Solaris

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Según mi punto de vista, tras un escritor de ciencia ficción, por lo general, se encuentra un rastreador de catástrofes. Un visionario de apocalipsis. Un escéptico que ve muy difícil el entendimiento entre seres humanos y tiene una percepción muy clara de los límites a los que como raza podemos llegar y las consecuencias que de transgredirlos, nos veremos abocados a sufrir. Se siente apresado, atrapado por el tiempo cronométrico. Casi esclavizado a él. Sufre de no poder cambiar la historia y se asoma hacia otras dimensiones para flexibilizar nuestra razón, creencias y alterarlas completamente. En esencia, por tanto, es un hombre triste y descontento con este mundo. O con el trato que le damos o la forma de concebirlo y analizarlo. Por lo que es lógico que varias de las más grandes obras de la ciencia ficción intenten encontrar remedio a esa melancolía de fondo que subyace en el alma humana y en gran parte del género más allá del atrezzo científico en torno al que se desarrolla. Algo que intentarán yendo al encuentro del “otro”. Buscando ese ser o experiencia que redima al ser humano que puede ser un extratarrestre o un planeta desconocido que generalmente actuará como símil de la necesidad humana de reunirse con una parte suya perdida que aún no conoce.

En cierto sentido, al hacernos encontrarnos con un “otro” absolutamente distinto, esta búsqueda supone y prefigura un reaprendizaje del amor. Volver a retomar lo que este sentimiento fue o representó siglos atrás. Cuando aún no había sido manoseado ni manipulado por la perversa publicidad o el desgaste producido por aludir a él continuamente en todo momento. Y el viaje se convierte así en una experiencia que va más allá de los límites del alma humana, obligándonos a crecer. Lo queramos o no. Abriéndonos al descubrimiento del Universo y a las fuentes con las que fue generado; a su cariño, misterios e incertidumbres. Que son enigmas, milagros y regalos que en parte hemos perdido desde fines del siglo XIX precipitando la segunda guerra mundial, la amenaza nuclear y el estado de congoja actual del que es consecuencia tanto el consumismo como la actual crisis de valores (que se encuentra detrás de la económica) de las que acaso únicamente pudiera sacarnos un inminente apocalipsis como refleja Lars Von Trier en la alucinante escena con que cierra Melancholia; a través de la que nos sugiere que es producto de nuestro egoísmo, de nuestra falta de intereses altruistas y auténtico amor (algo que refleja bastante bien la clase burguesa a la que retrata y fustiga en la película y a lo largo de toda su obra) que se produce el fin. Pues el planeta Melancholia es más un estado de ánimo que algo real, una imagen creada por nuestra falta de recursos para afrontar la experiencia humana que una amenaza verdadera. Y su colisión con nuestro planeta, por tanto, es una advertencia y una constatación de que, como raza, estamos fracasando antes que un retrato más o menos conseguido de una catástrofe.

Parece necesario, en cualquier caso, diferenciar dos tipos de obras en el género de la ciencia ficción. Aquellas en las que el extratarrestre o el espacio exterior son vistos como una amenaza; que suelen tener un claro contenido político (en su mayor parte conservador) y, por lo general, suelen responder a los intereses de la clase dirigente del país en que se realiza la obra (como es el caso de V, Independence day o incluso La guerra de los mundos) de aquellas otras en que el autor se atreve, aun con una venda tapando sus ojos, a adentrarse en el espacio encontrando respuestas (a veces sorprendentes) según traza su camino. Entre ellas, desde luego, se encuentra Solaris. La poética novela de Stanislaw Lem que no por casualidad fue adaptada al cine por un hombre tan profundamente espiritual como Andrey Tarkovsky. Pues en el fondo es una texto profundamente humanista que se atreve a investigar los poderes del Universo, intentando descifrar algunos de sus mensajes divinos y, aun sin encontrar respuestas concretas, trata de religarlos a nuestra experiencia.

Solaris es un planeta remoto que gravita en torno a dos soles, uno rojo y otro azul, que se encuentra formado por un enorme océano protoplasmático y ha suscitado todo tipo de hipótesis científicas del cual se piensa tiene vida propia e inteligencia. Algo que, de una forma inédita, prueba ser cierto cuando a cada uno de los miembros de la tripulación que ha ido a explorarlo, se comienzan a encontrar con apariciones, reflejos casi perfectos de almas con las que estuvieron unidos por algún lazo especial (o no) en la tierra. Estas personas pueden ser reflejos perdidos, conocidos, hermanos, amigos o familiares y son completamente iguales a las personas que conocieron salvo que no son humanos. Circunstancia que ellos no terminan de comprender provocando y extendiendo la confusión allí donde van. Pues tienen sentimientos y recuerdos reales de esas otras personas con las que su identificación es absoluta. Es decir; no son su doble ni tienen conciencia de serlo. Creen que son exactamente esa otra persona. A lo que se añade su capacidad de conocer secretos íntimos, escarbar en la conciencia de quien tienen delante. Y esto hace que las más imprevisibles situaciones se produzcan así como el desgarro consecuente al reencuentro con la persona querida y la necesaria y más que probable separación. Como, igualmente, provoca que dejen a su paso, un rastro de locura e incomprensión.

