Ramón Méndez Estrada: la revuelta continua

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Hace varios años tuve la oportunidad de entrevistar al poeta infrarrealista José Ramón Méndez Estrada para la revista El coloquio de los Perros.

Ramón fue uno de los personajes -el entrañable Pancho Rodríguez- de Los detectives salvajes. Un hombre sincero, rebelde, espontáneo, irrespetuoso y culto. Y entrevistarme con él fue como hacerlo con una locomotora de vapor, una estrella nocturna —jugando con el término que dio origen al infrarrealismo— o con uno de esos caracteres anónimos que protagonizan los libros de Martín Luis Guzmán. Caluroso y generoso, fue un placer conversar con él y escuchar sus irreverentes afirmaciones tanto sobre literatura como sobre su vida. Toda una vida dedicada a la poesía, al arte en la que ha encarnado —como acaso José Revueltas quisiera— la memoria de ese Caín perdido y perseguido que está en cada uno de nosotros y que se corresponde con el reflejo más exacto del rostro de la humanidad.

Lamentablemente, no rescato esta entrevista hoy en avería como antes o después hubiera hecho, para darlo a conocer sino porque su estado de salud, como deja bien claro la fotografía de abajo, se ha agravado y su vida actualmente pende de un hilo. En fin, sea como sea, todos los ánimos a un escritor que lamentablemente tal vez sólo cuando haya dejado para siempre este mundo, podremos leer en las condiciones adecuadas.

EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Cómo te introdujiste en la literatura, en el arte?

RAMÓN MÉNDEZ ESTRADA: Fue en el movimiento de 1968 estudiantil. Yo estudiaba tercero de Secundaria. Tenía 10 en Física, 10 en Matemáticas y 8 en Química no porque no supiera los 2 puntos que faltaban sino por desgana. Yo iba para científico. Cuando iba a la Secundaria, pasaba brincando el canal del desagüe y me dolía en el corazón ver la mierda que iba saliendo y escurriendo de la ciudad y veía el aire cómo se ponía gris en vez del azul que había cuando era niño. Y una vez fui a los Tiraderos de Santa Cruz de Meyehualco y observé montañas y montañas y montañas de basura. Esto me dolía a mí y me dije que necesitamos limpiar la tierra, comportarnos de otra manera, necesitamos científicos eficientes. Y por ello, mi vocación fue la ciencia. Sucede que llegó el movimiento de 1968. Yo me encontraba en tercero de Secundaria y vi cómo mataron a los muchachos y todo cambió para mí.

ECP: Pero ¿tú estabas en Tlatelolco cuando sucedieron los hechos?

RME: No. A mí me sacaron de México después de la manifestación del silencio del 19 de septiembre. Medio millón de personas caminando desde el Museo de Antropología hasta el Zócalo en silencio. Algo fascinante […] Yo venía a diario al centro porque estaba haciendo dos ensayos, uno de Historia y otro de Química, en la Biblioteca del Congreso de la Unión y ese día me acompañó mi madre que cuando vio la manifestación, decidió mandarme el día siguiente bien temprano para Michoacán. Sabía o pensaba que iban a morir los jóvenes y no quería perder a sus hijos por lo que me envió a Morelia […] En fin, después de lo que ocurrió en Tlatelolco en octubre, yo me dije que el país no necesitaba científicos sino humanistas, personas éticas, y así cambié mi vocación. Ya escribía desde niño y cuando mi vocación era la de científico, realicé un ensayo sobre el movimiento constitucionalista de la Revolución mexicana de 120 páginas. Y hubo un tiempo en que dudé si dedicarme a la Filosofía o a la Historia pero, finalmente, elegí la Literatura. Tuve la grandísima fortuna de encontrarme en preparatoria, en clases de literatura mexicana, a mi maestro, Ramón Martínez Ocaranza, que es para mí el mayor poeta de México del siglo XX.

ECP: Sin embargo, no es muy conocido.

