Sergio Pitol: la literatura imaginaria

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A día de hoy, lo que más me interesa de la escritura de Sergio Pitol es su carácter huidizo, que tiene mucho que ver con el vértigo que producen muchos de sus textos. Cuentos, ensayos y novelas que se encuentran en la  frontera de la realidad y la imaginación. En medio de un precipicio o colina que marca las líneas del pasado y el futuro de la literatura: aquello que fue y aquello en lo que podría convertirse con el transcurrir del tiempo.

Considero, sí, que la obra de Sergio Pitol es la incitación a descubrir una nueva literatura que todavía no había llegado cuando él se encontraba en plenitud de facultades, pero ya se atisbaba en el horizonte. Que su obra es un homenaje a la cultura tradicional y clásica pero también una especie de sortilegio alquímico que intenta abrir ventanas por las que se oteen nuevos parajes. De hecho, creo que esa tensión entre lo “antiguo” y lo “nuevo”, el castillo donde se reúnen los personaje clásicos y las habitaciones en las que poco a poco se van forjando los futuros, es la base esencial de una obra hermética y que se resiste a ser interpretada debido a su carácter camaleónico. Su capacidad de mutar junto a los paisajes que describe y de adaptarse a las temáticas narradas con una perspicacia y agudeza extremas. Una sutileza que le permite recorrer dificultosos caminos con una soltura que procede probablemente tanto del amor que guarda a la literatura como del respeto con el que se ha acercado a ella.

Pienso, de hecho, que Pitol es un escritor de referencia porque, a pesar de su ingeniosa personalidad, deja de lado el ego en sus textos. Intenta transformarse en escritura obviando su personalidad. Tanto es así que el aroma alquímico que desprende su obra, entiendo que procede de allí:  de su capacidad de rejuvenecer con cada palabra así como de la conciencia que posee de que cada frase puede ser un conjuro mágico y cada libro un elixir. Una puerta de entrada a un laberinto cuyas grietas y paredes tienen la textura y forma de la cultura occidental, tal y como ocurre con la literatura de Jorge Luis Borges, pero en este caso, no tanto como metáfora de cárcel o infierno sino como reflejo de las múltiples posibilidades vitales.

Lo cierto es que a Pitol se le conoce casi más por aquellos autores que ama que por sus escritos. Su literatura es una especie de museo repleto de lienzos donde aparecen retratados viejos caballeros que, de improviso, se ponen a hablar con nosotros en un idioma con el que cuesta familiarizarse pero, con el tiempo, comprendemos que no es tan difícil porque es eterno. Es una bodega llena de ecos culturales cercanos y lejanos porque la plasticidad de su prosa absorbe todo aquello sobre lo que posa su mirada.

Tras muchos de sus libros, sin necesidad de que los cite expresamente, sentimos, por ejemplo, el grácil movimiento de algunos de los jóvenes personajes de Ingmar Bergman, la mirada deforme de ciertas ancianas que aparecen en el cine de Ernst Lubitsch, o las voces tronando de varios tenores de ópera. Básicamente, porque su obra es una caja de Pandora cultural. Un caleidoscópico baúl en el que decenas de hitos literarios se juntan a conversar bajo su batuta. Nunca, eso sí, de manera directa y frontal sino de forma indirecta y velada.

En realidad, Sergio Pitol es el Mozart de las letras mexicanas. No importa cuánto deforme la realidad, a qué grado de exageración lleve sus parodias o si se asoma a los pozos de la desesperación, sus palabras siempre resuenan elegantes y contenidas. Transmiten una alegría, un júbilo sordo que trasciende a la propia escritura convertida en sus libros en una alargada góndola capaz de recorrer paisajes maravillosos y terribles con buen ánimo.

De hecho, su literatura sonríe, se carcajea y se contrae como los ojos atemorizados de un niño con suma elasticidad pero nunca pierde su carácter jovial. Nunca abandona la sonrisa porque, en el fondo, es una fiesta. Una invitación a imaginar constantemente nuevos libros y argumentos. De tal forma que, a pesar del excelente acabado de muchas de sus novelas y cuentos, casi todos sus textos nos invitan a pensar en hipotéticos argumentos y tramas cuyo desarrollo vislumbramos y casi que podemos percibir a medida que vamos ahondando en lo realmente escrito. Lo que permite vislumbrar su obra como una improvisación excelentemente ejecutada. No tanto una versión definitiva de la vida sino más bien una provisoria. El ensayo infinito de un músico que, cuando presenta una obra ante un auditorio, lo hace más porque no le queda más remedio que porque realmente se sienta totalmente satisfecho de ella. Más por obligación contractual que porque haya llegado a profundizar en todos los matices de la melodía que se encuentra dispuesto a interpretar.

Ciertamente, para Pitol -así veo yo su obra- la literatura nunca se encuentra realmente acabada. Es siempre una célula viva y “abierta” cuya misión no es tanto conseguir que nos recreemos con lo que ha sido escrito sino con lo que podría haber sido escrito. Con todos los libros cuyo argumento podemos imaginar a partir de los que nos han sido dados y los que él nos ha entregado, no tanto como constatación de su talento sino más bien como promesa del mismo. Una clara manifestación de que el “genio” reina tanto en lo que se muestra como en lo que se oculta, lo dicho y lo silenciado. Y de que la felicidad total no se halla tanto en la realidad sino en la imaginación.

En suma, sí, la grandeza a día de hoy, para mí, de la obra de Pitol radica en haber contribuido a crear una obra literaria secreta e imaginaria tan o más valiosa que la real. Una biblioteca paralela cuyas páginas debemos urdir entre todos sin necesidad de los escritores. Shalam

إنَّ الْهَدَيَا عَلَى قَدْرِ مُهْدِيهَا

 Mejor el demonio que te hace progresar, que el ángel que te amenaza

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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