Un millón de libros leídos

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Lentamente, voy organizándome para terminar de corregir El jardinero. Creo que la próxima semana dedicaré bastante tiempo a esta ocupación y fluiré a buen ritmo si es que la celebración del Hay Festival y la presencia en Xalapa de escritores, poetas y ensayistas como Rafael Chirbes, Derek Walcott, Jonathan Levi, William Ospina o Eliot Weinberger me lo permiten.

En realidad, pensaba empezar estos días con esta tarea pero debido a que deseaba terminar una serie de libros que he ido leyendo alternadamente durante los últimos meses, no encontré el tiempo apropiado. Pues necesitaba, de alguna forma, estar a cero antes de volver al obsesionante relato del sangriento conde que protagoniza El jardinero para el cual necesito tener el ánimo adecuado ya que de no ser así, la novela puede verse resentida ahora que tan cerca estoy de su fin.

Tal vez por estas razones es importante para mí a día de hoy, hacer recuento de varias de las lecturas que he completado últimamente. En realidad, he leído bastantes más pero únicamente mencionaré algunas de ellas.

Tanto La soledad del lector como Punto de fuga de David Markson me han gustado mucho. He leído ambos libros como si fueran el cuaderno de notas de Chris Marker o Jonas Mekas o como quien observa una serie de bellas diapositivas en blanco y negro pasando ante sus ojos y más que pensar en su posible significado, se dedica a disfrutarlas. Al leerlos, he visto también a la literatura derrumbarse y recomponerse de su fallecimiento en estas páginas. Y por supuesto que me he deleitado con las sugerencias y las increíbles conexiones que Markson logra establecer entre los más diversos escritores en lo que es -si se mira desde un punto de vista adecuado- un sentido homenaje a la literatura que, de todas maneras, no comentaré en averíadepollos mientras no me haga con los otros dos textos que componen esta tetralogía sobre la escritura del futuro.

Me he sentido por otra parte intimidado y a ratos fascinado durante mi primera incursión en la obra novelística de Juan Benet. Cuando uno se introduce en Volverás a región comprende desde el primer momento que se encuentra ante un clásico. Ecos y voces procedentes de la tragedia griega se escuchan entremezclados con recuerdos de batallas de la guerra civil española y susurros de seres que parecen estar muertos y hablar desde otro mundo. La escritura del autor madrileño es tan perfecta y obsesiva que puede llegar a asustar. Sobre todo, porque está repleta de retruécanos. De hecho, me he visto obligado a dejar el libro en varias ocasiones para conseguir reconstruir la temporalidad de una historia que ahora entiendo la razón por la que se comenta que es heredera de las narraciones de William Faulkner y pienso que para ser totalmente disfrutada ha de ser leída al menos dos o tres veces.  Su profundidad es, realmente, tan absorbente que cuando vuelva a leer cualquier otra de las creaciones de Benet, buscaré un libro de cuentos.

No pienso que sean una obra maestra y tampoco comparto el febril entusiasmo despertado por esta trilogía pero, desde luego, que he gozado mucho con la lectura de Infancia, Juventud Verano. J.M. Coetzee es un escrito crudo y entrañable, auténtico y reconocible. Su honestidad y sinceridad hacen casi imposible no conectar con algunos de los episodios que nos narra en sus textos. Y es muy de agradecer tanto la forma narrativa utilizada (segunda persona del singular) para contarnos la mayor parte de su vida como su sencillez. Tiene uno la sensación de estar leyendo a un clásico precisamente por su voluntad de no serlo. La grandeza del artista sudafricano radica en que parece un funcionario gris y narra sin darse demasiada importancia pero consigue conmover como únicamente lo puede hacer un gran escritor.

No me ha convencido, por otro lado, en absoluto Temporada de caza para el león negro de Tryno Maldonado. Hay algún pasaje muy bueno como aquel en que se hace referencia a la historia que titula el libro. Y de haber ido por esos derroteros, de haberse introducido en el absurdo y la sinrazón, la novela podría haber sido subyugante. Pero la historia sobre el artista, Golo, que protagoniza el texto me parece que ha sido contada mucho mejor en cientos de ocasiones. Esperaba encontrarme con un escritor-salamandra, con un narrador que avanzase a través de zig zags y me he encontrado con uno joven y moderno, bastante prometedor, pero con mucho todavía por aprender. En fin, probablemente el error con esta obra sea mío por mis altas expectativas. Los artículos de Tryno me gustan bastante y cuando lo he visto desenvolverse en público, siempre he encontrado muy interesantes sus intervenciones. Y que Pitol lo apadrinara y el libro fuera finalista de Anagrama me parecían garantía de una mínima calidad que, en mi opinión, la novela sólo encuentra a ráfagas.

Respecto al artefacto narrativo de Édouard Levé, Autorretrato, señalar que es una obra al límite. La confirmación de que este autor se planteaba la escritura como una performance, era sumamente original y apenas tenía referentes o satélites literarios con los que compararlo. Autorretrato es un tour de force descriptivo moderno y seductor  tan complaciente como descarnado que ayuda a comprender su suicidio y su última obra. Por cierto que le he encontrado muchos puntos de contacto con Alma de Javier Moreno. Un interesante y por momentos fascinante texto que tuve el placer de presentar en Murcia y que ahora, tras leer a Levé, estoy comenzando a aterrizar y calibrar mejor porque las conexiones con el libro del escritor francés (me refiero a aquellas en que el el narrador habla de sí en primera persona) son más que evidentes.

