Marienbad

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Leyendo Marienbad eléctrico me doy cuenta de que la escritura de Enrique Vila-Matas sólo ha tenido un objetivo y una temática desde sus orígenes: explorar por todos los medios posibles qué es la literatura. Pregunta que, por otro lado, nunca llega a responder. Seguramente porque lo que le interesa realmente es indagar en ella. En ocasiones, se interroga sobre el arte, en algunas, acerca de lo que es no escribir y dependiendo de su estado de ánimo o filias temporales, surgen un sin fin de cuestiones más: qué es escribir como un escritor francés, qué es escribir en Irlanda y hasta qué es escribir sin tener nada que decir ni ganas de hacerlo. Básicamente, porque entiendo que sabe que es imposible formular una respuesta cabal tanto a la pregunta madre como al resto que se derivan de ella. Y es así como estructura sus libros. Allí y aquí. Como una digresión continua fundamentada sobre una ficción. O una ilusión: la posibilidad de apresar la literatura (como si fuera un animal) en su texto. Por lo que cada una de las citas de otros escritores que aparecen en sus novelas aludiendo, mencionando e interrogando a la literatura como si fuera un fantasma o una inquietante “presencia” viva, no son tanto puertos, tomas de tierra, sino disparaderos, puntos de fuga que permiten que la narración continúe desplazándose. Avanzando sin un rumbo fijo. Que es lo que tal vez es la literatura para el escritor catalán: un paso tembloroso. Un abismo. Avanzar hacia todos los destinos posibles -arriba, abajo, derecha, izquierda- sin necesidad de mover los pies. Acaso desde esa habitación única, espacio cerrado a la que se refiere en Marienbad eléctrico: “El   lugar donde   Hölderlin   alcanzó   la   locura, donde Juan Carlos Onetti meditó sobre el mundo y decidió que era mejor no salir más de la cama, y donde Emily Dickinson se recluyó con sus mil setecientos poemas, pero a la vez  el   sitio   donde   Vermeer conoció  la   experiencia   de   la  plenitud   y   de   la independencia del momento presente”.

21EnriqueVilaMatasBoySi tuviera que definir la literatura de Vila-Matas lo haría así: imaginando una página llena de espacios vacíos y líneas que se desplazan horizontal, vertical, diagonalmente, formando figuras geométricas familiares y desconocidas. Un galimatías inconexo que nos lleva a preguntarnos qué estamos leyendo. A consultar nuevos libros que nos aclaran algunas frases del texto inicial que no obstante, continúa modificándose, moviéndose y presentando nuevas formas, sentidos y significados. Allí y aquí. Como una esfera rodando por el mundo en crisis de la cultura. O los ávidos ojos de un lector que disfruta más de las pausas que del viaje, de los libros desplazados que de los centrales, y de las anécdotas que de los argumentos. Razón por la que pienso que sus textos no han sido escritos para ser leídos sino para ser releídos. Y si no se los relee, no se los puede leer. Conocer. No es posible decir que se los ha leído. Allí y aquí. Como tampoco es posible dotarles de un significado que no poseen. Se niegan a decir. Allí y aquí. Ante todo, porque su único objetivo es mostrar cómo la literatura desaparece y se manifiesta constantemente. Se ilumina y oscurece, enciende y apaga en medio de de los pasillos de un extraño castillo cuya biblioteca se encuentra vacía. Y en cuyos jardines se encuentran hombres solitarios vagando en torno a los destellos de una luz -la escritura difuminándose- que les trae recuerdos, memorias de otras vidas. Otros lugares a los que no podrán ya ir. Remembranzas de paisajes, amantes y atardaceres descritos con saña y dolor por Claudio Magris, Georges Pérec o Marguerite Duras en algunos de sus libros entre extensos pasajes sobre el paso del tiempo, la amistad y el ocaso. La certeza del final. Ese fin que para Vila-Matas no es nunca un destino trágico sino el comienzo de toda aventura. Básicamente, porque tanto la vida como la literatura son para él un pasatiempo. No se las toma demasiado en serio. Y es así que consigue darles su verdadero realce. Trascender.

Creo que Vila-Matas no se pone nunca por encima ni por debajo de su lector. Pero tampoco es su cómplice. Más bien, trata de ser su amigo a distancia. Allí. Compartir cosas, asombros, destellos, lecturas, desde su rincón. Y aquí. Como si estuviera enviando cartas. O resolviendo crucigramas en los descansos de una batalla en el frente. Y desde luego que no es un apocalíptico. No le interesa cuál fue el primer libro. O el último. Ni tampoco las bibliotecas bien ordenadas. Le fascina más bien ver a los libros caerse. Moverse. Observarlos desaparecer. Pero no destruirse. Allí. Desparramados por habitaciones vacías, volviéndose invisibles. Y aquí. Asistir en primera fila al momento en que comienzan a salir de su lugar fijado durante años.  Convertirse en silencios. Rayos de luz. Caóticos márgenes que destrozan la literatura y la vuelven a recomponer como si fuera de plástico. O como si fuera esa solitaria habitación sin paredes ni techo ni suelo que conduce al personaje principal (que seguramente no sea sino una encarnación de la literatura) de Marienbad eléctrico a pensar “en un museo de una sola pintura que nos invita a imaginar otras pinturas posibles. Sí, pero sobre todo nos conduce a entrar de verdad en una obra”.

Ignoro por otro lado, cuál sea esa obra a la que se refiere. Si es una obra cualquiera o acaso aquel libro en el que estaría contenida toda la literatura escrita y por escribir que soñaron radiografiar los surrealistas. También desconozco si es posible concebir una obra en soledad. Alejada. En Marienbad eléctrico, Vila-Matas habla de una instalación de lugares intercomunicados aunque aparentemente aislados. Una bonita forma de definir la literatura. Allí. Como un espacio abierto, claro. Y aquí. Pero también, en cierto sentido, cerrado. Una mujer que nunca termina de darse. Acaso el oscuro objeto de deseo de Buñuel. Un imposible. Algo, un puñado de tierra, un trozo de papel que se encuentra allí y aquí pero no está ni allí ni aquí cuando vamos allí y aquí. Haciéndonos dudar de todo. Allí y aquí. Sobre todo, del arte. Que probablemente no exista. Al igual que la leve anécdota que sostiene la película de Alain Resnais, El último verano en Mariebad. O todas aquellas historias de las que Vila-Matas ha hablado en sus novelas: la prueba fehaciente de que la literatura es verdad porque todo lo que cuenta no es real. Y de que se mantiene viva por los escritores sin motivo ni sentido que saben que ya está todo dicho. No queda nada que contar. Y no merece tan siquiera la pena intentarlo. Pues dejar ir, abandonar, es la única manera de tenerlo todo. Allí y aquí. Y al fin y al cabo, la literatura es un fantasma. Unas sábanas que se deshacen en cuanto creemos que al fin podremos tocarlas con nuestras manos. Sobre las cuales por tanto no importa lo que digamos. Acaso únicamente -y esto sólo un poco- cómo lo hagamos. Allí y aquí. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

     Raramente hay una única ola

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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