La novela luminosa

0

Hacía mucho tiempo que no leía un libro que deseaba que no terminara jamás. Este es el caso de La novela luminosa de Mario Levrero. No sé a qué se debe. Tal vez a que el escritor uruguayo no escribe acerca de nada trascendente. Lo hace sobre palomas y programas informáticos. Su día a día. Demostrando que un escritor no es un ser excepcional. Tan sólo se diferencia del resto de personas porque escribe con mayor o menor asiduidad. Puede, a su vez, también que lo que me fascine del texto es que Levrero muestra sin ningún tapujo cómo se evade de su deber. Ya que, aunque tiene que urdir un libro para justificar una Beca Guggenheim, inventa las excusas más peregrinas para no cumplir con su obligación. Todas las páginas de hecho se encuentran llenas de guiños irónicos con quienes sufrimos cuando nuestro placer se convierte en obligación y nuestra afición en trabajo. Y supongo que eso es precisamente lo que me está haciendo amar esta narración. Desear que no finalice. Su oda a la procrastinación. Porque ciertamente, vuelvo a repetir, no resulta fácil encontrar libros que uno quisiera que no acabaran nunca. De hecho, normalmente, aunque me gusten mucho, (y precisamente porque me gustan mucho) deseo ansiosamente acabarlos.

Soy un lector compulsivo y esforzado. Quiere esto decir que muchas veces no leo únicamente por placer (amo las biografías de rockeros y desearía que su actual apogeo no cesara nunca) sino por imperativo intelectual. Esto es; para conocer obras que han marcado hitos artísticos aunque a mí personalmente poco me digan; como es el caso del Ulises de Joyce. Por eso tal vez disfruto al ver apilados ante mí los volúmenes que he ido leyendo durante el año. Porque son una especie de biografía velada. Una constancia de mi trabajo y una radiografía secreta de mi personalidad. Algo en lo que supongo que no me encuentro solo porque para muchos lectores cada libro leído es una medalla. Un premio a su esfuerzo. Y su biblioteca, un recuento de sus logros. De su éxito en la vida. A veces también, esos libros leídos son una manera de justificar una existencia que sin ellos no tendría mucho sentido. Se encontraría vacía. Obviamente, que también hay personas que utilizan esas lecturas como distintivo. Un traje difícil de adquirir que los separa del resto de los mortales. Pero no es ese mi caso. Puesto que o bien leo para huir de la realidad o para profundizar más en ella y no creo, en ningún caso, que por haber penetrado en un libro u otro sea yo ni más inteligente, ni mejor persona ni merezca una categoría distinta. Desde adolescente, los libros se convirtieron en drogas para mí. Los leía para no tener que soportar las lecciones del profesor. Para evadirme. Para perder la cabeza. Volar. Su magia consistía en que eran estimulantes de la vida y de la imaginación. Eran, en cierto sentido, peligrosos. No eran cultura sino armas salvajes. Lanzas llenas de locura. Por eso solía suspender las asignaturas de literatura y filosofía aunque no cesaba de leer. Y por esa razón supongo que empatizo tanto con la inconstancia del escritor de La novela luminosa y urdí una novela como Bruja. Un texto que no podía ser aceptado en ninguna institución y no podía aspirar a premio alguno. Una obra que debía quemar las manos de cualquier persona integrada en nuestra sociedad. Por más que debo reconocer que probablemente me pasé de frenada hasta el punto de realizar no sólo un texto transgresor sino demasiado complejo. Quién sabe si fallido.

En fin. A día de hoy, los libros son para mí como el alimento y el aire. Sin ellos, no estaría vivo. Son un arma contra el suicidio y el conformismo. El acomodo y la rutina. Y todavía por supuesto una bomba contra el sistema. Y por eso me asombra encontrarme con alguno que no desee finalizar puesto que cada uno que acabo es, en cierto sentido, una bala que ha impactado en la diana del Universo. Quisiera de hecho que cada vez que me despertara, a La novela luminosa le hubieran crecido unas cuantas páginas más, como si se tratara de un árbol o un planta mágica. Y lo mejor de todo es que, a pesar de todo lo que acabo de referir, desconozco el motivo. Aunque me atreveré a formular una hipótesis. Franz Kafka tuvo la suerte de lograr agrandar la impresión de drama infinito que transmitían sus novelas dejándolas inacabadas. Narrando y tratando situaciones increíbles con absoluta normalidad. Creo que Mario Levrero provoca en los lectores con La novela luminosa esa misma sensación pero, en este caso, por haberla concluido. Y porque, al contrario de lo que ocurría con su maravillosa Trilogía involuntaria y la obra del escritor checo, narra y trata situaciones cotidianas como si fueran increíbles. Como si tomar un café, contemplar una paloma posarse sobre un poste o postergar de nuevo el libro que estamos escribiendo fueran acontecimientos que merecieran tanta atención como los hechos y actos más extraños y épicos. Shalam

أعطِ الرجل قناعًا وسيخبرك الحقيقة

Dad una careta al hombre y os dirá la verdad

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo