Nog

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Nog es un On the road psicodélico. Una novela que, en un mundo mucho más justo, debería ocupar el lugar del clásico de la beat generation. Pues es mucho más compleja y delirante. Es un viaje psicotrópico, esquizofrénico, lleno de espejismos narrativos y todo tipo de salvajes derivas mentales. Traducida a términos musicales, es be bop ácido. La banda sonora de una road movie llevada a cabo por John Coltrane y Grateful Dead. Un disco de Hawkwind convertido en una novela. Un trip que, debido a la maestría con la que se encuentra narrado, no sólo condensa gran parte de las ilusiones de la juventud norteamericana de los 60 -la generación Woodstock- sino que, en parte, es ya un relato de su decadencia. Una descripción delirante tanto del apogeo como de la caída de la utopía libertaria. Ese mundo sostenido por el sexo libre y los viajes provocados por las drogas que se mantuvo en pie mientras el sueño espacial no se desinfló y la opulenta sociedad de consumo surgida en los años 50 pudo permitírselo. Nog es punk espectral. Un western nihilista parecido a una pastilla de LSD. Una bomba de odio surgida en pleno verano del amor. Una bala llena de veneno disparada con saña y sorna contra el corazón de los jovenes hippies. Una tortuosa mirada a las anárquicas obras creadas por la beat generation que ya anunciaba la vuelta al realismo sucio y las novelas llenas de héroes perdidos, vidas rotas y detectives fracasados de los 70. Es, en suma, un delirio heroico. El relato trasnochado de un viaje a ninguna parte. Una novela sobre la destrucción de la libertad sostenida -y a veces, salvada- por un psicótico enigma que, repetitivamente, como un estribillo alocado o la llamada de alerta de un comercial publicitario, aparece y desaparece entre sus páginas: ¿Quién es Nog?

Nog es un precedente de la novela virtual. Una visión profunda del naufragio y la pérdida de identidad de los migrantes americanos. Un recuerdo ensombrecido de aquellos marineros y aventureros buscadores de oro. De aquella América sin ley ni orden gobernada por las balas y la ambición. Una mezcla imposible entre una novela de Pynchon y otra de Burroughs. El primero se declaró fan de la creación de Rudolph Wurlitzer y adaptó de manera aún más febril en El arco iris de la gravedad, uno de sus hallazgos: un pulpo que aparece por aquí y allá en el monólogo del narrador. Y el segundo, también apreció sus creaciones. Aunque tal vez, de haber podido compartir con Rudolph un pico de heroína, le hubiera aconsejado colocar de tanto en tanto en su novela frases sueltas sin aparente conexión con el -por denominarlo de alguna manera- “argumento” e incluir un agente de la CIA que introdujera la trama conspirativa en esta novela con aspecto de esponja. Esta obra parecida a una peligrosa medusa que radiografía de manera árida la corrosión de las utopías y bucea desesperadamente en medio del océano capitalista. Una huida a toda velocidad por una autopista con un coche averiado. Shalam

إنَّ هَذا الشِّبْلَ مِنْ ذَلِكَ الأَسَدِ 

Un tonto pobre siempre será tonto. Un tonto rico siempre será rico

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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