RME: Está fuera de todas las antologías del siglo XX, a mucha honra de él. Él es el mejor poeta del siglo XX en México. Ni Gorostiza, ni Pellicer, ni Paz, ni Orlando Guillén. No hay nadie que le llegue a la altura de los talones. Anda, por ejemplo, Jorge Rojas dándose cabezazos ahora con él en el último poema que está escribiendo, “Cuerpos”. Sin embargo, Jorge ha tenido más suerte y le han antologado ya en varias ocasiones […] Desgraciadamente, Ramón ya está muerto. Su libro central, que es deslumbrante, es Antología del ser. Últimamente están promoviendo dentro de la cultura oficial, la posibilidad de hacerle una antología a don Ramón y pusieron a su mujer, Ofelia, a escoger material y la persona que recibió el manuscrito le tachó todas las partes de Antología del ser diciéndole que eso no era poesía sino que eran desahogos de un loco. Realmente, no saben con lo que están tratando. Este libro es excelente […] Fui su alumno y discípulo como poeta y fui el único que le dije en clase, delante de todos mis compañeros, que él ya estaba de caída, que iba para abajo mientras nosotros, que éramos la juventud, éramos fuertes, íbamos para arriba. Él nos regañaba a diario y le increpé en público. Él me dijo que llevara cuidado porque estaba ante un hombre que había publicado ya ocho libros y yo le dije al maestro que me parecía muy bien, que yo no había publicado ningún libro pero ya había escrito uno. Me preguntó de qué era mi libro y yo le respondí que era de poesía y me volvió a preguntar qué quería decir con él y yo le estuve hablando durante tres o cuatros minutos. Finalmente, me callé y él comenzó a pasearse de un lado hacia otro, se volteó y preguntó si alguien más quería decir algo. Los compañeros se escondían para no verle los ojos y nadie se atrevió a decir nada. Y, de repente, él volvió a hablar de nuevo, refiriéndose a los compañeros, diciendo: «Así me hubiera gustado que me contestaran todos pero, como dije antes y repito, todos son una bola de besugos». Finalmente, ese día no hubo clase de literatura pues todo fue un regaño continuo y cuando vi que él seguía y seguía, yo me puse a dibujar. Y cuando salimos de la clase, me dijo: «Tú no hagas caso de mis palabras. Mis palabras son para esos güeyes. No para ti». Y me mandó aquí, a Letras.

ECP: Entonces empezaste a estudiar Letras en México.

RME: Sí. Empecé a estudiar Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, que fueron tres años perdidos porque no estudiaba. Sólo tuve tres profesores que estudiaban y me encontraba en la biblioteca y a cuyas clases merecía la pena ir. El resto no estudiaban ni se preparaban las clases, no sabían y si les preguntabas algo o no te respondían o se lo inventaban, pero no consultaban aquello que les decías. Sin embargo, cuando le preguntaba a Joaquín Sánchez Mc Gregor —uno de esos buenos profesores— algo que ignoraba, a la clase siguiente llevaba la respuesta y los datos de la bibliografía que había consultado. Con él sí que daba gusto trabajar pero, mira, tres años para encontrarte únicamente tres maestros buenos, refleja una gran decepción. La última semana que fui a clase en esta Universidad sólo tuve dos clases. Entraba a las 4 de la tarde y salía a las 10 cada semana y, supuestamente, tenía que haber tenido como 30 horas de clase, pero sólo tuve dos. ¿Qué hacía yo finalmente? Fumar marihuana, chupar vino tinto, pasármela rico. ¿Qué hacía ahí? Perder el tiempo […] Fui en esos momentos a un café y me puse a escribir un poema que traía entre ceja y ceja de un personaje que aparece en El Quijote y que me encanta —Ginés de Pasamonte— y perdí mi propia voz, no podía asumir que había conocido al personaje —pues me lo encontré realmente en Barandilla—. De esta manera, él tomó la voz y me quitó el poema. Se dio un proceso de creación muy extraño y estuve durante cuatro años escribiendo el poema. Consta de 97 páginas. Es mi tesis profesional y la puedes encontrar en internet. Es mi tesis como poeta y no tuve sinodales. Es una discusión con toda la literatura contemporánea, bastante de la clásica y parte de la historia de México.

ECP: ¿Y tuviste algún otro maestro poético?

