Stockhausen

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Siempre estoy leyendo varios libros. Soy incapaz de centrarme solo en uno. Además de En el camino -que estoy ya terminando- actualmente finalizo la cuarta parte de Guerra y paz, me encuentro a la mitad de Crematorio de Rafael Chirbes, llevo bien avanzado el primer tomo, Infancia, de las memorias de Coetzee y estoy comenzando El odio a la música de Pascale Quignard. De este último, no me interesa hasta ahora tanto lo que dice en cada una de sus entradas -aunque reconozco que he leído algunas fascinantes- sino lo que se sugiere del conjunto. Me parece muy seductor lo que propone aunque no alcanzo ni deseo penetrar hasta el fondo de los recónditos significados de las pequeñas historias -en verdad, son casi acuarelas- a las que se refiere. Lo que no es malo en sí mismo. Al contrario, pues me parece que lo que pretende el autor, es que nos olvidemos del argumento, de la historia narrada y nos centremos en los sonidos que describe: el ruido del viento en los árboles, el de la lluvia, el crack de un piano cuando lo abrimos y cerramos, los crujidos de la mente de Stockhausen, el roce de las campanas justo antes de que comiencen a repiquetear, el sigiloso discurrir del agua de los ríos o el de una gotera en una cueva en la que se halla encadenado un mercader enamorado de la bella Zobeida.

De alguna forma, creo que lo que hace en este libro Quignard es orar. Y por ello, me atrevería a definir el libro como una oración dedicada al sonido, si no fuera porque está dedicado al espanto hacia lo “escuchado”. De hecho, me inclinaría a sugerir, aunque apenas estoy comenzándolo, que es una especie de indagación sobre el tiempo previo al ruido. Es decir; un valiente intento de conocer libremente qué oíamos -si es que podíamos oír algo- justo antes de que el espermatozoide y el óvulo se uniesen. De qué naturaleza fueron los sonidos escuchados por el niño en el útero y en qué medida estos influyeron en su vida. ¿No tuvo que sentir miedo, espanto al escucharlos puesto que representaban todo aquello que era desconocido y exterior a él que podía poner en peligro su vida?

Es claro que esto es una interpretación libre mía del libro de Quignard. Apenas estoy introduciéndome en él. Y puede que el texto me depare muchas sorpresas. Hay pasajes hermosos dedicados a un escritor que siempre me pareció muy atractivo, Chétrien de Troyes. Y solo por esto yo lo recomendaría. Y me parece muy bien lograda la forma en que nos relata los suplicios de Pedro al negar por tres veces a Cristo. Pues lo hace enfatizando la forma en que el discípulo se relacionó con los sonidos. Cuánto de amenazantes o lastimosos se le hicieron esos días ecos naturales, ruidos que, de estar en otra situación, hubiera percibido de manera muy diferente.

Quignard me parece más un artesano que un artista o escritor. No lo veo como un novelista. Su papel es el de un ser que escarba en los dos campos, filosofía y narración, para construirse un lugar propio. Una especie de jardín personal impenetrable que de vez en cuando comparte con sus lectores. Obviamente, continuaré leyendo su acuarela, tratado o como se le quiera denominar. Me parece que no hay muchas excusas para no hacerlo. Shalam

 لا توبة 

 Cuatro cosas hay que nunca vuelven más: una bala disparada, una palabra hablada, un tiempo pasado y una ocasión desaprovechada.

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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