Nutrición

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No suelo hablar mucho de los libros que leo pero, cada cierto tiempo, sí me gusta dedicarles unas líneas a muchos de los que me voy nutriendo.

Dejo a continuación, por tanto, una cuantas impresiones (que no críticas) de lectura.

Juan Francisco Ferré. El rey del juego: Ferré se divierte y desacraliza la literatura de nuestro país con un texto que parece una mezcla entre aquella gamberra película dirigida por Juanma Bajo Ulloa, Airbag, y el Pynchon de Al límite. Una novela parecida a un videojuego trash en la que el lenguaje es prácticamente un virus y cada frase un yoystick. La bala de un marciano. Ferré se carcajea de los síntomas y símbolos que han convertido a la sociedad española en un esperpento colectivo que sólo puede ser descrito con justicia como si formara parte de un relato de ciencia ficción u otro de terror protagonizado por zombies. Y atenta contra las normas de la literatura “trascendente”, llenando de bombas este ácido artefacto (virtual y artístico). Una mezcla entre la narrativa mutante, la punk y los textos de J.G. Ballard mucho más serio de lo que, en principio, parece (o se ha dicho).

Jacques Abeille. Los bárbaros: Maravillosa continuación de Los jardines estatuarios. Abeille escribe como un autor de otra época. Su novela conserva, retiene el instinto de los libros juveniles y de viajes. Y se parece tanto al relato de una ruta alquimica como a uno de esos viejos textos utópicos surgidos durante la Ilustración. Los bárbaros es una novela con vocación de clásico porque responde únicamente a sus propias leyes y términos. Es una novela a la que la categoría de fantasía le viene corta, ideal para leer mientras se escuchan composiciones de Gurdieff. Un texto tan enigmático como su predecesor que, a pesar de su extensión, se lee con suma facilidad gracias a su levedad. Al sabio entusiasmo que hay detrás.

Óscar Gual. El hombre de la mirada de piedra: Óscar Gual es valenciano y se nota. Porque su libro expone una radical, ambivalente y meritoria mirada al mundo de la globalización en la que yo siento latir el alma de aquella región. Gual se sirve de una investigación realizada sobre Drákos Vasiliás, una supercomputadora humana, para hablarnos de la locura capitalista y el delirio de las bolsas, las sectas y las cifras. Y lo hace de una forma extrema y mediterránea. Consciente de estar navegando por realidades virtuales en las que la única certeza es el latido del corazón. La pasión. El hombre de la mirada de piedra es una bestialidad narrativa que pone de manifiesto las salvajadas psicológicas -a tono con las inmobiliarias- realizadas en la región levantina (y el mundo en general) y, de algún modo, se recrea en el kitsch valenciano para destrozarlo todo. Entender por qué, a pesar del nihilismo económico y moral, la civilización continúa subsistiendo y lo seres humanos sobreviviendo.

Juan Bonilla. El tiempo es un sueño pop. Vida y obra de Terenci Moix. Amena, divertida y bien escrita biografía sobre el Peter Pan de las letras españolas. Bonilla expone con lúcida y meridiana claridad las grandes virtudes de su narrativa y sus desaciertos con exquisita caballerosidad. Dejando clara su meditada opinión. Desde luego, supera el reto de abordar la personalidad de un hombre excesivo que además, había desvelado la mayor parte de su mundo íntimo en sus tres excelsos tomos de memorias. Muy de acuerdo por cierto con su canon. Moix fue un escritor inmenso que se dejó tentar y vencer por las ventas y la popularidad. Había que poner orden en su vida y literatura y Bonilla lo consigue con éxito.

José Óscar López. Fragmentos de un mundo acelerado: Se nota que José Óscar es un hombre que ha crecido leyendo cómics y novelas de ciencia ficción. Que su cerebro está contaminado tanto de viñetas de Silver Surfer, Los 4 fantásticos o Los Vengadores como de imágenes surgidas de narraciones de Thomas Pynchon, Philip K. Dick o Kurt Vonnegut. Tengo la impresión de que la maravillosa subcultura norteamericana ha sido fundamental en su formación y de que su manera de digerirla y reaccionar a su constante, inquietante presencia en su mundo cotidiano ha sido realizar dibujos y textos breves que la homenajeen. Fragmentos es una recopilación de algunas de esas historias. Un libro realmente inusual en el panorama narrativo español. Un cruce en medio de ninguna parte entre una recopilación de aforismos de David Foster Wallace, un poema de Ramón Gómez de la Serna, Futurama, la armadura del Doctor Muerte y una pocima extraída del laboratorio del Profesor Bacterio.

Iñaki Uriarte. Diarios (1999-2003) (2004-007) (2008-010): Habían sido tan alabados estos diarios que, en principio, me llevé una decepción. Leí las primeras 100 páginas con cierto desencanto. Con la frase “no es para tanto” pegada a mis labios. Pero con las horas y días fueron penetrando en mi intimidad, sobre todo, porque Uriarte además de un hombre inteligente, no es ambicioso. Sus palabras destilan sencillez, cordura y lucidez. Atributos desterrados habitualmente de nuestro mundo cotidiano. Y eso ciertamente es ya un mérito hoy en día. Por lo que, lo más lógico es que, finalmente, Iñaki acabe convirtiéndose en amigo del lector. Una especie de pariente lejano al que además de respetar, tomamos cariño y encontramos ideal para tomar un café o pasar un rato de tanto en tanto. Probablemente, estos diarios no son la obra maestra que tantos aseguran pero sí son muy recomendables. Un salvavidas en medio del océano diario. Un flotador entre el odio habitual.

