Mal

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Hace tres días leí Mal. No le dediqué más de una hora. Pero lo terminé emocionado. Tocado en una parte sensible e íntima. Deseando comenzarlo de nuevo. Como hice ayer y hoy y tal vez mañana.

¿Qué es Mal? Me cuesta horrores definirlo. No creo que sea posible explicarlo e intentaré no hacerlo y además, no quiero hacerlo, no sé hacerlo. Porque Mal no es probablemente una colección de poemas. Ni tan siquiera un libro. El papel, las palabras, las comas, la acentuación, los puntos. Es la pura entraña de un ser humano. Un pedazo de su carne. Honestidad. Sangre fluyendo en libertad. Hígado. Una muestra de que el lenguaje es alquimia o no es. De que es magia o no es. Y de que los escritores o son hechiceros o no son y son auténticos o no son. De que escribir no es unir letras. Tampoco estudiar o haber leído a los más grandes. Es vivir. Decir la verdad. Ofrecer tu alma de la forma y manera más amorosa y en ocasiones, descarnada posible. Sin escondites. Con sinceridad.

Mal es un puñal en el centro del corazón capitalista forjado con amor. Ahí donde más le duele al poder. Con optimismo, rabia y amor. Sobre todo, amor. Es la muestra de que un escritor no ha de esconder sus contradicciones, arrebatos de cólera, depresiones, repetidas neurosis y sinsabores. No ha de ocultar las derrotas sino transformarlas en victorias. Porque tanto los llantos como las parálisis son vida. Y vivir supone aceptar el mal. Sorberlo. Digerirlo. Masticarlo. Entender que pase lo que pase y hagamos lo que hagamos, siempre estará allí. Y sólo comprendiendo, y asimilando esta verdad, podremos crecer como seres humanos. Tendrá sentido escribir. Llamarse pintor o escritor y músico. Y habrá merecido la pena estar vivo. Habremos evitado caer en el pelotón de los cobardes, los sumisos, viciosos o estúpidos. El espacio de los funcionarios. Esa masa gris y monstruosa sin imaginación que sólo aspira a la seguridad. Seremos seres humanos con permiso para soñar e imaginar, como ocurre en este caso con el creador de este bálsamo poético que acaba siempre reflejando con exactitud, sin piedad pero a la vez con ternura, su corazón. Lo que siente y padece un hombre al enfrentarse y contemplar el mal frente a frente. Pero también las muchas formas que hay de reírse de él y atravesarlo. Desquiciarlo como él nos desquicia a nosotros.

Mal no es una colección de poemas. Insisto. Es un trozo del riñón de José Daniel Espejo como Mortal y Rosa era un pedazo de los pulmones y la laringe de Francisco Umbral. No es el libro de un poeta ni de un prometedor escritor. Es el libro de una persona lúcida que hace arte de sus temores y encuentra luces donde otros no más que ven lamentos y dolor. Alguien que muestra al descubierto sus errores y afronta como le es posible la muerte de quien fue su mujer.

¿Es importante aún la lucha de los hombres? Esta pregunta que podría haber sido formulada por los dioses griegos o uno de esos lacayos neoliberales que disfrutan viendo al común de los mortales revolcándose en la mierda, tiene una respuesta muy precisa en Mal: sí. De hecho, no sólo merece la pena. Es nuestra única opción. El único camino para ser.

En fin. ¿Puedo añadir algo más o más bien, debo hacerlo? Creo, siendo sinceros, que no. Porque Mal es una frontera en el reino de la desgracia. Un alto en el camino. La lucha de un hombre cercado. La vigilia de un exiliado que aún no ha perdido la risa ni el buen humor. De un creyente. Y también un libro de hombres. Un libro cervantino y humano. Un libro que utiliza la poesía para decir que debemos mantenernos en pie. Que somos eternos porque somos reales. O quien sabe qué. Porque Mal es un libro imaginario. Una bomba contra la ingeniería social que hace estallar las lacras -sí la del feminismo y el machismo y el sexismo también- de los ismos a su paso. Una prueba de que cuando se unen honestidad y talento, la poesía es un regalo. Un don capaz de acabar con el más grande de los dolores, la más feroz de las pérdidas. Una flecha que sin matar a nadie no se detiene hasta que se derogan las injusticias y los niños, como siempre debió ser, vuelven a reinar en este mundo (y el otro).  Los cielos y la tierra. Shalam

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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