Los escupitajos

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Leer a Elfriede Jelinek es como intentar caminar sobre la red urdida por una gigantesca araña. Entre fosas de babas y fragmentos pegajosos que son el preludio de una carnicería. El anticipo de la devoración. Hablaré claramente: Jelinek escribe como si estuviera menstruando. Como si sus ovarios estuvieran siendo sometidos a una tortura insoportable de la que sólo pudiera escapar o bien sangrando o bien transfiriendo su sufrimiento a los personajes de los que se ocupa.

No sé si se ha catalogado a Jelinek de feminista ni me importa. Porque en ella veo a una mujer hastiada. Una mujer en la que, como ocurre con Marguerite Duras, la sensación que predomina no es tanto el dolor sino el daño. Razón por la que me provoca la impresión de que todo lo que escribe, lo escribe con dificultad. Sin importar cuánto fluyan sus historias. Pues pareciera que mientras teclea, alguien se encuentra clavando una aguja en su trasero o pezones y que, como consecuencia de este punzamiento infinito, intentara atacar al lector. Clavarle el aguijón de la hiel y la desesperanza como una avispa violenta. Y también violentada.

En realidad, Jelinek, sí, escribe como una mujer violada. Sin alma ni esperanza. Y es lógico que sus lectores salgan violados de sus textos. Con heridas abiertas que la continua y reiterada lectura de sus libros no atenúa sino que se encarga de ensanchar con el uso de alcohol y unas cuantas navajas bien afiladas. Tijeras para cortarse las uñas y cuchillas con las que afeitarse el coño.

Jelinek es un cruce entre el post-punk, Thomas Bernhard y la literatura expresionista. El delirio de los estados burgueses. El último estertor antes del declive absoluto. El punto y coma que le restaba a la literatura centroeuropea para comenzar a dejar de tener sentido. Perderse para siempre entre las sombras de la violencia burguesa y neonazi.

A Jelinek, sí, no se la lee. Se la teme o se la tortura. Se permite que nos someta o la leemos para someterla. Pero nunca se la lee. Al menos con calma. Ya que su escritura está llena de escupitajos punkies estampados en el rostro de la filarmónica literaria austriaca. Es un combate cuerpo a cuerpo entre ella y sus lectores en mitad de una cámara sadomasoquista en la que ambos intercambian constantemente los papeles de sádico y sumiso ante la mirada feroz de un psicoanalista que acabará la sesión “cultural” descuartizado. Con sus manos y brazos llenos de sarpullidos por los mordiscos de la escritora y el neurótico desquicie de sus lectores.

AUSTRIA. Vienna. Austrian writer Elfriede JELINEK. 1991.

No obstante, para mí hay pocas escrituras menos sexuales que la de Jelinek. Borges, por ejemplo, tenía lleno de espermatozoides el cerebro y ausentes de semen los testículos. Y eso se percibía perfectamente en sus platónicos textos repletos de mónadas. Esa curiosa mezcla de lenguaje ensayístico y científico pasado por el filtro del racionalismo spinoziano y la metafísica porteña. Sin embargo, y a pesar de que el sexo es esencial en las novelas de Jelinek, las mismas no me provocan excitación. Y realmente creo que casi que imposibilitan (o niegan) incluso la masturbación. Probablemente porque se encuentran repletas de frases que son llagas provocadas por prohibiciones y severas reglas. Siendo consecuentemente cada escena sexual tanto una manifestación del asco producido por la intolerancia como de los deseos frustrados acumulados desde la temprana infancia. Violencia y prostitución gratuitas.

En realidad, casi que me atrevería a decir que para Jelinek, hay un solo acto que convoque al éxtasis y al orgasmo: el asesinato. O el despiece odioso de cada uno de los cimientos de la sociedad burguesa, “culta” y profundamente conversadora en la que se crió. Pero esto no significa que “eros” y “thanatos” caminen de la mano en sus libros. Significa más bien que, debido a que son el asco y la repugnancia los motores sexuales que hacen que la líbido se mueva, estalle y se pegue golpetazos contra la pared continuamente en sus novelas, únicamente el éxito en la materialización del nihilismo (en forma de asesinato familiar o desafío libidinoso conyugal) puede causar cierta alegría. Convocar cierta excitación o extraer alguna sonrisa a personajes que más que sometidos, se encuentran maniatados por una educación que los transforma en marionetas sumisas, obsesivos sádicos o terroristas sin un fin concreto u objetivo mayor que la absoluta, total destrucción de sí mismos y del marco social que los rodea, los penetra, los castra (simbólicamente) y los somete y exprime.

maxresdefaultHay algo en la escritura de Jelinek que me recuerda a Bataille. Tal vez el que para ella lo erótico consista no tanto en mostrar el cuerpo sino en taparlo. Oscurecerlo. Y que, consecuentemente, según su visión, lo contrario del erotismo sean tanto la pornografía como el amor o el sexo cotidiano e incluso un cuerpo desnudo. Razones por las que pienso que los libros de Jelinek nos impulsan a la castidad. Son un elogio del estoicismo sexual. De las áridas costumbres espartanas. Pues básicamente entiendo que la mayor fantasía de la escritora austriaca sería encerrar en una iglesia a todas las personas que considerara atractivas, vestirlos con los atuendos de curas, monjas y de sus familiares, y observarlos morir en un feroz incendio mientras alguien la penetra o ella misma penetra a (un otro) que no importa que sea mujer u hombre. Tal vez porque para Jelinek (como para Bernhard) el placer procede no tanto del ocaso sino de la exterminación. O más bien, de intentar transformar el mundo en un arenal infinito. Un desierto de orgasmos donde poder disfrutar, comprender y conocer qué es el sexo sin necesidad de besar o acariciar un cuerpo. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

A los que chillan como puercos, se los ha de escuchar como carniceros.

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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