Los cuentos maravillosos de la ciudad de Xalapa

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El tiempo no se detiene, y dentro de unas semanas se celebrará de nuevo el Hay Festival en Xalapa. Todavía queda relativamente bastante hasta el 3 de octubre (fecha de inicio) y aún no se ha desvelado la programación pero me parece adecuado dejar hoy este artículo que publiqué en el nª 31 de la revista El coloquio de los perros sobre la anterior edición de este extraordinario evento literario. Ahí va:

¿Aparece una ciudad de las flores en Las 1001 noches?: Hay Festival Xalapa 2012

“Las flores son el espejismo. Porque el oasis es el mismo desierto”.
 Italo Calvino. Las ciudades invisibles

Teniendo en cuenta mi amor por el escritor austriaco, me resulta inevitable plantearme cómo habría realizado Thomas Bernhard la crónica de un festival literario. Probablemente no hubiera aceptado. Y de haberlo hecho, apuesto a que su artículo no se habría publicado ante el grave peligro de escándalo y alboroto social que habría supuesto. Me pregunto también cómo hubiera llevado a cabo Franz Kafka este trabajo. Me lo imagino sigiloso y silencioso observando con sus ojos de felino a sus colegas. Contemplándolos con reverencia, como si se tratara de gigantes y él fuera tan solo un pequeño ratón. Algo que deduzco al leer una de las entradas de sus diarios donde relata su encuentro con uno de los grande maestros de la teosofía, Rudolf Steiner. Kafka se expresa allí con sumo respeto hacia el mítico personaje. A veces con reverencia. Tanta que describe más sus propios temores que aquello que vino a decir el brujo teosófico. ¿Cómo sería su artículo? Lo concibo limpio de adjetivos, leve, frágil, casi flemático y anónimo. No muy largo pero tampoco excesivamente breve. Y supongo que la mayoría de sus contemporáneos no apreciarían al leerlo, que su creador era un auténtico genio. Pensar cómo urdiría este texto, por ejemplo, Enrique Vila-Matas resulta más fácil. Basta leer sus crónicas, pequeños ensayos y artículos sobre ciertos personajes cinematográficos, futbolistas o escritores para visualizar cómo lo plantearía: a través de una escritura tangencial y el uso y (abuso) de la máscara. Las continuas confusiones entre ficción y realidad. De Mario Bellatin me lo espero todo. Tanto que dudo que, en algún momento, se refiriera a alguno de los participantes en el evento. No me resultaría extraño, por ejemplo, que escogiera el cuento El artista del hambre como referente para su -por llamarlo de alguna manera- “performance”. Y que escribiera un relato en el que los escritores fueran comiendo palabras para devorar público. Intentando demostrar que lo que necesitan, en realidad, es eso: lectores. Y, por supuesto, su dinero. De alguna forma, Bellatin plantearía el inmenso absurdo que supone la existencia de estos “acontecimientos”. Y probablemente se refiriera a un grupo de mastines -los escritores- que nunca se encuentran conformes con el aliento que se les da. Ni con el aplauso ni con el silencio. Y que al ser criticados, pueden llegar a comportarse como fieras salvajes.

No voy a ejemplificar cómo haría este trabajo Marcel Proust. En busca del tiempo perdido es, entre otras muchas cosas, un relato inagotable sobre los escritores. Un sagaz retrato de este mundo que se puede entender de muy diversas formas por su destreza en referirnos las emociones y vanidades de estos artistas. Y tampoco me parece necesario mencionar cómo podría realizar esta crónica Julio Cortázar. Todos los que hemos disfrutado con los textos que componen sus maravillosos, inolvidables La vuelta al día en 80 mundos y Último round, lo sabemos. A través de una narración frenética, plena de ritmo, y de continuas sorpresas en la que cada uno de los escritores sería considerado simbólicamente como un instrumento al servicio del festival en su conjunto.