RME: Te podría citar a Efrahín Huerta, al que admiro mucho y, por supuesto, como maestro directo a José Revueltas. A todos los visitaba en su casa. De la casa de Revueltas no me bebí ni una copa, pero a Efrahín le saqueé su cantina al por mayor. Me tomaba un litro de brandy cada vez que iba para allá. Y Ocaranza, por ejemplo, me dejaba la botella de tequila o de mezcal abierta cada vez que iba a visitarlo porque sabía que si encontraba la botella cerrada, no hubiera podido abrirla.

ECP: ¿Y cuál sería tu primer poemario, por así decir, aunque no te guste mucho esta expresión?

RME: Realmente, no tengo ni primer poemario ni último. Estoy ahora escribiendo un libro que se llama Zona de tolerancia. Este es mi libro. En él están “Los motivos del ritmo”, “Ramos para las hadas”, “La edad dorada”, “La vida de Ginés Pérez” y ahorita, viene cargando un poema que trabajo desde hace 20 años que se llama “Ventisquero”. Esto es lo que tengo. Un solo libro. Zona de tolerancia.

ECP: Y discúlpame, pero retomemos los hechos de Tlatelolco.

RME: Cuando yo comprobé que el gobierno no podía dialogar de manera democrática con estudiantes que únicamente le pedían conversar y tuvo que usar las armas, yo dije que había de ser poeta. A Mario Santiago Papasquiaro le pasó igual. Él iba para científico, tenía excelentes calificaciones y se dedicó a la poesía a partir del 68. De hecho, esto no está estudiado ni es conocido como se debe, pero yo sé, porque lo platiqué muchas veces con él, cómo nos cambió el panorama a partir de los hechos de octubre del 68. No estuvimos en las brigadas porque todavía éramos muy niños pero si nos agarran estos hechos un año después, si hubiéramos entrado a la Preparatoria en el 67 o en el 68 nos pesca el movimiento y, a lo mejor, nos mata. Resulta que estábamos en Secundaria y allí no se hacía nada al respecto.

ECP: ¿Y cómo surgió o apareció el termino de infrarrealismo entre vosotros? ¿Cómo vas conociendo a los personajes de esta generación? Y ¿cuál es el nombre del personaje con el que te caracterizó Bolaño en Los detectives salvajes?

