Tiburón

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Basta una comparación entre Moby Dick y Tiburón para constatar los cambios sufridos por Norteamérica en un siglo. La ballena de la novela de Melville es un monstruo humanizado. Tiene nombre. Es un límite. Una frontera que colonizar y destruir. Los marinos salen a buscarla. El capitán Ahab se encuentra totalmente obsesionada con ella. Es capaz de perder la vida por herirla. Tanto es así que ni más ni menos que una embarcación suicida y romántica -el Pequod- se fleta para destruir a un animal de dimensiones bíblicas. Un Leviatán destructivo que provoca terror y admiración. Mueve voluntades. Transforma el océano en un territorio de caza. En un caos violento.

En Moby Dick, hay miles de frases ruidosas. La cabeza y el corazón de los humanos están llenos de violencia. Las palabras son truenos. Y el ser humano es tan o más depredador que el cetáceo. La novela es un tratado sobre la locura y la desesperación. La posibilidad de conquistar el mundo en su totalidad. El deseo del hombre de ser dios. Colocar una estaca en el paraíso. Decirle a las divinidades quién es el nuevo señor del mundo. La ballena es un reflejo del capitán Ahab y Ahab un reflejo diabólico del ser humano. De su rebelión frente a las leyes de la vida y la total, absoluta necesidad de ser y conseguirlo todo.

Por el contrario, Tiburón -hablo de la película y no de la novela- se desarrolla en un pueblo pesquero. En una especie de Arcadia. Y nadie tiene especial inquina al escualo. Nadie lo desafía. Más bien, es la sociedad de bienestar la que es puesta en peligro por su presencia. En Tiburón, no hay locos. Hay héroes y pillos. Empresarios cobardes y hombres responsables. Pero casi no hay locura. El filme de Spielberg muestra una sociedad tranquila y aposentada que ha conquistado sus límites. Una población que, gracias a la tecnología y las guerras ganadas, ha dejado a dios de lado hace mucho tiempo. Aspira a sustentarse a sí misma sin contar con la naturaleza. Y el monstruo es la amenaza a toda esa tranquilidad. Es la venganza divina contra el deseo de superioridad del capitalismo. Lo “imprevisible” rompiendo el comercio y los límites conquistados.

Tiburón es la secuela nunca escrita de Moby Dick. Es la llama enviada de los cielos para corroer la calma y la seguridad del nuevo Adán. Y por eso es el animal (de nuevo, como al principio de los tiempos, sin nombre ni rostro ni historia) quien viene a buscar a los seres humanos. Porque es “lo no existente” haciéndose realidad. Lo “sagrado natural” destruyendo al ego y a la ambición. Corroyendo a la ciencia y a la tecnología. Un reflejo de aquellos peces gigantescos y peligrosos que poblaban los océanos en los tratados medievales y renacentistas, volviendo a la vida en un momento en el que ya se creían todos destruidos y formaban parte de la superchería y la superstición. La brujería y la ficción.

El capitán Ahab era un profeta loco e histérico que luchaba por acabar para siempre con los peligros naturales. Controlar el mundo. Era el conquistador total. El hombre que aspiraba al dominio absoluto. Y en gran medida, la Norteamérica donde se desarrolla Tiburón era una respuesta y resultado de ese deseo. Por eso, en Moby Dick se buscaba exterminar el mal. Y en Tiburón, controlarlo. Alejarlo. Mantenerlo a distancia. En los “lados ocultos”. Y por eso, probablemente también la película terminaba con un final feliz y no así la novela de Melville. Porque el novelista norteamericano vislumbraba esa ambición como un ocaso que anunciaba el fin del mundo. La apertura de una Caja de Pandora llena de futuros monstruos en forma de tanques, bombas y guerras mundiales. Y por el contrario, Spielberg vislumbraba el dominio del mundo natural como una consecuencia lógica del avance tecnológico. Con total normalidad. Y trataba al monstruo como un “accidente”.

De hecho, creo que ese es precisamente uno de los aspectos que más diferencia ambas obras de arte. Que en Moby Dick, el monstruo era todavía una “barrera”, las fauces de lo “incognoscible”, un mito impensable hijo de la furia, la sarna y las arenas negras que pertenecía a indomables territorios pero en Tiburón, era lo “fortuito”. Una “noticia”. No más que un mal sueño que destruía una temporada de playa, frenaba el consumo y llenaba telediarios durante unos pocos meses previos a su transformación en un reclamo turístico como tantos otros. Una excusa en forma de póster y cartel publicitario para ganar dinero. Shalam

أُحِبُّكَ يَا نَافِعِي وَلَوْ كُنْتَ عَدُوِّي

Envejecer no es tan malo cuando se piensa en la alternativa

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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