La selva y la muerte

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Pocos escritores han existido tan torturados y desgraciados como Horacio Quiroga. Su vida está llena de desafortunados incidentes y suicidios que terminaron con la existencia de sus seres queridos en abruptas circunstancias. El escritor uruguayo no fue un maldito por vocación sino por destino. No eligió en ningún momento convertirse en un nocturno y violento artista sino que se vio abocado a ello.

Quiroga tenía un karma cruento. La mayoría de las empresas que abordó terminaron despiadadamente. Se fue a París con una pequeña fortuna en sus manos y volvió despedazado. Hambriento, sucio y sin un peso en el bolsillo. Ascendió en su carrera diplomática y al poco tiempo, se encontraba solo en medio de la vorágine natural. Se enamoraba de una mujer y no tardaba tiempo en enterrarla. Algo parecido también a lo que le sucedía con sus grandes amistades. Casi con cada ser en el que encontró un apoyo y descanso. En fin, Quiroga fue un hombre culto. Probablemente, en otras circunstancias, hubiera sido un poeta de escritorio. Un poeta modernista o naturalista cuya única travesura hubiera sido fumar opio de tanto en tanto en elegantes salones de las capitales americanas. Pero el artista uruguayo se encontraba marcado por el ojo del demonio. Debía tener grabada la cicatriz de un dios oscuro en su frente. De hecho, su vida le hubiera perfectamente servido de inspiración a Lovecraft para realizar un cuento porque su existencia terminó convertida en una pesadilla. Un huracán neurótico que finalizó con su propio suicidio tras haberle sido diagnosticado un cáncer. El torbellino destructivo.

Como es de prever, la literatura de Quiroga es extrema. No toda porque también escribió cuentos para sus hijos que formaron parte rápidamente de diversas antologías de relatos infantiles. Pero la huella de su escritura es salvaje. Lo que ha quedado y es leído y estudiado del autor uruguayo son una serie de relatos delirantes y furtivos en los que el ser humano es llevado al límite.

Su obra es un fusil. Un pistola ardiendo que transforma la naturaleza americana en una selva gótica llena de peligros. En sus textos, cualquier río o árbol es una amenaza. Una rama puede ser una soga, una mata de hierba un puñal y un pantano un pozo lleno de cadáveres de antiguos aventureros. Básicamente, porque la selva es en Quiroga una enfermedad. Es similar a esa peste que asolaba los poblados medievales de media Europa hace siglos. Es monstruosa no tanto por su aspecto sino porque es letal y viral. Desoladora, silenciosa y abrasiva, acaba con cualquier esperanza humana y aboca por lo general a los hombres a la perdición y al alcoholismo. Es en suma, un reflejo del destierro y el exilio. Una garra. La viva imagen de la total derrota metafísica de los primeros americanos de origen europeo nacidos en el nuevo continente. Una metáfora del odio y la sinrazón.

Horacio Quiroga fue más allá de los románticos porque no pintaba el abismo. Vivía en los abismos. Y por eso se le ha considerado en parte con justicia como el Dostoievsky de la literatura americana. No tanto por la temática de su obra sino porque se percibe que sus textos eran balsas espirituales para él. Maderos a los que asirse en medio del completo naufragio vital que experimentaba. De hecho, es el artista de la agonía y la supervivencia. De la destrucción. Un escritor que, en realidad, no hablaba sobre la oscuridad. Era la oscuridad. Vivía en la oscuridad, tal y como reflejan narraciones que son casi la pura traslación de la desazón y el desquicie. Húmedos escritos llenos de barro en los que la soledad y la impotencia se sienten con tanta intensidad como la melancolía y la locura en los relatos de Edgar Allan Poe. Y además, es habitual la presencia de seres tullidos y gestos violentos e incomprensibles que son manifestaciones del absoluto desbordamiento de la mente humana así como las tormentas, el calor y la lluvia continua amazónica (y también el cólera y la fiebre) lo son tanto del mundo interior convulso de sus personajes como de la ciénaga metafísica. Del cielo absoluto y el huidizo infierno.

No obstante, y a pesar de las condiciones existenciales en las que escribió, Quiroga es un autor muy preciso. Llevaba de las riendas la historia y pocas veces perdía su control. Sabía concitar tensión en sus lectores. Invocar muertes y cataclismos con dos o tres frases y crear párrafos parecidos a la hojarasca con unas pocas descripciones y metáforas. En realidad, era un hombre desnudo y sincero. Casi idealista. Un luchador. Su misterio radica en que deseaba escribir, tener una vida dichosa, pero no podía. Vivía con un demonio pegado a su espalda e intentaba liberarse de él urdiendo historias que lo empantanaban más y más hasta el punto de ahogarlo y enterrarlo en vida.

Quiroga era árido y visceral. Un hombre que sufrió tantas penurias que ha dejado una obra que es un fiel retrato de la demencia. Un atentado contra la civilización, una petición de auxilio y una muestra de impotencia. Un reflejo quebradizo de los sufrimientos experimentados por Caín tras ser olvidado por su padre en medio de ninguna parte. Shalam

اِصْنَعُوا الْمَعْرُوفَ وَلَوْ إِلَى كَلْبٍ

Haced el bien aunque sea a un perro

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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