Librerías

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Lo que más me gusta de Librerías es que es un ensayo transtornado. Un jugoso delirio literario. Una declaración no tanto de amor sino sexual al libro. Fetichista y pasional. Libidinosa y perversa. Pura locura.

Es tanta la obsesión y fascinación de Jorge Carrión por los libros y los espacios donde hasta el comienzo de la era Internet habitualmente se los adquiría, que al ensayo no le resta más que algún capítulo sobre las ocasiones en que se masturbó con las páginas de una novela o contempló a algún bibliófilo hacerlo y un recuento más o menos pormenorizado de los volúmenes que robó, pensó robar o robaron sus amigos y conocidos en las librerías para convertirse en un absoluto clásico literario. El relato de un apasionado fanático que intercambia los colores de su equipo de fútbol favorito por el de las cubiertas de los libros en varios idiomas.

De alguna forma, sí, Librerías es el Fiebre en las gradas de los bibliófilos. Un texto al que sus posibles errores o fallas no lo lastran, sino que lo hacen más grande. Porque, en realidad, Librerías no es un ensayo sino una biografía. El relato de una enfermedad transmutada en glorioso amor y atracción por la página escrita.

Supongo que Jorge Carrión consiguió ser finalista del Premio Anagrama de Ensayo por ser capaz de realizar reflexiones como rayos sobre distintas librerías del mundo y ordenar de algún modo su historia. Pero a mí, ciertamente, esos aspectos de su profusa investigación no son los que más me interesan. Pues entiendo el texto como una autobiografía llena de capítulos ensayísticos muy pertinentes y logrados. Lo visualizo como una declaración de amor. La nocturna confesión de una enfermedad. Ya que, de alguna forma muy sutil, Jorge Carrión se transforma en un personaje a mitad de camino de un esteta como Baudelaire y un distópico marciano como J.G. Ballard en su ensayo, consiguiendo que visualicemos su pasión por los libros de una forma similar a la que sentían los personajes de Crash por el metal, el aluminio, las heridas producidas en medio de accidentes automovilísticos o las sensaciones que le producían las calles de París, las viejecillas con medallones de demonios en sus dedos o los vagabundos hambrientos al autor de Las flores del mal.

libreria-acqua-alta-veneziaCon Librerías, Jorge Carrión demuestra que la esquizofrenia de los escritores no es endógena. Que los verdaderos esquizofrénicos son los lectores. Además de, claro, los libreros. Pues son ellos los habituales pobladores de estos espacios en los que los escritores son dioses (la estatua de Zeus junto a la de sus compañeros en el Olimpo hablando incesantemente) y sus feligreses habituales suelen ser respetuosos. Tímidos sumisos que no desean fallar a ninguna de las personalidades que sobresalen en ellas.

La virtud de esta soterrada autobiografía me parece a mí es que consigue, sin dejar de ser rigurosa, que percibamos al libro como un objeto erótico. Pues, a veces, he sentido al leerla que las librerías eran prostíbulos iluminados libidinosamente. Y que los libros eran senos. Cuerpos derretidos que convertían a todos los lectores en viciosos. Fetichistas perversos que se esconden tras el telón de acero de la cultura para gozar. De hecho, si algo me ha quedado claro con la lectura del texto es que las librerías no son tanto máquinas para luchar contra el olvido y recordar como para proporcionar placer. De ahí que produzcan tanta pasión en lectores o escritores solitarios que se arriman a ellas como quien va a consumir su dosis de droga habitual. Cantar silenciosamente junto al resto de pájaros enjaulados.

libreria-altair-barcelonaDe alguna forma, sí, las librerías son espacios muertos, cavernas, fosas que, sin embargo, permiten desplazarse hacia todos los lugares. Son más volátiles que un avión o un automóvil.

Quien lee siempre viaja y lo hace hacia todos los lugares. Porque lo que lee no cesa de moverse. Los personajes no cesan de desplazarse y hablar. Y tal vez por ello Carrión colocaba sellos imaginarios en su pasaporte cada vez que accedía a una. Porque atravesar sus puertas era promesa de que su viaje continuaría. Podría seguir leyendo. Transformándose en “otro”. Protagonizando la conversación múltiple. Siendo libre en definitiva.

Razón, supongo, por la que ciertas míticas librerías, como es el caso de Shakespeare & Company, fueron tan importantes durante los años de fascismo en media Europa. Porque son relativizadoras. La prueba histórica de que todas las desgracias sufridas desaparecerán antes o después. De que la noche y el día no son tanto enemigos como cómplices amorosos. Y de que, finalmente, existe una especie de plan secreto divino trazado en los libros que hace comparecer al Universo en ellos.

51f16d1b875c9Creo que la grandeza de Librerías radica en que, sin dejar de ser un riguroso ensayo, -repito- es, sobre todo, una apasionada, casi viciosa confesión. Muestra que la cultura es una enfermedad. Y que el único que consigue sanarse de ella, es quien la experimenta alocadamente. Pues, al fin y al cabo, todo lector o visitante de librerías es, en apariencia, un ser humano tranquilo que, no obstante, en caso de no poder leer, enloquecería al instante. Se transformaría en alguien ansioso dispuesto a morir o matar para obtener la seguridad que hasta entonces le proporcionaban los libros. Esos renglones que son como senos rellenos del leche para el ser humano civilizado. La prueba de que Edipo no es un héroe natural sino cultural pues, de algún modo, los libros son los ojos de la raza humana. Nuestros padres, hermanos y madres. Y la lectura, al fin y al cabo, un incesto que se comete cotidianamente. Shalam

أَدَبُ الْمَرْءِ خَيْرٌ مِنْ ذَهَبِهِ

El amor hace pasar el tiempo; el tiempo hace pasar el amor

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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