Los paraísos

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La relación de los escritores con las bibliotecas tiene forzosamente que ser especial. En El escritor y su paraíso, Ángel Esteban nos refiere las vidas de varios que, a su vez, fueron bibliotecarios: Leandro Fernández Moratín, Charles Perrault, Martín Luis Guzmán, Robert Burton, Giacomo Casanova, Aleksandr Solzhenitsyn, Stephen King y muchos otros más. Entre todos ellos, desde luego, el más punk fue Marcel Proust. Gracias a sus amistades e influencias, cobró durante años su sueldo sin necesidad de presentarse en su puesto de trabajo. Para Jorge Luis Borges, la experiencia fue más bien sadomasoquista. Ya ciego, experimentó como un castigo del destino su cargo en la Biblioteca Nacional que no le permitía disfrutar de los miles de volúmenes que tenía a su disposición. Sin embargo, para August Strindberg fue reveladora. Se introdujo en el ocultismo y la alquimia y escribió gran parte de su Inferno durante su larga estancia en la Biblioteca Real de Suecia, rodeado de anaqueles donde se encontraba el temible Codex Gigas, también conocido como la Biblia del Diablo. Y para Georges Perec, no hay dudas de que fue un reto similar a urdir sus novelas. Pues durante sus años en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia inventó un nuevo método de catalogar libros con la misma actitud con la que intentaba innovar en cada uno de sus artefactos literarios. En fin, con sus luces y sus sombras, muchos de esos insignes nombres, como es el caso de Benito Arias Montano, Paul Groussac, Goethe, Marcelino Menéndez Pelayo, Bartolomé José Gallardo, Jacob y Wilhelm Grimm o Eugenio d’Ors construyeron imperios. Levantaron proyectos perdurables, reunieron valiosísimas colecciones, procuraron incentivar el gusto por la lectura, el acceso libre a los catálogos y promovieron reformas que convirtieron bibliotecas en obras de arte universales. Aunque para otros, como es el caso de Holderlin, su trabajo como bibliotecario en un suntuoso palacio barroco, supuso la última vía a su confinamiento en una torre hasta el final de sus días.

El episodio de Hölderlin es, sin dudas, novelesco. Transformado en un Quijote romántico, tal vez las últimas gotas de cordura que aún conservaba, se le fueron contemplando galerías llenas de libros que parecían reírse de sus tremendos esfuerzos por ser leído. Convertirse en un poeta inmortal. No es difícil realmente para un escritor enloquecer en una biblioteca o al menos, sentirse incómodo. Los hay que dedican horas y horas a su trabajo durante años y años y al acceder a una y contemplar sus miles de volúmenes silenciosos en sus anaqueles, sienten que sus esfuerzos han sido en vano. Se sienten empequeñecidos e impotentes ante tal ingente de cantidad de volúmenes. La mayoría de los cuales no será ya leído nunca por nadie. En realidad, no hay mayor tortura para un escritor que penetrar en una biblioteca. Al menos para uno ambicioso o inconsciente. Una biblioteca es una enorme máquina relativista. Una infalible destructora de egos. Un tanque intelectual. Los infernales silencios de las bibliotecas han sido excelentemente descritos por Borges. Para muchos escritores, su biblioteca familiar puede ser el paraíso. Su baño diario en aguas de oro. Pero una Biblioteca Nacional puede convertirse en su envés. El infierno. La constatación del olvido en que arderán por siglos. Habría que bautizar de alguna manera a este síndrome no tan diferente de aquel que lleva el nombre del escritor de La cartuja de Parma. Aunque más interesante y divertido me parece hoy imaginar cómo hubieran actuado muchos grandes escritores de encontrarse en la misma situación que Juan Carlos Onetti, Ricardo Palma, Gloria Fuertes, Rubén Darío o Robert Musil.

