La montaña sagrada

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Parece que necesito reflexionar más sobre las montañas o realizar una excursión por alguna de ellas. Me encuentro ahora a mitad de la lectura de Los vagabundos del Dharma; la aguda y lúcida epopeya en que Jack Kerouac describe su introducción al budismo. Y me he dado de bruces con una escena bella e irónica en la que Morley y el narrador acompañan al carismático Japhy a la cima del monte Attherhon en San Francisco. Para ellos, como para los personajes de El monte análogo, la ascensión es sagrada. Aunque, en este caso, no tanto porque al llegar a su cima se puedan comunicar más fácilmente con las divinidades sino porque gracias a ella se familiarizan con verdades profundas. En este caso, las de la rueda de la vida (y la muerte) de la que todo ser humano ha de ser consciente para hacer de su recorrido por la existencia, un camino de conocimiento. Por ello, Japhy el iluminado, les dice de bajar en cuanto han llegado a la cumbre. Para que comprendan que éxito y fracaso son absolutamente relativos. Y que cuanto más próximo se encuentra uno de la gloria también lo está de comenzar a alejarse de ella. Lo importante, en este caso, es que la lección no es teórica sino práctica. Todos ellos han realizado un gran esfuerzo. Se encuentran agotados. Y, de esta manera, comprenden mejor la naturaleza del sufrimiento, el anhelo y el deseo. Experimentando en carne propia las leyes del karma. Sudando por todos sus poros espiritualidad.

El mensaje que se quiere transmitir es claro. No por encontrarse más abajo o arriba se está más lejos o cerca de dios. La distancia o cercanía vendrán marcadas por la conciencia. La forma en que manejemos el sufrimiento o relativicemos las circunstancias vitales. Porque, en esencia, lo importante es entender la existencia como un milagro. Un festejo infinito e irrepetible empañado por nuestra tentación y voluntad de apegarnos a él. Razón por la que Japhy ofrece a quienes se encuentra y a sus compañeros de viaje todos los regalos que puede, y realiza todo tipo de reflexiones y predicaciones en favor del desprendimiento.

A falta de terminar el libro, puedo indicar que Kerouac trabaja muy bien la historia. No tanto en cuanto a su técnica narrativa que en el caso del escritor norteamericano es siempre bastante descuidada pues prima la fluidez y la espontaneidad por encima de cualquier otra característica, sino porque sabe muy bien dónde poner el énfasis para que podamos empatizar con la historia. Cualquier joven europeo, por ejemplo, podrá sintonizar sin problema alguno con el sarcasmo del narrador, su naturaleza socarrona, confusa e inocente que lo lleva a desear adentrarse la filosofía budista pero al mismo tiempo le hace descreer o desconfiar de ella en pos de un hedonismo en el que se filtran ciertas dosis de panteísmo y bohemia artística.

La mayoría de nosotros, en algún momento, hemos intuido que las verdades proclamadas por el budismo no eran absurdas, meras regalías para calmarnos o aborregarnos aún más y, sin embargo, repetidas veces hemos caído en muchos de los vicios del narrador, empujados por la bestia que late en nuestro interior que no es que no conozcamos un mínimo sino que -se diría- hace lo que quiere con nosotros. Nos domina a su antojo, como esa sociedad que en ocasiones decimos detestar pero que nos mantiene apresados, controlados en su seno. Y baste con contemplar con una mínima agudeza nuestra realidad para confirmarlo.

Existe una frase de Japhy tras la subida al monte que, de alguna forma, intenta acabar con ese triste estado de cosas tomando conciencia del mismo: “cuando llegues a la cima de una montaña, sigue subiendo”. Me parece que este hermoso apotegma que, como los koans, no puede ser traducido ni explicado racionalmente, define muy bien la búsqueda de la belleza del mundo emprendida por Kerouac y compañía.

La vida no es una montaña rusa. El barco vikingo de un parque de atracciones sometido a un constante vaivén. Tampoco, por supuesto, es un ascensor. Ni una noria que no cesa de dar vueltas en el mismo eje. Más bien, es una oportunidad de purificación. La posibilidad de, encarnados en una forma humana, demostrarnos a nosotros mismos y a los demás que somos, en esencia, amor. Y, por tanto, infinitos. Totales. Absolutos. Lo que no quiere decir que debamos aspirar a la perfección. Ya que no existe una ascensión definitiva o final.Como tampoco un libro, una obra de arte o un momento de nuestra vida esencial que los pueda resumir a todos. Habrá algunos, sí, que nos hayan marcado más que otros. Pero esto no significa que sean los únicos trascendentes o importantes. Pues, dado que la existencia es un proceso, según el budismo, no es sólo ya que nuestra mirada sobre un hecho importante varíe a lo largo del tiempo según los cambios o transformaciones que suframos o, más bien, experimentemos, sino que ese mismo acontecimiento llegará un momento en que comprendamos que no era sino una leve mota de polvo en medio de un monte. Necesaria, como todas los demás, para la existencia de la montaña, pero no más importante que ella, ni tampoco mejor ni peor que las piedras, arbustos o rocas que la rodean. Razón por la que tan importante es meditar. Entender quién somos. Puesto que si nos perdemos a nosotros mismos, nos autodestruimos y no digo ya si nos suicidamos, la montaña podría deshacerse. Se iría despoblando de matojos, hierbas, arbustos y rocas incapaz de sostenerse a sí misma y, por tanto, de permitirnos ponernos en contacto con nuestra llama sagrada. Esa luz que late en el fondo de todos nosotros.