Sobre Gótico carpintero de William Gaddis decir que me ha dejado con un ralo sabor de boca. Me imagino un cuento de Cheever o Carver de la historia narrada por Gaddis y me sale una obra maestra pero alargar hasta el límite las conversaciones de la pareja protagonista del libro y los escasos personajes con los que se comunican, no me ha terminado de convencer. Eso sí, Gaddis es un maestro, por momentos un genio, y sólo por eso merece la pena indagar en todos los pasajes de un texto cuya máxima virtud (y defecto) es llevar al límite absoluto aquello que propone. Entiendo que Gaddis -al que nadie puede negarle la tremenda lucidez con que observa y describe a la sociedad norteamericana- probablemente estuviera angustiado y hastiado y que por ello no dudara en sacar la metralleta lingüística y llevarse tras de sí todo aquello que veía. Pero lo cierto es que su ira por momentos fulmina y aniquila al lector y si tal vez se hubiera contenido un poco, no sólo seríamos sus cómplices silenciosos sino que además gozaríamos, disfrutaríamos de cada uno de los pasajes de un texto, por otra parte, muy agudo, como todos los de este singular escritor.

No entiendo, por otra parte, como un hombre tan interesante como José Ovejero de quien acabo de leer su excelente ensayo, La  ética de la crueldad, ha sido capaz de dar a luz una obra como La invención del amor. Una novela lastrada por una historia inverosímil que parece destinada a ser leída en una playa, entre arena y agua. Allí donde lo que leemos se confunde con nuestros morosos pensamientos y podemos llegar a dar importancia a ciertos episodios y anécdotas que no la tienen. Creo que únicamente así, en medio de un período vacacional, podríamos empatizar en algo con una narración que se sostiene básicamente por las reflexiones que de tanto en tanto va hilvanando su narrador. Y que supongo que ha de haber sido construida con la mente fija en ganar el premio Alfaguara pues de no ser así, no se comprende cómo un hombre tan lúcido -como muestra su ensayo de Anagrama- ha pegado un resbalón de tal calibre.

Me parece, asimismo, muy curioso el Criptonomicón de Neal Stephenson. Habiendo leído la primera de las tres partes en que se publicó en España, puedo decir que en absoluto es un best-seller al uso y que posee párrafos, episodios literarios de gran envergadura. Realmente, me estoy llevando una sorpresa con este libro porque por momentos, me recuerda al Pynchon del Arcoiris de la gravedad. Algo que me indica que ciertos trazos de la novela posmoderna que todavía parecemos estar asimilando del todo en España, en Norteamérica ya son parte del uso común y hasta casi me atrevería a decir del mainstream. En cualquier caso, la narración peca de confusa en determinados momentos y creo que si bien algunos de sus pasajes podrían ser desechables, hay otros como la descripción del ataque a Pearl Harbour por parte del ejército japonés que están compuesto con tanto lirismo y extrañeza que me atrevería a considerarlos desde ya, como clásicos de la literatura contemporánea moderna.

Sobre Rastros de Carmín, el ensayo de Greil Marcus, decir que si bien en algún momento puede resultar fatigante realizar ese paseo por la periferia de la cultura occidental que nos propone para comprender el estallido punk, finalmente, al terminar el libro y cerrar el círculo, es justo reconocer que realmente merece la pena. Y que desde luego Marcus tiene bien ganado el prestigio que posee. De hecho, cuando uno se adentra en sus proposiciones y acepta el pacto que el autor le propone, siente deseos de seguir leyendo e ir conociendo los entresijos del situacionismo y ciertos momentos y movimientos culturales de Occidente para cantar con más fuerza y (sobre todo más conciencia) las canciones de Sex Pistols o The Clash. Como, a su vez, de ir a la librería para hacerse con otro de sus, presupongo, jugosos ensayos.

He de confesar que la primera novela que he leído de China Mieville, La ciudad y la ciudad, no me ha convencido. Y que de ella me quedo más con el atrezzo y la textura de ambientes que con el argumento narrado que se diluye en el fondo de una narración artificialmente fantasmagórica y kafkiana que he disfrutado más al rememorarla que cuando la leía. Y, por último, indicar que Gallinas de madera me parece otro paso adelante por parte de Mario Bellatin en su intento de componer una obra literaria poliédrica a la que me alegro de haber dedicado mi tiempo consagrándole un libro. Por más que he de confesar que también me siento muy gozoso de haberla abandonado y de poder decir que salvo por noticias relacionadas con la publicación de La risa oscura, ya no la retomaré más. Ya sea porque me encuentro trabajando en un futuro ensayo o en la corrección de El jardinero, Ruido del arte o El escritor imposible que son los textos que poco a poco, me gustaría ir terminando de hilvanar y dar a conocer cuando sea el momento adecuado. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

 Es fácil hablar claro cuando no va a decirse toda la verdad

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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