Solaris

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Según mi punto de vista, tras un escritor de ciencia ficción se suele ocultar un rastreador de catástrofes. Un visionario de apocalipsis. Un escéptico que ve muy difícil el entendimiento entre seres humanos y tiene una percepción muy clara de los límites a los que como raza podemos llegar así como los hechos que nos veremos abocados a sufrir en caso de transgredirlos. El escritor de ciencia ficción se siente apresado, atrapado por el tiempo cronométrico. Casi esclavizado a él. Sufre de no poder cambiar la historia y se asoma hacia otras dimensiones para flexibilizar nuestra razón, creencias y alterarlas completamente. En esencia, por tanto, es un hombre triste y descontento con este mundo. Por lo que es lógico que varias de las más grandes obras de la ciencia ficción intenten encontrar remedio a esa melancolía que subyace en el alma humana, yendo al encuentro del “otro”. Buscando ese ser (extraterrestre) o experiencia (incursión en planeta desconocido) que redima al ser humano de sus males terrenales.

En cierto sentido, al conducirnos a encontrarnos con un “otro” absolutamente distinto, esta búsqueda conlleva un reaprendizaje del amor. Nos aboca a retomar lo que este sentimiento fue o representó siglos atrás. Cuando aún no había sido manoseado ni manipulado por la perversa publicidad o el desgaste producido por aludir a él continuamente en todo momento. Un hecho que refleja perfectamente el estado de congoja actual de Occidente, consecuencia tanto del consumismo como de una crisis de valores (que se encuentra detrás de la económica) de las que acaso únicamente pudiera sacarnos un inminente Apocalipsis como proyecta Lars Von Trier en la alucinante escena con que cierra Melancholia. Un film a través del que nos sugiere que nuestro ocaso es producto de nuestro egoísmo, de nuestra falta de intereses altruistas y auténtico amor. Pues el planeta Melancholia es más un estado de ánimo que algo real. Más una imagen creada por nuestra falta de recursos para afrontar la experiencia humana que una amenaza verdadera.

Parece necesario, en cualquier caso, diferenciar dos tipos de obras en el género de la ciencia ficción. En primer lugar, aquellas en las que el extraterrestre o el espacio exterior son vistos como una amenaza, las cuales suelen tener un claro contenido político (en su mayor parte conservador) y, por lo general, suelen responder a los intereses de la clase dirigente del país en que se realiza la obra (como es el caso de V, Independence day o incluso La guerra de los mundos). Y en segundo lugar, aquellas otras en las que el autor se atreve, aun con una venda tapando sus ojos, a incursionar en el espacio exterior encontrando respuestas (a veces sorprendentes) según traza su camino por lo desconocido. Entre estas últimas se encuentra, desde luego, Solaris. La poética novela de Stanislaw Lem que no por casualidad -dado que es una obra profundamente humanista- fue adaptada al cine por un hombre tan profundamente espiritual como Andrei Tarkovsky.

Solaris es un planeta remoto que gravita en torno a dos soles, uno rojo y otro azul, se encuentra formado por un enorme océano protoplasmático y ha suscitado todo tipo de hipótesis científicas. De hecho, se cree que tiene vida propia e inteligencia. Algo que, de una forma inédita, prueba ser cierto cuando cada uno de los miembros de la tripulación que ha ido a explorarlo, se comienzan a encontrar con apariciones, reflejos casi perfectos de almas con las que estuvieron unidos por algún lazo especial en la tierra. Estas personas pueden ser conocidos, hermanos, amigos o familiares y son completamente iguales a quienes los astronautas conocieron, hecha la salvedad de que no son humanos y son capaces de descubrir secretos íntimos y escarbar en la conciencia de quien tienen delante. Circunstancia que provoca las más imprevisibles situaciones dentro de la nave espacial que por lo general, terminan en locura e incomprensión.

Por ejemplo, al Doctor Kelvin, el protagonista principal del relato, se le aparece su mujer, Harey, fallecida por suicidio tiempo atrás. Una nueva oportunidad amorosa que provoca un gran número de escenas de gran belleza y complejidad sobre las que el cineasta Steven Sodebergh cimentó su adaptación de la novela de Lem para explorar el tema del “amor eterno”,  encerrando a los personajes en un bucle sin fin donde, ante todo, prevalecerán sus sentimientos. Un aspecto de la novela que, desde luego a Tarkovsky le interesaba mucho menos. Pues el director ruso focalizó ante todo, su mirada en el crecimiento personal y espiritual que este reencuentro podía producir. Visualizando a todos aquellos seres humanos y extraños como proyecciones divinas. Reflejos intensos de la manera que el creador tiene de relacionarse con los seres humanos que generalmente no podemos percibir debido a nuestras neurosis. Lo cerrado que tenemos nuestro corazón.

Igualmente, tal vez por haber sido rodada en un estudio de televisión, la versión cinematográfica realizada por Boris Nirenburg en 1968 ponía muy claramente de manifiesto la neurosis occidental. Las claustrofóbicas estructuras arquitectónicas de la nave donde transcurría la acción, contrastaban con las escasas imágenes que se veían del planeta Solaris que aludían, por contra, a la vasta vida en libertad imposible de ser definida o limitada. Y probablemente tampoco comprendida. Algo que se ponía de manifiesto con mucha claridad en la novela de Lem. Un artefacto profundamente perturbador que no proporcionaba respuestas claras a las cuestiones planteadas y de paso, ridiculizaba, cuestionaba y relativizaba todo nuestro engranaje científico. Insistiendo en describir el ignoto inconsciente colectivo del Universo a medida que abría un horizonte de duda inmenso sobre lo desconocido.

¿Podríamos entendernos realmente con una inteligencia extraterrestre?¿Qué sucedería si aún poniendo todo lo posible de nuestra parte, la compresión nunca se produjera? ¿Reaccionaríamos violentamente? ¿Por qué el planeta Solaris se comunicaba con los seres humanos dándonos aquello que habíamos perdido? ¿Era esto una muestra de amor errada o consciente?

Como es fácilmente comprobable, gran parte de las preguntas que planteaba la novela de Lem son asimilables a las que fueron formuladas en los principios de nuestra historia. ¿Qué podían pensar los hombres de las cavernas ante los dinosaurios, los indígenas frente a los soldados occidentales, un conquistador al llegar al río Amazonas o los primeros exploradores de los polos árticos? ¿No fueron estos sucesos históricos milagros incomprensibles para el desarrollo de la conciencia de los hombres de aquellos tiempos como lo es el planeta Solaris para los astronautas del libro?

La respuesta parece claro que es afirmativa. La exploración de mundos desconocidos por parte de astronautas remite a los primeros viajes que hicieron nuestros antepasados por los mares oceánicos o tierras inhóspitas. Y en este sentido, el escritor de ciencia ficción tiene algo de aventurero. Es alguien que busca luces en la oscuridad. No evita enfrentarse a nuevos desafíos e intenta encontrar el tesoro mayor: signos, señales de una nueva inteligencia de cuyo contacto tal vez brote un nuevo despertar. Una posibilidad que Lem cuestiona en el maravilloso final de su libro. Una escena en la que el Doctor Kelvin es sostenido por el océano de Solaris. Un mar que lo envuelve y le regala una flor aceptando su presencia pero que, a pesar de su generosidad, no encuentra más respuesta por parte del Doctor que la duda y la desesperanza. Un hecho que prueba la dificultad del ser humano para aceptar su frágil condición, tal y como los “milagros” engendrados por el planeta Solaris ponían claramente al descubierto. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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