La literatura menor

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Leo en El espacio literario que Maurice Blanchot afirma lo siguiente: “El escritor pertenece a la obra, pero lo que a él pertenece es solamente un libro, un amasijo mudo de palabras estériles, que es algo de lo más insignificante en este mundo”.

Esta definición de la escritura concuerda en parte con la que profirió Deleuze a partir de la obra de Kakfa. El autor de una literatura menor en la que los silencios y pausas son tan o más importantes que la historia narrada. En cierto sentido, el escritor checo acabó con los proyectos grandilocuentes literarios. El opuesto de Los miserables y Guerra y Paz es La metamorfosis o cualquiera de sus relatos breves. Testimonios claros de que la literatura no es tanto una salvación como un problema. Es más un incordio que un enigma. Una actividad del tamaño de los insectos. De alguna forma, sí, un escritor es un impotente. Hay algo que no logra hacer. Algo que nunca consigue. Una meta a la que nunca llega. Lo que ofrece no le sirve a nadie y lo que da nunca es suficiente. Por eso un escritor coreado es un escritor aniquilado. Interceptado. Porque cualquier interpelación que el autor haga para que se conozca su obra, siempre tiene algo de obsceno y ridículo. De falsificación y contrabando. De hecho, el mejor escritor es el escritor muerto porque ya no hay quien corrompa la obra. La obra se da a sí misma y muere sin su autor. Se convierte en un elemento más del mundo. Como la hierba de los jardines o las migas de pan y sillas de los parques.

Una de las argucias con las que el mundo real (que siempre es el opuesto y nunca el complementario del literario) ha tentado a los escritores tras Kafka es la fama. El escritor tal vez ya no puede componer obras espectaculares y grandiosas pero sí ser famoso y reconocido. Se ha sustituido la obra por el ego. Lo que da probablemente más la razón a Blanchot porque pone de manifiesto que aun todavía más que antes, ese “amasijo mudo de palabras estériles es algo de lo más insignificante en este mundo”. Tiene menos importancia que nunca. Puesto que la meta hoy en día es ser reconocido no por una obra sino por un rostro.

El escritor defiende la obra para defenderse a sí mismo. Y por eso no la deja ser y estar. Porque no suele admitir haber podido fracasar al hacerla. Tal vez, de hecho, es el contraste entre lo minúsculo que los autores han compuesto y la necesidad que tienen de resonancia, lo que suele convertir el mundo literario en un teatro de vanidades del que la obras por lo general se mantienen ajenas. Disminuidas, sí, tal vez disminuidas, pero al mismo tiempo, felices en su nadería y ajenas y por lo general, contrarias al palabreo de su hacedores que son en la mayoría de las ocasiones el gran enemigo de sus creaciones. Su principal asesino. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

La boca del necio es la destrucción

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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