RME: Bolaño me puso en la novela el nombre de Pancho Rodríguez y mi hermano es Moctezuma Rodríguez que, muchos de los que se acuerdan del movimiento, discuten si es Cauhtémoc o Moctezuma, pero, en realidad, es este último. Bueno, mi hermano se llamó Cuauhtémoc Méndez Estrada y murió el 5 de mayo de 2004 en Morelia por congestión alcohólica —una borrachera que traía de años— y que se agudizó en los últimos catorce días porque murió mi madre y él estaba muy apegado a ella. Yo fui a su sepelio e iba con prisa porque había cosas que debía hacer en el Distrito y él me dijo que para qué iba con tanta prisa. Me quité la mochila, la tiré al suelo y comenzamos a darnos a las botellas de charanda. Estábamos bebiendo como unos tres litros diarios más o menos hasta que sufrió la congestión que te dije con la que no pudo. Yo vi desde la mañana que se iba a morir. Pude llevarlo al hospital y no lo hice. Decidí que muriera en la casa porque sabía que si lo llevaba al hospital nos iban a tener una semana en vilo, lo iban a despersonalizar entre cables y demás historias y después iban a cobrar una gran pasta. No me importaba lógicamente lo que fueran a cobrar, pero sabía que no lo iban a rescatar porque estaba ya del otro lado. Por eso lo dejé que se fuera aun con mucho pesar de su corazón. En fin, él era Moctezuma en la novela de Bolaño […] Y Pedro Méndez Estrada es Norberto en la novela. Pedro vive en Tijuana y es buen poeta y periodista en la novela. El pequeño Norberto, le llamaba Roberto […] En lo que se refiere al movimiento, éste surgió de los expulsados del taller de Difusión cultural de la UNAM, que era un taller de poesía que coordinaba Juan Bañuelos. Cuauhtémoc y yo llegamos a México venidos de Morelia a estudiar la Profesional una vez que allí habíamos estudiado en el colegio San Nicolás de Hidalgo el bachillerato. Cuando llegamos aquí, nos integramos en el taller de Juan a estudiar poesía y encontramos que los muchachos que estudiaban allí estaban descontentos con su enseñanza porque Juan no era un buen profesor, no sabía criticar y no era estudioso. Así empezamos a hacer propuestas como la de estudiar el Siglo de Oro español, las corrientes de vanguardia del siglo XX, la Generación del 98 o sobre el soneto y él no respondió. No fue capaz o no quiso. Así, un día se presentó Mario Santiago con la renuncia de Juan Bañuelos escrita por su puño y letra con esa caligrafía tan particular que tenía en la que él mismo se acusaba de tener menopausia galopante, entre otras cosas, para dejar la coordinación de este curso. Llevamos la renuncia a la maestra de Difusión Cultural, la maestra Revueltas, y dijo que debíamos comprender a Juan porque era agregado y no lo podíamos correr. Así, nos propuso dividir el taller de esta manera: una clase quedaba para Juan y otra la dábamos nosotros pero debíamos conseguirnos un coordinador. Y bueno, sí nos abrieron el taller algunas veces pero antes de que hubieran pasado dos meses, nos encontramos con la puerta cerrada y con nosotros fuera de la institución. No nos corrieron de la universidad porque los que estábamos cursando carreras permanecimos en ellas pero ya no nos abrieron el taller […] Nos prometieron dinero para editar una revista y sacamos Zarazo 0 pero nunca brilló ese dinero que nos habían prometido. Tuvimos que cooperar entre todos para editarla. Ese fue nuestro primer intento. Entonces nos ocupamos de intentar otro proyecto con José Vicente Anaya, pero Anaya nos tuvo miedo, sobre todo, a Cuauhtémoc Méndez, a Santiago y a mí. Después llegó Roberto, que venía de Chile, pero no por militancia contra el golpe de Estado. No más venía de Chile porque él era de allá y cuando se dio cuenta de que aquí no nos invitaban a recitales ni nos daban facilidades para publicar, nos propuso fundar el movimiento infrarrealista […] Las galaxias infrarreales están compuestas por soles negros que suponen materia condensada hasta tal punto que hace caer a la luz por su peso. Y Roberto nos dijo: «Ustedes no se ven ahora, son como un sol negro, pero, finalmente, van a ser la literatura clásica de su tiempo en México». Y esto es lo que somos los infrarrealistas: autores clásicos de la poesía mexicana.

ECP: ¿Y con cuáles de tus compañeros son los que tienes más afinidades estéticas?

RME: Todos tenemos una voz muy personal. Yo me llevo mejor con Pedro Damián Bautista —cuyo apellido oscila según sea el de la mujer con la que está relacionado en ese momento— y que acaba de ganar el Premio Nacional de cuentos de San Luis Potosí, lo que me pone muy contento. Su prosa no me gusta mucho. Eso sí, este último libro no lo he podido leer y una amiga mía, Rebeca, ya lo leyó y dice que es muy bueno. Tengo ansiedad de leerlo porque yo también mandé un libro a este premio. Un libro, Segundo curso de tesoros aparecidos y otros milagros, por el que me dieron una Beca el año pasado y que sé que es bueno. Este es mi segundo libro de cuentos y ahora estoy preparando un tercero del que ya tengo ocho cuentos que se llama Asepsia a fondo y otras clases de acecho a quemarropa. El primer libro, Tzitzilini y otras lecciones del lado moridor consistía en una serie de lecciones básicas sobre escritura de prosa en las que me enfrentaba con los primeros prosistas del siglo XX en México, más tarde a José Revueltas y Juan Rulfo y, finalmente, con mi narrativa.

ECP: ¿Qué me dirías de José Revueltas, al que yo admiro profundamente?

RME: Pues mira, tienes que leer sobre todo en lo que se refiere al cuento, Dormir en tierra. “El lenguaje de nadie” es un cuento extraordinario que me apasiona. Y Los errores es una novela increíble. José Peguero, el director de cine mexicano, tan apegado al infrarrealismo, está trabajando ahora mismo en una película sobre Los errores.

ECP: Y al parecer —volviendo a Bolaño—, creo que tuviste algún tipo de problema con él.