A muchos de los escritores españoles del siglo pasado resulta ciertamente muy difícil concebirlos realizando un encargo de estas características. Pero podemos intentarlo. Imagino, por ejemplo, a Gabriel Miró describiendo minuciosamente algunos de los verdes paisajes de Xalapa, realizando puntillosas observaciones sobre determinados árboles, jardines y parques como el de Los Berros. Describiendo poco a poco la psicología de sus habitantes. Y, finalmente, llevando a cabo un retrato de los más destacados participantes en el encuentro literario. El artículo de Leopoldo “Alas” Clarín, -teniendo en cuenta el referente de La regenta-, lo visualizo de la siguiente forma. Comenzaría en el ático de la Catedral de Xalapa. De allí, nos conduciría por los diversos espacios de la urbe realizando una especie de amplio travelling literario en el que nos informaría de determinados detalles de la ciudad fetiche del movimiento estridentista. Y mientras tanto, iría realizando meditadas reflexiones sobre su idiosincrasia. Probablemente, nos sugeriría que sus más seductores encantos se encuentran ocultos. Y que aquellos de los que hace gala -sus lagos, parques y montes- finalmente no son más meros adornos de su ambiguo espíritu. Lo que resulta extraño. Porque el alma de las poblaciones mexicanas suele ser franca, clara y sincera. Sin excesivos retruécanos ni complicaciones más allá de la arquitectura barroca con la que fueron diseñados muchos de sus templos. Pero se explica si entendemos que Xalapa es, ante todo, un orbe cultural. Una suerte de limbo o frontera artística donde encontraron su refugio, escritores como Juan Vicente Melo, Sergio Galindo y Sergio Pitol. Una ciudad que se encuentra repleta de Universidades y escuelas de las más diversas disciplinas artísticas que la dotan de su carácter intelectual, excéntrico, de tal forma que no resulta descabellado referirse a ella como una especie de Berlín mexicana. Más aún, teniendo en cuenta que la mayoría de sus habitantes posee algún tipo de relación con el arte y la magia. Pues tampoco la ciudad está exenta de la habitual caterva de hechiceros, santeros y adivinos que pueblan muchos de los rincones del país haciendo que parezca, por momentos, un lugar imaginario, irreal. Una especie de oasis telúrico en un desierto de aspereza como el del mundo actual, ideal para que se realicen en sus límites y confines, eventos como el Hay Festival.

Más dudas tengo imaginando la forma en que habría planteado este trabajo Jorge Luis Borges. Es obvio que no hubiera aceptado este encargo pues es bien sabido que, para el bonaerense, a un escritor hemos de conocerlo por sus libros y no tanto por su personalidad, trato o imagen. Pero de haberlo hecho, concibo dos formas diversas de plantear este artículo: refiriéndose a los novelistas, poetas o ensayistas y su participación en el evento con una glosa breve de increíble lucidez. O planteando el texto como un hermoso homenaje a alguno de sus libros favoritos. Por algún motivo, es esta última opción la que me parece más seductora: pensar que cada uno de los días y noches durante los cuales se llevó a cabo el Hay festival de Xalapa forman parte de ese espacio infinito, eterno en el que se desarrollan los mágicos, inolvidables cuentos de Las 1001 noches. Y que los escritores participantes son hilos de la máscara de Scherezade. Es decir; que ninguno de ellos tendrían su nombre ni rostro habituales porque serían cuentos o historias orales. Parte del gran libro de la historia de la literatura universal. Concepción que me parece la más certera de todas las hasta ahora expuestas, visto el contenido de la charla entre Le Clezio y Jean Meyer desarrollada durante la jornada inaugural del festival, durante la que relataron todo tipo de anécdotas: su desembarco en México, sus viajes en caballo y mula a tierra huichole o su amor por un libro, La relación de Michoacán, donde se pueden encontrar gran parte de los temas centrales de la literatura mexicana.

Le Clezio se consideraba un sirviente de la literatura. Y afirmaba, por ejemplo, que la mayoría de sus libros nacieron de relatos que familiares o amigos le contaron en determinados momentos. Por lo que, en el fondo, no era más que un canalizador o un transcriptor, al igual que los escribas persas que decidieron grabar eternamente en unas cuartillas de barro los cuentos de Las 1001 noches. Algo que también le ocurrió a Jean Meyer cuando escribió su clásico La cristiada. Durante la charla, Meyer, además, quiso homenajear a uno de los anónimos hacedores de la historia mexicana, Luis González. Quien consiguió introducir en la memoria colectiva de este país, una localidad olvidada, San José de Gracia, en su esencial Pueblo en vilo gracias a su paciencia y talento a la hora de reconstruir testimonios personales.

Horas más tarde, asistiríamos a una divertida representación de la obra El filósofo declara de Juan Villoro que -a través de un juego de engaños y mascaradas- pone al descubierto gran parte de las trampas del lenguaje escrito y la filosofía. Esta absurda trampa racional en la que Occidente se encuentra atrapado, impidiéndole penetrar en ese tiempo de consciencia plural y múltiple que caracteriza a los cuentos de Las noches árabes -utilizando ahora el nombre con el que se conoce en el mundo anglosajón a la colección de cuentos oriental-.

