Nostalgia del futuro

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No me resulta extraño que una de las más hermosas melodías (“Love theme”) compuestas jamás para un film de ciencia de ficción, Blade Runner, posea un sesgo triste y oscuro así como determinados tonos lánguidos y evocadores. Un hecho que lógicamente hay que achacarlo a la relación amorosa a la que hace referencia (la del replicante Rick Deckard con otra replicante, Rachel, en este caso experimental y con falsos recuerdos implantados). Pero que, a su vez, pienso que se debe a las características concretas del género en que se engloba la fantástica recreación de Ridley Scott de la novela de Philiph K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? 

Es habitual pensar que el escritor de ciencia ficción es un enamorado del futuro, se encuentra fascinado por los adelantos técnicos y se mueve y respira a ritmo de vértigo. Ciertamente, en muchos de los casos es así, o al menos lo parece. Lo que ha provocado que consideremos al cultivador de este género como un visionario con un pie puesto en los cambios y procesos que sucederán en el porvenir. Un ser que enfrenta velozmente la existencia, vive fascinado por la técnica y cultiva cierta relación morbosa, fetichista con la ciencia. Aunque, en esencia, pienso que esta visión no es exacta debido a que no toma en cuenta un hecho esencial: que la ciencia ficción tiene gran parte de sus raíces ancladas en la melancolía. O más aún, en la nostalgia. Y surge de una ruptura traumática con la realidad que cuando se dieron las circunstancias adecuadas, terminó por eclosionar en relatos que se desarrollaban en otros planetas o introducían cambios radicales en el nuestro.

 El impulso de describir mundos paralelos y alternativos situados normalmente con posterioridad a los años en que transcurre la vida del escritor de ciencia ficción o la necesidad de narrar aventuras que transcurren en territorios desconocidos, entre naves espaciales, robots, computadoras vivientes y seres y razas impensables, no puede únicamente -aunque lo parezca- nacer de la curiosidad o de ciertas dotes adivinatorias por parte del escritor como tampoco de su voluntad o necesidad de escape. Brota en gran medida, de aquel pozo profundo de tristeza y depresión en que cayeron muchos grandes autores (Franz Kafka, Fiodor Dostoievsky, Malcolm Lowry) de la era moderna antes de escribir sus obras aunque la respuesta dada por los escritores de ciencia ficción fuera radicalmente diferente a la de los famosos escritores nihilistas.

Esto lo corrobora, por ejemplo, el que la ciencia-ficción comience justo a desarrollarse en el exacto momento en que al hombre occidental apenas le quedan lugares por descubrir. Había colonizado el planeta tierra en su totalidad. Un hecho que si bien masajeó su “ego conquistador y aventurero”, tuvo que provocarle igualmente cierto hartazón, desánimo y apatía. Hizo surgir de la noche de los tiempos, los desesperados gritos de Friedrich Nietzsche e Iván Karamazov. La lógica depresión que prosigue a la obtención de un gran logro que, en este caso, parecía imposible: igualarse a dios y conocer al fin los límites del mundo. Básicamente, porque este sensacional hecho histórico supuso también la muerte de la aventura. Y, en cierto sentido, provocó una crisis de fe teniendo en cuenta que la religión le es mucho más primordial y necesaria al ser humano cuando se adentra en territorios desconocidos que consabidos.

Tardó siglos en eclosionar el género de la ciencia-ficción. Sus orígenes se ralentizaron enormemente pero cuando lo hizo, no fue en absoluto por generación espontánea. Su desarrollo se había venido gestando, de hecho, desde La Odisea homérica. O tal vez antes. Y es por esta razón que no me parece apropiado considerarlo un género nuevo. Más bien, sería una continuación lógica a la novela de aventuras, caballeresca, épica o el western. Pues, por ejemplo, para los escritores que comenzaron a practicarlo, la nave era el sustituto del caballo como el láser o la pistola intergaláctica lo eran del rifle y el cielo estrellado (el espacio) lo era del mar, el desierto o la pradera. No siendo, en este sentido, difícil trazar un paralelismo entre la desaparición de la figura del dragón o los monstruos de las cavernas procedentes del imaginario colectivo surgido tras la Segunda Revolución Industrial, de la aparición del alien o el depredador que protagonizan las famosas películas de Ridley Scott y John McTiernan. Entes que pasan a ser ahora un símbolo de lo desconocido y de los peligros que aguardan al ser humano en el espacio exterior y ya no entre los angostos ríos, las gigantes selvas americanas, los enigmáticos confines del Asia o las secas llanuras de ciertas regiones de África.