RME: Sí. Lo he dicho cien veces en público y en privado y no me retracto. Si algo me caracteriza es la sinceridad y no me gusta andar con dobles caras. Lo que sucedió con Bolaño es que cuando él dijo que nosotros éramos los infrarrealistas, yo acepté de buen grado su opinión y junto a Mariano Santiago, llevé a mi hermano Cuauhtémoc esta propuesta. Sin embargo, mi hermano se enojó mucho hasta que cuando le explicamos de qué se trataba la metáfora,  estuvo de acuerdo con nosotros […] Así, trabajamos en la fundación del infrarrealismo, Mario Santiago —que, por aquel entonces, no tenía el apellido Papasquiaro sino que era Mario Santiago a secas— Roberto Bolaño y yo […] Fundamos el infrarrealismo en una casa cercana al Zócalo en la calle de Argentina, donde vivía el poeta chileno Bruno Montané que, ahora mismo, se encuentra en España. ¿Quiénes estaban? No lo sé con certeza porque ni yo ni mi hermano ni Mario Santiago nos integramos en la reunión. ¿Por qué? Porque la reunión estaba repleta de tipos-fresa que no más que hacían chupar vino tinto y vino blanco. Entonces, nosotros nos agarramos una botella y nos pusimos en las escaleras a fumar marihuana sin integrarnos en la sala, por lo que no sé bien lo que sucedió allí. Y ya cuando dijeron eso de que el infrarrealismo estaba fundado, pues ya nos unimos al desmadre y todo lo demás […] Bolaño se sacaba mucho de onda con Cuauhtémoc y conmigo porque éramos buenos alumnos de Ocaranza —irónicos, mordaces, chingadores— y esto no podía aguantarlo. Por aquel tiempo, si llegaba Cuauhtémoc a verle, se lo llevaba a tomar un café y platicaba un rato con él tranquilo, si llegaba Mario solo, le invitaba la copa y seguía la plática, pero si aparecíamos los tres juntos donde hubiera otro grupo poético, estuviera Bolaño o quien fuera, inmediatamente todos pedían la cuenta, se levantaban y desaparecían. Con nosotros juntos no querían nada […] En este tiempo fue cuando yo me peleé con Roberto porque un día, discutiendo cuestiones técnicas de la literatura, le dije, «mira Roberto, tú no eres un artista, eres un burócrata de las letras. Eso es lo que eres» y él se enojó tanto que no me volvió a saludar en la vida.

ECP: Y dejando el tema de Bolaño, ¿cómo definirías tú a tu propia poesía que por lo que he podido advertir en el recital es altamente visceral, salida de tus mismas entrañas?

RME: Mi poesía es muy fuerte, pero no la escribo con las entrañas. Cuando yo tengo un tema para un poema, lo primero que quiero es que sea preciso, cuando tengo claro esto busco el qué del tema, qué es lo que quiero decir de ese tema y esto lo resuelvo con sensibilidad, mucha entereza y lucidez, porque mi poesía es muy pensada. La resuelvo con el ímpetu que se resuelve cuando te sopla la musa en las orejas, pero es muy meditada. Y para quien quiera comprobar que no es visceral puede leer mi libro La edad dorada, que hice cuando nacieron mis hijos. Lo hice —aprovechando este nacimiento— para ver si los críticos no me sentían tan agresivo poéticamente y me daban el premio de poesía de Zacatecas. Es un libro perfectamente razonado y cuando Mario Santiago lo leyó de un tirón, no se podía explicar por qué decían que mi poesía no era reflexiva ni meditada.

ECP: ¿Y cuáles serían tus poetas favoritos en México?