El jueves 4 de octubre, segundo día del festival, amaneció despejado en Xalapa pero, poco a poco, el cielo se fue nublando. Puede que para ofrecer un marco adecuado a las agudas reflexiones que Alberto Chimal, Fabrizio Mejía y Jorge Fernández realizaron sobre cultura zombi o porque Vila-Matas, alías doctor Pasavento”, se presentaría esa tarde en el festival, ofreciendo de nuevo buenas muestras de su ingenio y su admiración y respeto por Sergio Pitol, quien lo observaba entusiasmado en las primeras filas. En la charla de Chimal y sus compañeros, se interpretó el mundo actual en clave zombi. Para ellos, los ciudadanos hemos acabo transformándonos en “muertos vivientes”, debido en parte a la manipulación masiva y las sobredosis de horas delante de la computadora que, en la actualidad, pasamos. Y por contra, la presentación de Vila-Matas estuvo llena de chispeantes momentos y datos relevantes. De tal forma que pudimos conocer uno de los libros que leía en aquellos momentos –La soledad del lector de David Markson-, su aversión por la obra La hora del lector de Josep María Castellet y otra de esas anécdotas, marca de la casa, como que, tras declarar públicamente su fascinación por el preciso estilo con el que estaban urdidos los horóscopos de un famoso diario catalán, el muchacho que los redactaba, se había animado introducirse en el mundo de la literatura. De todas formas, no sería apropiado olvidarnos de otros dos escritores que compartieron mesa con él. En primer lugar, un sobrio y contenido Roberto Ampuero que nos dio ganas a todos de volver a escribir a mano tras describirnos sus última experiencias en este sentido. Y, en segundo lugar, una divertida escritora llamada Lila Azam que presentaba su libro acerca de Vladimir Nabokov, El encantador.

Horas más tarde, pudimos asistir a la presentación del musical Bola negra. Una experiencia cinematográfica realizada conjuntamente por Mario Bellatin y Marcela Rodríguez sobre los asesinatos de Ciudad Juárez. Un retrato abstracto del horror en el que se describe la ciudad norteña como un paisaje fantasma, asolado por los gritos y alaridos de un coro de jóvenes que entonan una melodía dodecafónica y espectral entre jirones del relato sobre el profeta Magetsu compuesto por el cyborg mexicano. Quien ofreció un texto muy detallado sobre el proyecto que, por su rotundo título, no me resisto a citar: Aquí se ofrece veneno para matar, de una vez y por todas, garrapatas molestas. Y, aparentemente, -solo aparentemente-, se mostró más contenido que de costumbre. Tal vez porque el tránsito por la ciudad de las maquiladoras lo había vuelto, en algún sentido, más humano o la obra que presentaba le obligaba, de alguna forma, a adoptar (o más bien representar) un personaje más empático con el dolor y circunstancias ajenas.

El viernes, a primera hora de la mañana, la iraní Lila Azam pudo extenderse más sobre su maravilloso libro dedicado al escritor de Ada o el Ardor. Y nos contó varias de las pruebas que tuvo que sortear para publicar el libro, como leerlo línea a línea al hijo de Nabokov a medida que éste le hacía todo tipo de sugerencias y críticas. A su lado, le escuchaba en silencio un meditativo Marcos Giralt que apenas reveló detalles sobre su catártico relato, Tiempo de vida, dedicado a la memoria de su padre, el pintor Juan Giralt. Y, más tarde, tuvimos la posibilidad de deleitarnos con las reflexiones poéticas de Tedi López Mills mientras Vila-Matas contestaba a las preguntas que sobre Aire de Dylan le hacía Valeria Luiselli. Escritora que, a la tarde, protagonizaría una interesante mesa redonda junto a Yuri Herrera y Tryno Maldonado, centrada en sus respectivos problemas para publicar sus primeros libros o ciertos conceptos como el de “generación” o “canon” que necesitan una nueva revisión, como demuestra, en este último caso, la cada vez mayor relevancia de escritores como Francio Tario o Mario Levrero. Luego, Juan Herbert, Guadalupe Nettel, (quien pronunció una de las frases, en mi opinión, del festival “la única gente que llamamos normal es la que no conocemos bien”), y Marcos Giralt -en esta ocasión, más extrovertido- diseccionaron sus últimos libros en los que se enfrentan a sus más temidos fantasmas biográficos y amplían aun más los límites ya de por sí difusos entre memoria y ficción. Y como colofón de una nutrida jornada, escuchamos las lúcidas advertencias de Frédéric Martel sobre la cultura de masas. Las estrategias que los poderes político y económico utilizan para someternos a su control en el, cada vez más estereotipado, mundo globalizado.

