nos encontramos con un hombre que, dormido, pasa dentro de un satélite en el espacio varios milenios hasta ser despertado por una raza de extraterrestes, los zorones, que, una vez que comprueban que la tierra ha sido destruida, se lo llevan consigo a descubrir mundos. O por ejemplo, La era de la luna, de Jack Williamson donde el astro nocturno se parece a una selva crepuscular y se desarrolla una muy interesante relación entre el protagonista y esa superviviente nata llamada La Madre con la que resulta difícil no simpatizar. Y, desde luego, merece la pena mencionar Tumithak de los corredores (1931) o su continuación, Tumithak en Shawn (1933) de Charles R. Tanner, puesto que ejemplifican perfectamente las causas por las que la ciencia-ficción se convirtió en uno de los escasos géneros donde la figura heroica continuó manteniendo su primitivo verdor. Siguió luciendo como antaño en un mundo gris y oscuro abocado a las dos guerras mundiales poblado de una multitud de anti-héroes de los que darían buena cuenta la novela negra o existencialista. Básicamente -repito- porque planteaba la excursión a nuevos mundos al contrario que otro tipo de géneros que al escarbar en la realidad mostraban más el desencanto y la apatía que entusiasmo.

No tengo, por otra parte, excesivas dudas respecto a las tres historias que destacaría sobre el resto. En primer lugar, El mundo del sol rojo de Cliffor D.Simak, me parece una verdadera joya. Un ingenioso relato que se aprovecha de la asincronía temporal para hacernos comprender las consecuencias de nuestros actos, cuyo final es realmente estremecedor y probablemente quede en mi memoria para siempre. En segundo lugar, El hombre que despertó de Laurence Manning. Una narración que también aprovecha el recurso clásico del viaje en el tiempo para ofrecer una lección ética y humanista.  Y, por último,el bestial -lo digo por la actitud de su personaje principal –El hombre que evolucionó de Edmon Hamilton. Una crónica breve sobre un ego desatado e histriónico que, en cierto modo, refleja (indirectamente) el espíritu maquiavélico del capitalismo norteamericano. Ese deseo de poseer más y más.

En realidad, el relato de Hamilton tiene, a su vez, otras connotaciones. Porque ese hombre cuyo cerebro crece y se extiende hasta niveles increíbles a medida que incrementa sus niveles de conocimiento conforme se introduce en su máquina, es un reflejo bastante fiel del hombre fáustico contemporáneo. Un ser sin alma que no necesita del diablo para obtener poder dado que este papel lo cumple la ciencia. Algo que como se nos ha mostrado tantas veces en este género, conduce a la autodestrucción. Pues nada es el ser humano sin su espíritu, su corazón ni su capacidad para empatizar con su semejantes y llegar a dar la vida por ellos sea donde sea. En los espacios infinitos o en la aldea más agraz. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 Si te aplauden, nunca presumas hasta saber quién lo hace

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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