Karlos Linazasoro. Versus (Estampas de un náufrago): Versus es uno de esos libros que da pena reseñar. ¿Cómo poner nota o calificar con adjetivos extraídos de la escuela o la Universidad a un texto como éste? ¿Notable, sobresaliente, aprobado? Cuando yo empecé a leer, lo hice para huir del juicio ajeno, para ser libre. Dos de los temas esenciales de un texto sencillo y delicioso. Una obra que mezcla la suave inocencia de El principito con la aridez existencialista de Albert Camus y, en cierto modo, es una metáfora de ese aislamiento social que vivimos actualmente cada uno de nosotros a pesar de estar conectados a través de Internet. De hecho, la libertad del narrador no se corresponde con la liberación ontológica de su criatura. Al contrario, contrasta con su imposibilidad de salir de una isla que no es tanto un mundo aparte y externo sino reflejo de una intimidad. De sueños y fantasías que tal vez nunca se cumplan pero deberían continuar latiendo ocultos dentro del corazón de los seres humanos.

Michel Houellebecq. Sumisión: Hace tiempo que Houllebecq me cansa. Sin embargo, he de confesar que me fascinan las descripciones sexuales que realiza y que sabe captar perfectamente el “spleen” social. De hecho, ese tal vez sea uno de sus mayores méritos. Haber dado voz a ese nihilismo y malestar experimentado tanto por el cartero como por el profesor de Universidad. Dicho esto, he de reconocer que he disfrutado con Sumisión. La idea que plantea la novela, desde luego, es seductora. Houellebecq tiene la virtud de narrar la llegada al poder en Francia de un partido islámico con gracilidad y agilidad. Lo cierto es que al final, le ha salido casi una crónica periodística. Un entretenimiento apocalíptico con visos de profecía. El escritor francés no se adorna. No tiene la intención de ser el mejor escritor y eso a veces se agradece porque, finalmente, pone su talento al servicio de la narración y deja hablar a las voces furiosas de su época.

Juan Bonilla. Prohibido entrar sin pantalones: Divertida biografía sobre el poeta ruso Vladímir Mayakovski a la que, no obstante, tal vez le falte un poco de pausa y profundidad para terminar de cumplir su cometido. Bonilla escribe como un escritor pop. Y eso le permite al lector introducirse rápidamente en un texto que retrata en el fondo una de las épocas más importantes de la historia. Prohibido entrar no es, ciertamente, el libro definitivo sobre el poeta ruso que podría haber sido aunque tampoco creo que el autor español lo pretendiera. En cualquier caso, sí es, desde luego, una notable introducción a una figura tormentosa y enigmática que, como todos los jóvenes, vino a cambiar el rumbo del mundo y acabó siendo fulminado por los torbellinos creados. Siendo testigo de cómo uno de los mayores sueños libertarios que han existido acabó transformado en pesadilla totalitaria y el arte que debía transformar vidas y conciencias en olvidable entretenimiento.

Samanta Schweblin. Distancia de rescate: La novela de Schweblin va poco a poco ganando terreno y amenaza con convertirse en un clásico del terror contemporáneo con razón. El diálogo que la estructura puede ser un poco tramposo pero está perfectamente conseguido. Pues gracias a él, se logra el extrañamiento necesario para lograr ese final “abierto” que a mí al menos me hace rememorar algunos de los mejores cuentos de Julio Cortázar. No obstante, además de esa inquietante trama argumental que nunca se despeja del todo y, afortunadamente, da pie a múltiples conjeturas, destacaría la propia escritura de Schweblin. Punzante, arisca y eficaz. Una de esas escrituras que hacen daño y arañan la mano del lector a la que considero, sin dudas, responsable mayor de este esquizofrénico texto incluso por delante de la inquietante anécdota que narra. La escritora argentina no sólo describe un laberinto al aire libre. Nos los hace sentir y nos deja atrapados en él como lo están sus personajes.

Evelio Rosero. Los ejércitos: La novela de Rosero es ya casi un clásico de la literatura colombiana y con razón. Su texto va un pasito más allá del realismo mágico al convertir la violencia en una enorme metáfora y el lenguaje en un espejo de los estallidos continuos. De hecho, la confusión del personaje central se iguala con la del lector en un maremoto de disparos, torturas y terror que explica mejor la naturaleza de la violencia colombiana que cualquier documental. Rosero trabajó tanto este texto que, por momentos, tuve miedo de perder el foco de la historia de fondo por las constantes florituras lingüísticas pero, finalmente, entendí que su estilo era reflejo de ese testigo silencioso -la abundante naturaleza colombiana- de la extrema y alocada guerra civil que se vive allí, y me subyugó. No miento al subrayar, sí, que Los ejércitos es una obra maestra. Una de esas novelas destinadas a enamorar y asombrar a múltiples lectores.

Hugo Argüelles. Cuentos grises. He disfrutado mucho los relatos breves de Argüelles porque recogen la herencia de Raymond Carver con humildad y pericia. Me gusta el tono menor con el que están escritos. Percibo que el escritor los urdió pacientemente aunque su objetivo (por cuestiones de gustos estéticos) era dar la impresión de que eran textos pasajeros. Algo que me seduce. Pues en una época de escritores de ego desaforado siempre es de agradecer que algunos de ellos deseen desaparecer. No se den demasiada importancia. La mayoría de estos textos narran viajes y anécdotas leves que, no obstante, se intuye que revelan verdades esenciales. Cambios, transformaciones. Me gusta, repito, que a pesar de ser textos probablemente muy meditados tengan cierto aspecto descuidado. Eso los hace más verosímiles, reales. Los convierte en trozos de vida. Camisetas de segunda mano con el logo desteñido. Logrando hacer de su lectura un pasatiempo muy divertido. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

El mal de la calumnia es semejante al de la mancha de aceite: deja siempre huellas

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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