Moleskine

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Existen pocos escritores con mayor aroma a leyenda que Bruce Chatwin. Sus libros de viajes y novelas son una gozada. Son maduros pero tan excitantes y llenos de vida que estoy seguro que deben fascinar a los adolescentes que los descubran. Es difícil encontrar alguien tan enigmático, apasionado, preciso, culto y rebelde como el escritor de Utz. Alguien que transmita con tanta intensidad, erudición y naturalidad sus experiencias y combine antropología, historia y literatura con tanta soltura. A pesar de que soy consciente de que sus textos se encuentran muy trabajados, lo cierto es que Chatwin no daba la impresión de esforzarse al escribir. Parecía fluir, dialogar, encontrarse en proceso de ebullición y que en vez de estar trabajando con palabras, estuviera intentando encender fuego con unos palillos de madera.

Sus libros eran safaris. Viajes en moto por el desierto. Exploraciones. Reportajes de National Geographic convertidos por arte de magia en novelas de Conrad. Parecían haber sido escritos en cabañas, cuevas o islas mientras Bruce saboreaba el jugo de un coco y miraba de costado a unos monos. Se encontraban imbuidos de un espíritu aventurero que transformaba la erudición en emocionante enigma. Antropología salvaje. Además, estaban narrados con tanta naturalidad que a veces pienso que me encuentro leyendo las hazañas de un folkie que cuenta tremendas anécdotas de su vida con una guitarra en un bar. Algo que no es de extrañar porque, de alguna forma, el escritor inglés era prácticamente una mutación de un escritor beat. Un cruce entre Heródoto y Jack London que se entretenía casi más contando unas cuantas historias a colegas y desconocidos mientras saboreaba un ron que llevándolas al papel. Pura emoción y rock and roll. Perfume de selva y desierto. De mundo nuevo y antiguo. De dinosaurio y tribu.

Entre los libros que más amo de Chatwin se encuentra -¿cómo no?- Los trazos de la canción. Una crónica de su viaje por Australia en los años 80 en busca de una quimera imposible -descubrir el origen del nomadismo- y la primera canción entonada por los aborígenes australes. El texto es un clásico y no descubro nada al afirmar que es imprescindible. Hace unos días, me sumergí durante varias horas en sus páginas y disfruté mucho. Chatwin era socarrón y preciso. Elegante y visceral. Era El Viajero. Y el libro lo deja claro.

En cualquier caso, no es mi intención hablar hoy de las entrañas de este alquímico relato sino transcribir tres de las citas que para llevar a cabo su empresa fue anotando Chatwin en varios de sus cuadernos Moleskine y dejó transcritos en su libro a la manera de un diario de trabajo.

¡Que hablen por sí mismas!  Ahí las dejo:

1) Travel, o sea «viaje», en inglés es una palabra idéntica a travail: «labor física o mental», «trabajo», sobre todo de naturaleza dolorosa y opresiva, «esfuerzo», «penuria», «sufrimiento». Un «viaje».

2) El doctor Bowlby indagó más a fondo las causas de la ansiedad y la cólera de los más pequeños, y llegó a la conclusión de que el complejo vínculo instintivo entre la madre y su hijo —los gritos de alarma del crío (muy distintos de los gemidos de frío o hambre o enfermedad); la «extraña» aptitud de la madre para oír esos gritos; el miedo del niño a la oscuridad y a los desconocidos; su terror ante los objetos que se aproximan rápidamente; su invención de monstruos de pesadilla donde ninguno de éstos existe; en síntesis, todas esas «fobias desconcertantes» que Freud intentó descifrar sin lograrlo— podría explicarse, en verdad, por la presencia constante de depredadores en la morada primigenia del hombre. Bowlby cita una frase de los Principies of Psychology de WilliamJames: «La mayor causa de terror en la infancia es la soledad». El niño solitario, que patalea y chilla en su cuna, no exhibe necesariamente, por lo tanto, los primeros signos del deseo de Muerte, o del Ansia de Poder, o de un «impulso agresivo» encaminado a romperle los dientes a su hermano. Es posible que éstos se desarrollen o no se desarrollen más tarde. No. El niño grita —si se traspone la cuna a los matorrales espinosos africanos— porque, a menos que su madre acuda en el próximo par de minutos, lo devorará una hiena.

Todo niño parece tener una imagen mental innata de la «cosa» que puede atacarlo: tanto es así que cualquier «cosa» amenazante, aunque no sea la «cosa» auténtica, desencadenará una secuencia previsible de comportamientos defensivos. Los chillidos y pataleos son la primera línea de defensa. Entonces la madre deberá estar preparada para luchar por el niño, y el padre para luchar por ambos. El peligro se duplica por la noche, porque el hombre carece de visión nocturna y los grandes felinos cazan por la noche.

3) En el People’s Park me interpeló un hippie prematuramente envejecido.
—¡Basta de matar! —exclamó—. ¡Basta de matar!
—¿Por casualidad —pregunté—, no se te ocurriría decirle a un tigre que se convierta en rumiante herbívoro?
Me puse en pie, listo para echar a correr.
—¡Mierda! —gritó.
—¡Piensa en Hitler! —le grité a mi vez—. ¡Piensa en Rudolf Hess!
Siempre hurgaban recíprocamente en sus cestas de picnic llenas de comida vegetariana.

Me informan de que en Cuaresma se cometen más asesinatos que en cualquier otra época del año. Un hombre sujeto a una dieta de habas (porque éste es el principal alimento de los griegos durante sus ayunos) tendrá el humor ideal para adornar el altar de su Santo y para clavarle un cuchillo a su vecino más próximo. Shalam

“بولدسكاي”، فإن هذه الأنواع من مضادات

Hasta los dioses luchan en vano contra la estupidez

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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