Stanislaw Lem o las tinieblas del espacio

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El anterior avería estuvo dedicado a Solaris. Y éste también lo va a estar. Pues volviendo a releer la novela de Lem, he encontrado un párrafo que define perfectamente la ansiedad  del ser humano por encontrar vida más allá de la tierra. Y deseo colocarlo a continuación porque se encuentra muy próximo a algunos de los textos históricos escritos por los cronistas de Indias o ensayistas latinos así como de los redactados por los más lúcidos narradores de aventuras del siglo XX. De hecho, si quitamos la hojarasca científica del texto de Lem, podría pensarse que nos encontramos ante unas reflexiones de Alvaro Mutis o de Joseph conrad. Y forzando un poco más la máquina, hasta encontrar similitudes con ciertos pensamientos de Ismael en Moby Dick. Pues un poso de angustia existencial, un incomodo propio de nuestra cultura occidental late por un párrafo que permite, a su vez, identificar muchos de los males del colonialismo.

En fin, sin más dilaciones, ahí va:

“Nos internamos en el cosmos preparados para todo, es decir para la soledad, la lucha, la fatiga y la muerte. Evitamos decirlo, por pudor, pero en algunos momentos pensamos muy bien de nosotros mismos. Y sin embargo, bien mirado, nuestro fervor es puro camelo. No queremos conquistar el cosmos, sólo queremos extender la Tierra hasta los lindes del cosmos. Para nosotros, tal planeta es árido como el Sahara, tal otro glacial como el Polo Norte, un tercero lujurioso como la Amazonia. Somos humanitarios y caballerescos, no queremos someter a otras razas, queremos simplemente transmitirles nuestros valores y apoderarnos en cambio de un patrimonio ajeno. Nos consideramos los caballeros del Santo-Contacto. Es otra mentira. No tenemos necesidad de otros mundos. Lo que necesitamos son espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Un solo mundo, nuestro mundo, nos basta, pero no nos gusta como es. Buscamos una imagen ideal de nuestro propio mundo; partimos en busca de un planeta, de una civilización superior a la nuestra, pero desarrollada de acuerdo con un prototipo: nuestro pasado primitivo. Por otra parte, hay en nosotros algo que rechazamos; nos defendemos contra eso, y sin embargo subsiste, pues no dejamos la Tierra en un estado de prístina inocencia, no es sólo una estatua del Hombre-Héroe la que parte en vuelo. Nos posamos aquí tal como somos en realidad, y cuando la página se vuelve y nos revela otra realidad, esa parte que preferimos pasar en silencio, Solaris, ya no estamos de acuerdo”. Shalam

بيْضة اليوْم خيْر مِن دجاجة الغدّ

No hay sol para los ciegos ni tormenta para los sordos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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