El escritor de ciencia ficción dirige su mirada hacia otros planetas porque entiende que no hay nada nuevo que descubrir en la tierra. Se conocen todos los animales, cada una de las plantas se encuentra clasificada, existen aviones que nos transportan por los aires y barcos que, de no ocurrir una verdadera catástrofe (caso del Titanic) pueden surcar cualquier mar. Por tanto, apenas se puede indicar nada novedoso de la realidad. El aburrimiento corroe su ser aunque sea por unos instantes y la nostalgia invade su alma. ¿Quién puede ser ya Marco Polo o sir Walter Raleigh? Al menos, en estos tiempos, nadie. Por lo que mira confundido y hastiado a todas partes en busca de una respuesta, una señal que lo saque de su desasosiego, hasta que se vuelve hacia los cielos, allí donde las estrellas se confunden con la luna y por las mañanas el sol se desplaza entre nubes, y su rostro se ilumina. Porque ha encontrado ese lugar todavía por colonizar en el que puede imaginar lo imposible y cualquier cosa puede ocurrir: desde el desembarco de una raza de extratarrestres con piel de lagarto, la llegada de un ser inclasificable capaz de realizar proezas inimaginables o una batalla entre hombres con cuerpo de mono y leones con alas. Todo. Absolutamente todo es posible en el espacio exterior.

Como prácticamente ningún otro artista, el escritor de ciencia-ficción es un hombre que vive a caballo de dos mundos. Florece en las contradicciones. Y se encuentra en una especie de equilibrio inestable. Es tan pesimista como optimista, tan desesperanzado como confiado. Se encuentra inundado por una tristeza que lo destruye y de una alegría casi divina. De hecho, sus escritos sobre batallas galácticas reflejan con total exactitud tanto la conciencia extrema que posee de que el fin de nuestra vida en la tierra puede estar próximo (y, sin duda, llegará algún día) como su extremo deseo de que la existencia continúe perviviendo de una u otra forma en otros planetas o sistemas solares. El escritor de ciencia ficción desconfía aparentemente de la capacidad del ser humano para relacionarse con sus semejantes, de la concordia entre culturas diferentes pero sin embargo, piensa que tal vez pudiéramos entendernos o llegar a algún tipo de acuerdo con los extratarrestes que nos visiten. Y siente como ningún otro, la deshumanización a la que nos conduce la tecnificación de nuestras sociedades aunque explora sus posibilidades al límite. Imaginando robots de inteligencia casi humana y un futuro en el que las máquinas juegan un papel muy importante que no necesariamente tiene que ser negativo.

Se piensa, por lo general, que la sensibilidad en la literatura es asunto de poetas. Y se suele mirar con cierto tono de condescendencia al escritor de ciencia-ficción. Como si fuera alguien frío por hacer constantes referencias a maquinas, complejos programas de ordenador y describir con precisión el interior de una cabina hipotérmica o una nave espacial. Un gran error de apreciación porque acaso nadie sienta tal grado de angustia ante la deriva de nuestro mundo contemporáneo. Pocos se sentirán probablemente tan intrigados y concernidos por su destino y serán tan conscientes de nuestros procesos autodestructivos hasta el punto de tener la necesidad de mostrárnoslos en el espejo, retratando mundos diversos donde podamos ver nuestra despiadada realidad al desnudo. Anunciando el más que seguro fin de la humanidad si continuamos actuando de la misma forma o buscando nuevos caminos y recovecos en el espacio exterior a través de los que acaso nuestra raza pueda salvarse.

Desde luego, muy pocos seres humanos como el escritor de ciencia ficción se encuentran tan implicados, agobiados, asfixiados pero a la vez fascinados por las posibilidades que la ciencia abre ante el ser humano o sienten con tanto ardor la angustia consecuente a un mal uso de la misma. Y aunque fuera únicamente por esto, deberíamos tomarles más en serio. Ya que, de alguna forma, actúan dentro del inconsciente colectivo de la humanidad, como catalizadores y propulsores de esperanza. Entienden el deseo subyacente que los seres humanos tenemos de creer en la vida en otros planetas y universos debido al caos que hemos generado en el nuestro. Y fabrican constantemente historias a través de las que gozamos con la seguridad de que, pase lo que pase, suceda lo que suceda, no nos extinguiremos. Prueba de que, ante todo, son humanistas. Y de que entre ellos, existen artistas, artesanos, genios y mediocres como en todas partes. Además de, ante todo, hombres valientes. Pues así ha de ser considerado -a mi entender- quien se atreve a escribir sobre lo desconocido y nos hace avanzar hacia la mayor aventura que existe, el descubrimiento de nosotros mismos, sin importarle recorrer millones de kilómetros mentalmente para ello. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 Hasta la raíz más pequeña encuentra su leñador

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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