Por ejemplo, al Doctor Kelvin, el protagonista principal del relato, se le aparece su mujer, Harey, fallecida por suicidio tiempo atrás. Y consigue reeditar un amor ya enterrado en escenas de gran belleza y complejidad sobre los que el cineasta Sodebergh cimentó su adaptación de la novela en una película que aprovecha la metáfora compuesta por Lem, para explorar el tema del “amor eterno”, acabar con la finitud temporal y encerrar a los personajes finalmente en un bucle sin fin donde, ante todo, prevalecerán sus sentimientos. Un aspecto que, desde luego a Tarkovsky le interesaba mucho menos. Pues él focalizaba su mirada en el crecimiento personal y espiritual que esto podía producir; en cómo estas manifestaciones, formas de conversar con los seres humanos en un lenguaje incomprensible por parte del planeta Solaris, eran asimilables con la manera que el creador tiene de relacionarse con nosotros en la tierra que no conseguimos percibir o vivenciar como milagros debido a nuestras neurosis, a lo cerrado que tenemos nuestro corazón. Que, simplemente, abriéndolo un poco, podría mostrarnos tantas o más maravillas que las experimentadas junto a ese enigmático mundo.

Puede que el haber sido rodada en un estudio de televisión, contribuyera a que en la versión cinematográfica realizada por Boris Nirenburg en 1968, este hecho se pusiera muy claramente de manifiesto. Las estructuras arquitectónicas, extremadamente racionales de la nave donde transcurría la acción que, en algún caso, transmitían claustrofobia y sensación de encierro  contrastaban con las escasas imágenes que se veían del planeta Solaris: la vasta vida en libertad imposible de ser definida o limitada. Y probablemente tampoco comprendida. Como manifestaba un artefacto novelístico realmente ingenioso y seductor que perturbaba en cuanto no daba respuestas claras.   Ridiculizaba o, en cierto modo, cuestionaba y relativizaba todo nuestro engranaje científico. Insistía en la fabricación de ciertas ideas e imágenes, en cierto modo, platónicas para investigar la psique del Universo y sus formas de manifestarse a través de un ignoto inconsciente colectivo. Se recreaba por momentos en lo accesorio -esas descripciones de aquellas estructuras efímeras, “mimoides” capaces de reproducir inmediatamente un maniquí, una muñeca, la talla de un perro o un árbol que terminaban por disolverse y confundirse con el océano- y abría un horizonte de duda inmenso sobre lo desconocido. ¿Podríamos entendernos realmente con una inteligencia extrarrestre, sería posible que nuestros lenguajes terminaran por acoplarse; cuánto estaríamos dispuestos a modificar de nuestra estructura para que este encuentro se produjera? ¿Qué sucedería si aún poniendo todo lo posible de nuestra parte, el entendimiento nunca se produjera? ¿Reaccionaríamos violentamente? ¿Por qué el planeta Solaris se comunicaba con nosotros de esta manera, dándonos lo que más lamentábamos haber perdido?, ¿no podía ser esto una muestra de amor pero errada?, ¿Y de ser una muestra de amor consciente, hecha para ponernos a prueba y comprobar qué es lo que podemos dar y ofrecer; en qué medida éramos merecedores de comunicarnos con una inteligencia superior o tan sumamente diferente que acaso tendrían que pasar siglos para comenzar a entenderla?

Si nos fijamos,  gran parte de las preguntas que planteaba la novela de Lem son asimilables a las que pudimos tener como seres humanos en los principios de nuestra historia. En un momento determinado, tuvimos que percibir la vida y el desenvolverse natural de este planeta como lo hacemos con las manifestaciones sobrenaturales de Solaris. ¿Qué podían pensar nuestros antepasados ante los dinosaurios, los indígenas frente a los soldados occidentales, un conquistador al llegar al río Amazonas o los primeros exploradores de los polos árticos? ¿No eran estas formas milagrosas, casi incomprensibles para nuestra razón de aquel entonces, de manifestarse del planeta tierra? Si respondemos afirmativamente, nos daremos cuenta que en  la ciencia-ficción todo principio remite a un fin y viceversa. Que la exploración del nuevo mundo alude a la primera que hicimos del nuestro y a la posibilidad de que, otra vez, nos encontremos ante grandes desafíos en un círculo que se desdobla continuamente y no se cierra jamás. Es imposible. Lo que demuestra que el escritor de este género lo cultiva como tabla de salvación; como un existencialista que rastrea su angustia por la vida en un océano de estrellas hasta encontrar una que con su luz irradia esperanza y confianza. Ilumina no sólo su razón sino también su corazón. Y es entonces que vuelve a tener fe. Pues si bien la historia no se repite, sí lo hacen la emoción primera que siguió a su descubrimiento y progresiva colonización. Las preguntas y las dudas que de ser resueltas acaso anuncien la llegada de una nueva era de conciencia que reconstruya el sistema político-social humano o el inminente contacto con una inteligencia de cuyo contacto podamos esperar un nuevo reinicio. Algo que Lem cuestiona, sin dejar de confiar en ello, en la maravillosa escena final con que cierra su libro donde mientras el Doctor Kelvin es sostenido por el océano de Solaris que lo envuelve y le regala una flor como si aceptara su presencia,  revela encontrarse maniatado por su desesperanza en el destino del ser humano o nuestra incapacidad por revertir y aceptar nuestra frágil condición que con tanta claridad los “milagros” engendrados por el planeta Solaris, ponen al descubierto. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Mira a las estrellas, pero no te olvides de encender la lumbre en el hogar

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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