No sé si Franz Kafka por ejemplo, hubiera sobrevivido a su experiencia como bibliotecario. Supongo que tendría innumerables pesadillas diarias en las que sería aplastado por gigantescos volúmenes bajo los que su insignificancia personal se acrecentaría. Y, desde luego, puedo concebirlo silencioso y angustiado, rellenando fichas, caminando por las galerías y depositando libros en su lugar. Siendo diligente con los usuarios, obediente con los jefes y sufriendo muy intensamente cualquier tiempo muerto pues su estricta ética le prohibiría escribir cualquiera de los fragmentos de sus novelas durante las horas de trabajo. Al contrario, estoy convencido de que Miguel de Cervantes hubiera conversado con los usuarios de la biblioteca muy ufanamente pero, celoso de su intimidad y trabajo, hubiera sabido encontrar un lugar para escribir a escondidas su obra magna. Por otra parte, no tengo dudas de que Lope de Vega hubiera sido despedido a las pocas semanas de jurar su puesto tras ser encontrado besando sin remordimiento alguno a una joven señorita a altas horas de la madrugada junto a un incunable de altísimo valor. De que Federico García Lorca se hubiera preocupado por construir jardines interiores y exteriores y por incrementar los talleres de lectura para todos los públicos. Y de que Camilo José Cela hubiera sido un director por lo menos peculiar. Lo mismo hubiera colocado un retrato suyo en todos los salones que mandado cerrar por un motivo inesperado u ordenado esconder algún libro de uno de sus competidores. A William Gaddis puedo imaginarlo muy preocupado por la estética de las galerías. Obsesionado con modernizar las bibliotecas y convertirlas en castillos de literatura contemporánea entre las que se desplazaría no tanto atento a los libros sino a los susurros de los lectores y usuarios. Las conversaciones de fondo que sonarían como ecos en su cabeza antes de ser reflejadas en sus novelas. Y a Jacques Abeille puedo vislumbrarlo mandando colocar estatuas a lo largo de todos los pasillos y corredores y estableciendo reglas estrictas para lograr un silencio sepulcral, inmortal durante las horas abiertas al público. Pero también puedo visualizarlo descendiendo a altas horas de la noche, escuchando una opalescente sinfonía clásica.

Obviamente, también hay muchos escritores que ni en mis mejores sueños puedo imaginar en una biblioteca. No concibo por ejemplo a William Faulkner colocando libros en los anaqueles entre trago y trago a la botella de whisky. Estoy seguro de que Ernest Hemigway hubiera caminado entre sus galerías desnudo y más de una vez se hubiera meado adrede en el suelo. Y creo que el Marqués de Sade las hubiera utilizado para convocar orgías sadomasoquistas protagonizadas por insignes miembros de la noblezas. Sin embargo, pienso que Marguerite Duras hubiera sido una bibliotecaria perfecta. Silenciosa y misteriosa, hubiera manejado la Institución con la suavidad con que acariciaba sus gatos. Y por el contrario, Emily Bronte hubiera dado rienda suelta a todas sus fantasías en cualquiera de esas enormes y laberínticas bibliotecas inglesas. De hecho, no me extrañaría en absoluto que vislumbrara fantasmas durante los cientos de noches en los que, por voluntad propia, hubiera decidido quedarse a dormir entre decenas de angostadas galerías dignas de protagonizar cualquiera de sus novelas góticas.

Al fin y al cabo, las bibliotecas son, ante todo, locura. Se encuentran llenas de ecos imposibles y voces de muertos. Son un mar helado. Un delirio. El testimonio de cientos de catástrofes. Un barco a la deriva en medio de una tormenta. Una nave flotando en el espacio, destinada antes o después a desparecer tragada por un agujero negro pero obstinada en perdurar. Son, en definitiva, más un sueño evanescente o una alucinación fantástica que la realidad. Shalam

 

إِنَّ كِذْبَةَ الْمِنْبَرِ بِلِقَاءٍ مَشْهُورَةٌ 

Se dan buenos consejos cuando la edad impide dar malos ejemplos

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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