Es verdad, por otra parte, que no debería importar que una montaña se deshiciese. El cambio y la transformación son consustanciales al existir. Ni la muerte ni la vida son presencias definitivas, sino, más bien, estados,  instantes. Lógicamente, con el paso del tiempo, una montaña sufrirá determinados cambios debido a la climatología u otros condicionantes, pudiendo convertirse, formar parte o integrarse en un océano, un desierto o quién sabe qué formación ecológica que ahora no podemos concebir. Y esto no significa que sus componentes, piedras, tierra, raíces o hierbas, mueran. Realmente, no existen definiciones, palabras o impresiones que puedan responder con propiedad a qué llamamos vida y a qué muerte. Lo que, en esencia, es maravilloso y mágico y al mismo tiempo, trágico y terrible, como subraya el budismo. Una filosofía que intenta que contemplemos los azares existenciales con ecuanimidad. Detectando y diferenciando aquello que es accesorio de lo fundamental. Accediendo a la existencia como si fuera un viaje espiritual, que comienza y finaliza en el mismo momento y en ningún tiempo. Más allá del principio y el fin, que es adonde le interesa a Jack Kerouac, me parece, conducirnos.

Ya iré descifrando mejor las intenciones del escritor, pero me parece que su libro apunta allí. Aunque esta pretensión se encuentre oculta y recubierta de pasajes jazzísticos, recaídas en droga y alcohol, tentaciones consumistas o ingestiones de pesadas, perniciosas hamburguesas. Característica que, en mi opinión, hace la lectura de la novela sumamente interesante. Puesto que sin dejar de ser un tratado en pos de la paciencia y la ecuanimidad es, asimismo, un testimonio sincero y descarnado del nacimiento del hippismo y de la contracultura norteamericana. Cómo cayó en los mismos hábitos que criticaba así como su lucha para evitar estas inevitables contradicciones.

Es fascinante además, leer los escritos viajeros de Kerouac y compararlos con los de, para mí, su gran precursor en la literatura de su joven país, Jack London. Porque, teniendo en cuenta el sentido y sentimiento místico del que impregnan sus viajes, uno puede darse cuenta que ambos escritores se encontraban hermanados. Es muy clara, sin ir más lejos, la importancia que el mito de Caín y el símbolo Huckelberry Finn posee en la obra de los dos y en su visión de la vida social y artística de Norteamérica. Y, de hecho, si hiciéramos una lectura amplia y profunda de muchos de sus libros, nos daríamos cuenta que apenas se diferencian por la época en que fueron urdidos. Kerouac es un hijo del crack del 29 y de la Segunda Guerra Mundial. Y London lo es todavía de los problemas raciales, la emigración y la primera modernidad. Circunstancia que provocó que no pudiera disfrutar ni del jazz ni del budismo, a los que el escritor de Los subterráneos se acercó a través de la intuición, el instinto y el estómago. Tal y como Tom Waits, -cuyo disco Rain dogs podría ser la banda sonora ideal para leer ambos escritores- ha compuesto la mayoría de sus canciones. Con la libertad del condenado a muerte, del que no tiene nada perder, porque sabe que va a morir inmediatamente, aunque aún tiene ciertas esperanzas de conservar la vida y caminar libre por los campos, las montañas, con los brazos extendidos al viento.

En fin. Como se podrá comprender, vistas todas estas circunstancias, me parece que voy a suspender una excursión que pensaba hacer al puerto de Veracruz el próximo domingo por otra hacia una montaña cercana. No me importa el tiempo que pase subiendo a su cima. Tampoco si hará más calor o frío. Ya existen muchos medios para ayudarnos a sobrellevar las circunstancias metereológicas. Lo sustancial es alcanzar la cumbre. Y, una vez sentado allí, dialogar con dios.  Creo que, en esta ocasión, por cierto, no le voy a pedir nada, ni tampoco me voy a arrodillar como si estuviera en una iglesia siguiendo los dictados de un sacerdote, sino que voy a extender las manos y voy a cubrir mi cuerpo, como si fuera una piedra oculta en el suelo, que formara parte de la montaña desde tiempos inmemoriales. Estaré así durante muchos minutos. ¿Quién sabe si hasta una hora? Y cuando entienda que ha llegado el momento, voy a levantarme con los brazos extendidos y tararearé en voz alta la canción que me salga del alma. Al fin y al cabo, como dice Japhy en Los vagabundos del Dharma, “uno no puede caerse de una montaña”. Porque, probablemente, uno mismo es esa misma montaña. Ese dios al que agradece y canta y la  vida misma que se manifiesta a través de todos sus poros, como la piedra, el matojo o los arbustos; de quienes únicamente se diferencia el ser humano por su concienciaRazón suficiente para entender lo importante que es saber utilizarla bien. Generando dharma y no más karma. Shalam

ولست بحاجة للدراسة    

Sólo se tiran piedras al árbol cargado de frutos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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