Tarzán

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No es casual la relevancia que ha tenido un personaje como Tarzán a lo largo de la historia. Cuando Edgar Rice Burroughs lo creó en 1912, Occidente ya era esa fábrica industrial en la que acabarían estallando dos guerras mundiales. Una olla a presión que iba poco a poco llenándose de máquinas que hacían añorar los terruños y territorios agrestes colocados en primer plano por los románticos. Y Nueva York, una ciudad muy parecida al gigante tecnológico lleno de rascacielos y edificios simétricos parecidos a buitres que provocaría espasmos a García Lorca. En esas circunstancias un tanto opresivas, un personaje como Tarzán era un boca a boca para la psique del habitante de las urbes modernas. Pues era un hijo de aristócratas criado en la selva. Un europeo -su nacionalidad era escocesa- obligado a subsistir en medio de las cavernas de ese mundo natural que estaba siendo aniquilado lentamente por el colonialismo y del que se sentían exiliados la mayoría de occidentales.

Tarzán era un arquetipo. Un nuevo Adán. Un prototipo moderno del primer hombre paradisíaco cuya fortaleza y frescura contrastaban con las imágenes torturadas y sangrientas de Cristo y cuyo pecho descubierto relucía poderoso e imperturbable frente a la arrugada piel y el gesto contrariado y frustrado de los eclesiásticos que se arrodillaban ante las estatuas de un ídolo muerto.

Tarzán representaba la esperanza. El retorno del optimismo. El triunfo de la naturaleza sobre la técnica. El regreso al Edén. A los jardines salvajes del Antiguo Testamento en los que el ser humano aún estaba por moldear y la voz del creador se confundía con la de las bestias, insectos, mares y lluvia. Su figura por tanto daba una vuelta de tuerca a lo expresado por Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas. De hecho, era la antítesis de Kurtz. Un hombre que contrarrestaba la imagen de la decadencia occidental con su energía y potencia y devolvía al primer plano los debates sobre el buen salvaje. Por lo que no es de extrañar que, a pesar de que en principio fuera un personaje pulp, una especie de caricatura pop que lo mismo podía luchar contra hombres hormiga, tribus de caníbales o incluso extraterrestres, acabara gozando de un éxito inmenso. Convirtiéndose en un icono universal de la cultura del pasado siglo.

Tarzán representaba la posibilidad de un nuevo comienzo. Era un antídoto de pureza e inocencia salvajes contra las dos guerras mundiales. El símbolo de todo aquello que había perdido la humanidad. Una vuelta a esa ley natural mucho más sencilla, justa y clara que la establecida. La de la supervivencia. Era, sí, una prueba viviente de que las historias pulp no eran tanto el opuesto de las de la literatura culta como su complementario. Ya que precisamente la angustia que sentían los lectores y personajes de Thomas Mann, Ford Madox Ford, James Joyce, Pío baroja o Robert Musil estaba provocada por un mundo inhumano y apocalíptico sin apenas savia vital que encontraba una salida y refugio en las historias de Conan o Tarzán. O incluso en los cuentos de Lovecraft donde el mal era absolutamente tangible. Repugnante como la baba de un lagarto y la orina de un jabalí. Pero, ante todo, tangible.

Si algo tenían en común el funcionario que trabajaba en una empresa o en un banco, los poetas malditos, los estudiantes de filosofía y los obreros de las grandes fábricas era su deseo de vivir “la verdadera vida”. Palpar la existencia con las manos antes de perderla en medio de cajones de cemento construidos a mayor honra del capitalismo. Y precisamente eso es lo que las narraciones pulp y, en concreto, las protagonizadas por Tarzán les ofrecían: las llamas de las cuevas y el abrazo de los monos. El tacto de los árboles y el sabor de las plantas venenosas y la aventura. Una monstruosa y arrebatadora épica sobre la guerra y la indomesticable naturaleza en la que el hombre tenía la posibilidad de convertirse en “superhombre”. Ser un guerrero nitzscheano amamantado por el sol y la luna. Por los brazos de un destino que no juzgaba sino que acompañaba. Transformando la vida en un ritual constante. El anhelo, al fin y al cabo, de Henry Thoreau, Antonin Artaud y tantos y tantos creadores obsesionados con desbrozar las nieblas del origen. Abrazar el absoluto.

Tarzán, de hecho, era una prueba de que el progreso tal vez estuviera equivocado y de que acaso la auténtica evolución del ser humano radicara en poder disfrutar de los frutos y dones del mundo primitivo con total y absoluta plenitud. Y por eso, muchos artistas occidentales viajaron a otros continentes durante el siglo XX no tanto con el objetivo de modificarlo o describirlo sino de transformarse a sí mismos. Encontrar ese hueco que abre los confines del infinito que en el mundo moderno tan sólo era posible vislumbrar de tanto en tanto a través de las drogas, un solo de saxo de Charlie Parker y John Coltrane o un riff de guitarra de Jimi Hendrix y que por el contrario, tanto los saltos de árbol a árbol en liana como las carreras y gritos de Tarzán por la selva permitían otear al instante. De un solo vistazo y a fuerza únicamente de golpes en el pecho desnudo, abrazos a simios peludos y duchas en los ríos a cualquier hora del día y la noche. Shalam

أََبْخَلُ مِنْ كَلْبٍ عَلَى جِيفَةٍ

Más tacaño que un perro ante una carroña

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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