El sábado por la mañana, Alan Pauls realizó una incisiva crítica del peronismo y los recurrentes problemas sociales argentinos y se entusiasmó -una vez finalizada su trilogía sobre la década de los setenta en su país- al hablar sobre su próximo proyecto: una biografía del heterodoxo cineasta chileno, Raúl Ruiz. Alvaro Enrigue agradeció al sistema de becas de creación de México porque, gracias a haber sido el ganador de una, pudo concentrarse ampliamente en urdir sus ficciones. Y Alberto Manguel ofreció una, por así decirlo, lección ejemplar en la que exaltó los grandes beneficios de la lectura, haciendo un recorrido extenso por determinados momentos, personajes y autores de la cultura occidental -Salman Rushdie, Paul Valéry, Quevedo o Stevenson- que terminó a orillas de un río griego, revisando los textos de Platón. Por la tarde, el nobel nigeriano Wole Soyinka realizó un bello alegato a favor de la libertad de expresión que cobró dimensiones gigantescas cuando narró sus experiencias en la cárcel y cómo se las arregló para mantenerse sano y escribir en tan asfixiante espacio; el colombiano Óscar Guardiola -ante la atenta mirada de John Lee Anderson- hizo de su participación un espectáculo repleto de momentos y reflexiones memorables como su comparación entre el dinero y la enfermedad -un auténtico cáncer social- o su proclama por un gobierno latino del mundo que podría ser de mucha utilidad para paralizar las guerras o la escalada armamentística; y, finalmente, Evelio Rosero -acompañado por Fabrizio Mejía- explicó gran parte de las fuentes de las que surgen sus novelas -como su excelente Los ejércitos o su desacralizadora última novela sobre Bolívar- y habló sobre muchas de las difíciles circunstancias -dormía en las playas de Barcelona por falta de dinero cuando recibió una llamada de Jorge Herralde anunciándole su interés en publicar su obra en Anagrama- que tuvo que atravesar, para ser escritor y componer obras de tan hermoso, bello calado como Juliana los mira.

Tras la intensa fiesta que organizó la editorial Sexto Piso el sabado noche, durante la que se pudo ver a Susana Baca relajándose tras el concierto dado escasos minutos antes, o a un Mario Bellatin exaltado, desatado y frenético, interpretando uno de sus papeles favoritos -escritor perverso y pervertido- junto a otro nutrido grupo de escritores -Alan Pauls y la bella poeta hindú Toshani Doshi entre ellos- dispuestos a agotar al límite las posibilidades nocturnas, fue difícil despertarse el domingo. Día en el que John Lee Anderson quiso homenajear a sus colegas periodistas veracruzanos muertos e incidió en la necesidad de terminar de una vez con el estado totalitario mexicano; y Santiago Gamboa continuó insistiendo en la necesidad de cartografiar aun más los límites que separan la memoria de la ficcción, momentos antes que los ritmos latinos de Café Tacuba cerraran el festival. El vocalista de la banda lo expresó ya en el segundo tema del concierto: “nuestra misión es relajaros, haceros sudar y quitaros el estrés de estos días”. Y a esto se dedicaron entre gritos de un público entregado que los adora y siente de su propiedad. Tal y como Rafael Casinos Ansens y Borges consideraban Las 1001 noches. Un texto tan inagotable e infinito como este festival -del que apenas he podido narrar unos pocos relatos- que ojalá que continué creciendo con el tiempo. Porque lo merece y México -y me atrevería a decir que el mundo- lo necesita. Pues cuanto más se escuchen las voces de los escritores altas y claras y sin temor a censuras, más cerca estaremos de detener los disparos de los fusiles y metralletas que amenazan, como el sultán a Scherezade, con terminar con la sosegada, pacífica vida de una gran parte de una sociedad en riesgo de muerte debido a la actuación de sus políticos (el “ego” del sultán), el narcotráfico, los economistas (“las consecuencias del mal uso del poder”) o vaya usted a saber qué plaga -parafraseando al escritor de El libro uruguayo de los muertos– de garrapatas. Shalam

الاِنْسان عدو ما يجْهل

 La adulación es como la sombra. No nos hace más grandes ni pequeños

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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