RME: Me gusta mucho Ramón López Velarde. Sin embargo, la generación de Contemporáneos, salvo Gorostiza, me aburre. Me gustan bastante los poemas breves de Gorostiza. Tiene muchos valores semánticos, simbólicos y musicales. Melodía, ritmo, armonía y tono. Todo tienen. Pero, ¿sabes?, todos aquellos poetas de México, Paz, Villaurrutia, etc, son más chicos que nosotros. Nosotros venimos grandes. Ya que te pones a escribir, lo haces en serio. Con todo tu alma. Para hacer tonterías, mejor no lo hagas […] Por ejemplo, un día en el café La Habana, me introduje en un taller de cuentos. La mayor parte de mis compañeros propuso el estudio de una novela y yo propuse un libro de cuentos y cuando anuncié el nombre de mi primer libro, Tzitzilini y otras lecciones del lado moridor, el coordinador me dijo que me estaba metiendo en problemas mayores porque me estaba introduciendo con Revueltas y esto era muy grande y yo le dije que, claro, con quién me iba a meter. No lo iba a hacer con poetas o escritores chicos […] Yo escribo para satisfacer unas necesidades de ver algo que deseo ver escrito y que no he podido encontrar en ninguna parte. Si esto se publica o no, ya es otra circunstancia. Sí quiero publicar, pero no me importa no hacerlo. Lo que yo quiero es escribir y lo que he realizado ya no hay nadie que me lo quite.

ECP: ¿Y qué te parecen los escritores de la “onda” como Elizondo y Monsiváis?

RME: No me gusta Elizondo. No me gusta Monsiváis. Los escritores de la “onda” son pura basura. El último gran narrador que hubo en México fue José Revueltas y antes Martín Luis Guzmán o Francisco Rojas González, al que también admiro. Pero después de estos, no hay nadie. Ni siquiera Fuentes, que anda peleando todos los años el Nobel. ¿Cuántos años, por ejemplo, peleó el Nobel Paz? ¿Quince? ¿Y cuántas veces le preguntaron qué opinaba del Nobel que acababan de conceder y no conocía a los autores? Más de cinco, ¿no? ¿Qué son sus ensayos? Extractos de ideas de otras personas bien escritas […] Después de Revueltas, no hay ningún escritor que merezca la pena en México en el siglo XX, pero si te asomas al siglo XXI, te vas a encontrar a un hombre de más de 80 años, Ángel Trejo, que no ha salido nunca del país y tiene dos novelas buenas, que tiene posibilidades, aunque todavía no da del todo el nivel. Su tercera novela estuve a punto de tirarla pero, finalmente, la leí. Es excelente y se llama Llueve lluvia. Es una novela ambientada aquí, en el barrio de Tepito, en la lagunilla. Va sobre un cuate que se muere y se narra el velorio y el sepelio. En ese corto extracto de tiempo, sucede de todo. Sus personajes están extraordinariamente conseguidos […] Sin embargo, volviendo a Bolaño, te diría que no tuvo la capacidad de poder dar la vida a sus personajes. Sus personajes eran alter egos de él. Siempre hablaba él. No pueden hablar ellos. Sin embargo, en Llueve la lluvia los personajes hablan por ellos mismos, tienen vida propia. Tiene párrafos de seis páginas o de ocho, donde intervienen un montón de personajes sin notas y comillas y percibes quién está interviniendo o cuándo se interrumpe el diálogo. Tenemos narradores, sí. Y si es cierto lo que me dijeron del libro de Pedro Damián Bautista, lo confirmo. Yo mismo. Mis libros de cuentos ahí están. Por ejemplo, en Tzitzilini y otras lecciones del lado moridor llegué a una conclusión y a una síntesis entre el realismo mágico y el dialéctico que se volvieron barrocos […] Además, yo creo que todo artista verdadero es revolucionario y no puede ocupar el poder. Por esto, le dije a Bolaño que era un burócrata y, como ves, en cuanto pudo, comenzó a publicar sin cesar. Él era burócrata por eso.

ECP: ¿Y el Muralismo?

RME: Mira, para mí, los tres grandes muralistas son dos, Orozco, como los tres poderes de la Unión en México son dos, el ejecutivo. Es la misma vaina.

 ECP: ¿Fernando del Paso?

RME: A Fernando no lo conozco demasiado. A mi mujer le gustó mucho Palinuro de México y yo intenté leerlo, pero lo que más avancé a la tercera lectura fue como a la página cuarenta y ya lo dejé. De hecho, mi mujer, la segunda vez que lo leyó, no pudo avanzar más de la página cuarenta.

ECP: ¿Y los autores del crack como Volpi, Padilla o Eloy Urroz?

