Solos

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Me ocurre algo curioso cuando leo las novelas de Thomas Bernhard y las de Samuel Beckett. (No así con sus obras de teatro). Las del escritor austriaco me dan ganas de vivir. Su locura me da alegría. Su infelicidad es un bálsamo optimista. Su rabia me transmite vitalidad. Leo a Bernhard y rejuvenezco. Su odio es reparador. Cuanto más salvaje es Bernhard más paz siento. Más disfruto y creo en la justicia divina. En la mayoría de las ocasiones, no me interesa en absoluto lo que el narrador de sus furibundos textos cuenta, pero lo hace con tal intensidad y destreza que finalmente acabo totalmente sumergido en la trama. Y el punto y aparte final me sienta como un navajazo en el estómago. Un codazo que me deja solo y sin protección ante el mundo. Por el contrario, cuando leo a Samuel Beckett tiendo a deprimirme. La existencia me resulta insoportable. Intolerable. Las obras del escritor francés son un cáncer lingüístico que va minando lentamente, paso a paso, mis resistencias emocionales e intelectuales. Son una pastilla entumecedora. Las leo y me siento molesto. Encerrado. A veces asfixiado. Duermo y lo hago intranquilo. Con cierta ansiedad. Soy vulnerable.

No creo que ambos autores sean complementarios. Lo que no significa que sean excluyentes y mucho menos opuestos. Bernhard se está siempre riendo del mundo pero Beckett se lo toma demasiado en serio. Tanto que sus novelas son un relato sobre la disolución de la realidad y el yo. Beckett es arisco. No percibo ni odio ni amor en su prosa. Describe con idéntica indiferencia un asesinato que un paseo por la ciudad. Y Bernhard es pura pasión. Hace épica destructiva y demoledora de un pestañeo o un apretón de manos.

Thomas Bernhard es un Dostoievsky con el alma de un bufón. Su literatura es un carnaval violento. Un puñal. Bernhard es un asesino y Beckett un artista tan pesimista que acaba ejerciendo de funcionario. Como si fuera un metódico personaje de Kafka, va laboriosamente enredando la trama y destruyéndola hasta que el lector cae atrapado en un mundo absurdo que no comprende sin respuesta alguna. En la sociedad de Beckett no hay fiestas. Cualquier día es igual a otro. Todo el tiempo es lunes. Nada tiene sentido. Todo es absurdo. Lavarse los dientes o leer el periódico son actos mortales. Repetitivos. No traen más que brumas. Son un reflejo de la desidia humana. En las obras de Samuel Beckett no hay más que lenguaje. El hombre es lenguaje. Abstracción. Y en la de Bernhard, risas y odio. Rabia y carcajadas. Ambos autores en última instancia dejan muy claro que ser humano es estar solo. Y que más allá de la soledad total y absoluta sólo hay guerras y mentiras. El absurdo y lamentable mundo cotidiano. Shalam

لا يوجد شغف أقوى من الكسل

No existe pasión más poderosa que la de la pereza

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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