Rosebud

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Los días previos al confinamiento, estuve limpiando y ordenando la casa de mi madre. No fue una experiencia fácil porque, cada cierto tiempo, encontraba una carta, una fotografía o una prenda de vestir que me devolvía a otros tiempos. En cierto sentido, al vaciar esas habitaciones, estaba ejerciendo de enterrador.  Acabando para siempre con la mayor parte de su vida (y también de la mía). Exterminando una parte de nuestra memoria común. Confrontándome con su muerte real una vez acaecida la oficial casi un año antes en un hospital.

Uno de los momentos en que peor lo pasé fue cuando encontré arrumbada en un cajón la máquina de coser con la que pacientemente hilaba mis jerseys y pantalones destrozados de tanto jugar durante la infancia. Prácticamente estuve dos o tres horas sin realizar ninguna acción ante la maraña de sensaciones que me envolvían. Recuerdos que iban y venían de todas partes, sin orden ni concierto, y no me permitían continuar mi trabajo. Creo que exactamente a eso se referían María Zambrano y Gaston Bachelard al advertirnos que, al memorizar, nunca empezamos por el principio sino que lo hacemos in media res. Que nuestros recuerdos son impulsados tanto por hechos aparentemente triviales como por objetos aparentemente sin importancia pero que, para nosotros, poseen una carga emocional, un contenido simbólico que nos supera.

Seguramente, a este hecho también se refería Vladimir Nabokov en el primer capítulo de su autobiografía, Habla memoria, cuando condensaba sus primeros recuerdos de la guerra entre Rusia y Japón en el puñado de cerillas colocadas por el general Kuropatin sobre una mesa de su casa de San Petersburgo el día exacto en el que le había sido concedido el mando supremo del Ejército Ruso en Extremo Oriente.

Años después, el padre de Nabokov encontraría en un puente al militar disfrazado de campesino para evitar ser apresado por los bolcheviques. En realidad, a su progenitor lo que más llamó su atención no fue tan sólo el estado deplorable en que el antaño elegante general se encontraba sino que ni tan siquiera tuviera unas míseras cerillas con las que encender un cigarrillo. Circunstancia que motivó la siguiente reflexión del escritor ruso: “me satisface (…) la evolución del tema de las cerillas: aquellas cerillas mágicas que (Kuropatin) me enseñó se habían malogrado y perdido, y también sus ejércitos habían desaparecido, y todo se había hundido como se hundieron los trenes de juguete que en el invierno de 1904-1905, en Wiesbaden, pretendí que circularan sobre los charcos helados del jardín del Hotel Oranien. El verdadero propósito de una autobiografía debería ser el de ir siguiendo estas tramas temáticas a lo largo de una vida”. Observación que se encuentra en la base de dos obras mayores como Ciudadano Kane o En busca del tiempo perdido.

Creo obviamente que, de vivir actualmente, Nabokov se plantearía su autobiografía de manera muy distinta. Probablemente presentara un libro con todas sus páginas en blanco. Porque, en esencia, no hay mucho que merezca la pena ser recordado de nuestra época. Los objetos que nos identifican actualmente son computadores, televisiones y teléfonos móviles. De uno u otro modo, hemos ido desprendiendo de contenido simbólico a nuestros hogares. Nuestras casas son hoteles y nuestros hospitales y morgues son momentáneamente recintos deportivos y parkings llenos de residuos. De mesas y sillas plegables. De objetos que anuncian su desaparición desde que son estrenados. Puesto que no nacen para perdurar sino para ser fulminados. Y consecuentemente, su presencia invoca un vacío. La ausencia de historia. De pasado. Y también de futuro. La enfermedad total.

Occidente al completo es una novela gótica llena de fantasmas. Un relato de Antonio Tabucchi plagado de ausencias. Un lienzo de un campo de concentración lleno de presos celebrando su entierro u oprimidos por su soledad. Una característica que la pandemia no ha hecho más que extremar. España entera de hecho se ha convertido en un poema de Hijos de la ira y el mundo en una mezcla entre una novela de Stephen King y Juan Rulfo. Un haiku fúnebre lleno de redobles de tambor. Los vivos se han convertido en zombies y los muertos en espectros que revolotean alrededor nuestro porque no descansan. ¿Cómo van a hacerlo si no han podido despedirse con un abrazo de sus seres queridos y se los desea enterrar en ataúdes de cartón? Miles de personas han desaparecido como si nunca hubieran existido dejando un vacío tan grande en el recuerdo de sus familiares como el que suele extender el arte moderno en nuestras conciencia. Un refulgente flash que se consume inmediatamente al ritmo de las cientos de insustanciales polémicas que se suceden en esas redes sociales impalpables e intangibles en las cuales obviamente no hay ninguno de esos robustos muebles y vetustas máquinas de coser que ejercían de resistente hilo de Ariadna en los infiernos modernos. Signo de que, a día de hoy, estamos siendo condenados al olvido instantáneo y perpetuo y de que, posiblemente, dentro de unos meses, pocos en la opinión pública recordarán estos muertos por otros motivos que no sea intereses electorales. Es decir; para compararlos con los de otros países ya sea para minusvalorarlos o magnificarlos. Shalam

نميل إلى تذكر ما نريد أن ننسى

Para muchos hombres, la guerra es la vida.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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