RME: Mira, a Volpi lo vi una vez en la televisión y supe que yo no tenía nada que ver con él, por lo que no me motiva leerlo. Me pareció un tipo banal, vacuo, vacío. Intenté leer algunos artículos escritos por él en Proceso pero, si te digo la verdad, no he podido terminar ni uno de ellos. Yo no tengo prejuicios y cuando algo no me nutre, lo suelto inmediatamente […] Trato de sonsacarle valores a los textos a partir de una tesis de Roland Barthes que propuso unos códigos específicos para interpretar los valores de la literatura y que me enseñó el profesor Joaquín Sánchez Mc Gregor, que le agregó el valor estructural. Barthes propuso los valores hermenéutico, de acciones, simbólico y de referencia. Lo que yo hago después de leer a los autores que me gustan, es aplicarles con rigor al releerlos estas teorías y allí los encuentro. Y cuando veo que estos textos no me gustan, les aplico estos valores a dos o tres párrafos y, rápidamente, los suelto. Que se vayan a aburrir a otras personas […] Si un día padezco de insomnio —cosa que no es frecuente en mí porque duermo como un bebé— me agarro un libro de esos, me chuto dos páginas y, seguramente, me duermo en seguida.

ECP: ¿Y tienes algo escrito sobre la revolución mexicana?

RME: Sí. Sucede que tengo  un problema con mi ensayo de la Revolución. Lo que llevaba avanzado, que eran como 60 páginas, me lo quebraron en la computadora. Se perdieron mis archivos y el trabajo de unos cinco años que tenía allí. Hablé con muchos contactos para que me mandaran gran parte de mis trabajos y los recuperé, pero ese ensayo no lo había enviado a nadie, por lo que tengo mis libros en la biblioteca ordenados para hacerlo, pero, desafortunadamente, ahora mismo, nada escrito.

ECP: ¿Y puedes explicarme algo de este libro?

RME: Sí. Considero igual que Adolfo Gilly que la Revolución mexicana es una revolución interrumpida. Aunque más que interrumpida, robada por la burguesía que estableció el estado de economía mixta que fracasó porque no puedes tener un estado de economía en el que se diga que tú controlas gran parte de los medios de producción y otra parte la iniciativa privada, porque vas a entrar en un conflicto. ¿De quién es el capital? ¿De la iniciativa privada o el Estado? Es el viejo dicho del que a quien dos amos sirve, con alguno queda mal. No puedes quedar bien con los burgueses y con quienes no tenemos nada. Y la prueba está en que después de la Segunda Guerra Mundial, en que se agudizó el proceso de globalización en el mundo, el estado mexicano no tuvo la posibilidad de satisfacer las demandas de nuestro pueblo ni refrendar el pacto que habían firmado en la Constitución de 1917.

Por ello, no tenemos acceso a la educación. Fíjate, la tierra es, por entero, de propiedad privada, como el agua, el aire. O recuerda el salario mínimo que aquí está en 50 pesos al día con lo que familia alguna puede vivir. Ahí se demuestra el fracaso de la burguesía. O se integran de pleno al proceso de globalización o lo hacen de otra forma y, como la globalización ha demostrado que no puede realizar justicia social alguna, pues es un fracaso rotundo, el camino es el socialismo. ¿Qué pasó con los estados obreros que hubo que no caminaron hacia el socialismo? Todos los países del mundo deben ser socialistas, para que esto funcione. Confundieron los sistemas de los estados obreros burocratizados con el método marxista. Porque el marxismo es un método y no un sistema. Si aplicas el método, el materialismo dialéctico e histórico, a cualquier cosa de la realidad, puedes caminar coherentemente allí, pero si piensas que es un sistema cerrado que brinca del esclavismo al feudalismo y de éste al capitalismo, te confundes […] Yo soy troskista y les advertí a los camaradas de la Cuarta Internacional, muchos años antes de la Caída del Muro de Berlín y de la caída de la Unión Soviética, que los camaradas del país ruso debían dejar de gastar tanto dinero en armas y en la carrera espacial, que debían centrarse en resolver los problemas económicos de la gente de su país, pero no me hicieron caso y ahí están las consecuencias […] Ahora dicen que ya no tiene sentido hablar del socialismo, pero esto no es cierto. Tanta más razón hoy por el fracaso de la globalización y el neoliberalismo […] No tienen soluciones para el planeta global. Están muriendo cincuenta mil personas de hambre diariamente. Esto es una barbaridad. El planeta tiene recursos para dar de comer a catorce mil millones de personas y estamos en seis mil. ¿Qué desmadre es este? ¿Por qué se mueren cincuenta mil? […] En fin, no sé si terminaré el ensayo de la Revolución mexicana pero lo intentaré. Lo tengo en proceso como estoy, asimismo, trabajando en tres novelas. De una, ya he trabajado el primer capítulo y se llama El inocente y tengo otra sobre la conquista de México que se llama Flor de fuego en azteca, Tletxochitl. Este título hace referencia a la imagen de la fogata cuando quemaron los libros, los códices en Teztoco. Aquí había cientos de miles de libros y allí los quemaron. Se robaron la cultura y después se robaron el lago. Luego tengo otra novela llamada El chacal.

