Molicie

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De todos es sabido que leer y escribir son actividades interrelacionadas. Utilizando un símil fácil, algo semejante a expirar e inspirar. Resulta prácticamente imposible realizar una actividad sin llevar a cabo la otra por más que, en el terreno literario, existen excepciones como la de Joseph Roth. Un escritor que apenas dedicaba tiempo a leer y pasó la mayor parte de su vida escribiendo. Afirmación por cierto de la que dudo mucho aunque me parece sumamente atractiva, al dotar de cierto aire legendario y bohemio a este creador.

Digo esto, porque tras pasar 10 días escribiendo en avería y centrado en la corrección de El jardinero, el pasado miércoles me propuse descansar con el fin de prepararme psicológicamente para la inmersión definitiva en mi novela, y ¿qué es lo que me dedique a hacer? ¡Exactamente! Inspirar alocadamente. Es decir; leer, revolcarme en libros de tal forma que, casi de golpe, sin descansar apenas para un leve sueño nocturno devoré  y El sobrino de Wittgenstein de Thomas Bernhard, Historia del ojo de Georges Bataille y Malloy muere de Samuel Beckett y confío hacer lo propio hoy, antes de dormirme, con Suicidio de Édouard Levé.

En realidad, he escogido la mayoría de estos títulos con el fin de observar cómo afrontan y retratan cada uno de estos escritores el mal. La forma en que logran crear una atmósfera enrarecida en sus relatos que absorbe completamente al lector. Sobre todo, en lo que se refiere a Bernhard que, cada vez tengo menos dudas, es uno de los grandes maestros del siglo XX. ¡Es realmente escalofriante su manera de narrar! Su capacidad para construir una historia fascinante a partir de leves detalles, tres o cuatro anécdotas y una serie de frases que distorsionará a su antojo al igual que la ambulante y esquizofrénica puntuación de sus textos.

Cuando descubrí al escritor austriaco hace 12 años, me volví adicto a él. Me encontraba yo buscando por aquel entonces, una escritura angustiosa y, desde luego, Bernhard no me falló. Todo lo contrario. De hecho, su propuesta era tan extrema y despiadada que, después de varios meses, decidí dejar de leerlo para respirar cierta paz y tranquilidad. El punto final lo puse después de realizar un trabajo sobre su autobiografía en la que comparaba su fuerza estética con ciertos discos de Stockhausen. Más que nada, porque verme obligado a releer continuamente los escritos del austriaco durante varios días, fue el límite permisible para mí. Y después de aquella experiencia, tuve que descansar casi más de 10 años para volver a aproximarme a ellos. Prácticamente hasta hoy en día en que leo sus textos, no tan atento a los hechos que narra sino a la raída, psicótica técnica que utiliza, realmente magistral, monumental. No me caben dudas de que esa primera persona que succiona todo aquello en lo que fija su atención, imprimiéndole veneno y grandes dosis de locura, es uno de los grandes legados que el escritor austriaco nos ha dejado. Y estoy seguro que le sobrevivirá a él y a nosotros, como la música de su adorado Schumann ha hecho ya. ¿Cuánto hay de verdad y de falso por otra parte en la monumental e inquietante voz utilizada por Bernhard? Es difícil responder a esta pregunta. En su autobiografía queda claro que el escritor austriaco se deja jirones de su ser en cada uno de sus textos. Y no tiene reparo alguno en escupir sus experiencias a los lectores como respuesta a la trágica realidad que experimentó. Pero es inevitable, leyendo por ejemplo El sobrino de Wittgenstein, no sentir cómo en el fondo, Bernhard se regodea con la estulticia y la molicie, y se da el lujo de gozar y jugar con lo narrado, consiguiendo provocar en ciertos pasajes ganas de reír. Disfrutar con un escritor parecido a un comediante que sabe hacer cosquillas en sus lectores donde nadie lo consigue: en el mismo centro del horror. Extrayendo no sólo belleza sino sorna y guasa del dolor, a través de una prosa que continuamente hiere y quema sin piedad los ojos de sus lectores, traduciendo al papel la risa áspera de un genio irrepetible.

Muy diferente de Thomas Bernhard es Samuel Beckett. Pues no hay humor en los textos del escritor francés. Quien no sólo no busca cómplices, sino que tiende a apabullar al lector y desintegrar la realidad. Impone su estética por demolición, mostrando el absurdo de la existencia en su total desnudez, mientras explora la nada. Haciendo que la descomposición lingüística de sus textos se imponga a cualquier tentativa de encontrar un sentido a la vida. Por otro lado, la Historia del ojo de Georges Batailleaun teniendo pasajes geniales y encontrándose llena de ideas diabólicas, me parece más un proyecto de novela que un texto vivo. Sobre todo, en comparación con sus soberbios ensayos. Esos textos parecidos a latidos desesperados de un hombre muerto recientemente, plagados de reflexiones y de frases, semejantes a ecos y gemidos de fantasmas, que continuamente se desdoblan por la mente de los lectores, como si fueran invocaciones del más allá.

No creo que sea necesario subrayar que lo que estoy afirmando ahora sobre todos estos libros y escritores, podría negarlo en varios minutos. Apenas estoy dejando constancia de una serie de impresiones -es decir, expirando- tras unos días plagados de inspiraciones intensas y profundas e intentando encontrar un equilibrio entre lo que digiero y mastico y expulso por el ano literario, si se me permite la expresión. Por lo que tampoco hay que tomar muy en serio lo que digo. Aunque es cierto, sí, que, según mi experiencia, cuando las personas hablamos a contraluz, sin dar demasiada importancia a nuestras reflexiones, solemos encontrarnos más cerca de la “verdad” que cuando nos ponemos solemnes. En cualquier caso, creo que ha llegado el momento de que me calle, y comience a tomar aliento para leer el testamento de Edouard Levé cuyo comienzo -más aún teniendo en cuenta que el texto fue escrito antes de suicidarse- nos advierte claramente que la literatura es uno de los escasos ámbitos creados por el ser humano para hablar de lo imposible: “Un sábado del mes de agosto sales de tu casa vestido para jugar al tenis y acompañado por tu mujer. En medio del jardín le haces saber que se te ha olvidado la raqueta en casa. Vuelves a por ella pero, en vez de encaminarte hacia el armario de la entrada donde sueles guardarla, bajas al sótano. Tu mujer no lo ve, se ha quedado fuera, hace buen tiempo, disfruta del sol. Unos instantes después oye la descarga de un arma de fuego. Corre hacia el interior de la casa, grita tu nombre, se da cuenta de que la puerta de la escalera que da al sótano está abierta, la baja y te encuentra allí. Te has pegado un tiro en la cabeza”.Shalam

لِكُلّ شمْس مغْرِب

El que espía, escucha lo que le desagrada

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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