ECP: ¿Qué me podrías decir de Jorge Ibargüengoitia, Sergio Pitol?

 RME: Ibargüengoitia me divierte. Me divirtieron mucho Los pasos de López y Maten al león. Me cagaba de risa con ellos pero, en verdad, no los voy a volver a leer […] A Pitol no lo leí, pero tengo ganas de leerlo porque mi mujer, que es muy buena lectora, se divirtió mucho con uno de sus libros. De todas maneras, ella critica un poco a Dostoievsky, al que yo admiro profundamente. Pero es buena lectora y cuando a ella le gusta un texto mío de prosa, yo me siento muy bien porque es una lectora exigente.

ECP: Y para terminar, ¿qué es lo que piensas que estás aportando o dejando a la literatura mexicana?

RME: Yo comparto lo que dijo Bolaño cuando nos calificó como infrarrealistas. Yo estoy trabajando para hacer una literatura clásica de mi tiempo, igual que hicieron mi hermano y Mario Santiago o igual que están haciendo actualmente Pedro Damián y Óscar Altamirano […] Los poetas mayores del movimiento infrarrealista son Mario Santiago Papasquiaro, Pedro Damián Bautista y Ramón Méndez Estrada. Óscar anda entre los grandes padres y los hermanos menores. Tal vez, Óscar se coloque pronto entre nosotros porque está a punto de soltar una experiencia bien pesada como sus años de experiencia con la guerrilla del Güero Medrano, pero todavía no. Probablemente se colocará entre los poetas mayores porque tiene mucho aliento para hacerlo. Todos los demás son poetas menores dentro del infrarrealismo, pero todos estamos trabajando por dejar una obra clásica. Por ello, nos peleamos contra los talleres en donde no estudian y nos burlamos de todos los panfletos que sacan de poesía […] Hace poco —el jueves pasado— terminé un mes de curso que estuve dando en el Instituto michoacano de la juventud. Estudiamos escritura. Empecé con valores literarios, siguió formas periodísticas y, más tarde, pasé a escritura artística y escritura práctica. Cuando estudiamos los valores literarios, puse a muchos autores muy buenos para enseñarles lo bueno que se puede encontrar en el arte. Pero, finalmente, les llevé un libro de poesía de un cuate que acaba de publicarlo. Se llama Tlatelolca y puse a mis alumnos a analizarlo. ¿Sabes? Le dijeron de todo. Desde que era incoherente hasta que no funcionaban sus imágenes. Mis alumnos se dieron cuenta en seguida que el libro estaba lleno de errores […] Por eso te digo que sé lo que estamos haciendo. Estamos haciendo literatura clásica. No me importa que me hayan publicado y, a estas alturas, me da igual, como, igualmente, no me importa si me recuerdan o no. A mí me gustó lo que hice. Siento que el país necesita humanistas y que los humanistas no viven en los libros ni en las bibliotecas sino que viven en contacto con las gentes y haciendo cosas entre las gentes […] De todas maneras, sé que si me publican a mí, se van a caer muchos de los monigotes que hay en la cultura oficial de México. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Los libros son aliento, vida y futuro

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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