Un puño de camisa

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La obra de Pessoa posee una cualidad muy grande. No importa cuánto se lamente el poeta, cuánto se queje y las desgracias que nos cuente, que nunca nos ahoga. Al menos a mí, no me transmite ni tristeza ni desasosiego. Porque se percibe que escribe en el “aquí y el ahora”. Que es un poeta pasajero y flexible. Instantáneo. Que Pessoa fue, es y será un poeta contemporáneo. Tanto que su languidez, dudas y penas refrescan y no aturden. No secan ni incomodan ni deprimen. Sino que, más bien, sorprenden. Provocan estupor e incluso admiración. La obra del escritor lisboeta no pesa. No da trabajo ni requiere esfuerzo. Y, en ningún caso, es un estorbo o una complicación. Cuando yo leo La náusea, siento en mis espaldas el peso de varios planetas. Una angustia que me persigue allí donde voy. Cuando leo a Leopardi, me siento impotente. Quebrado. Oprimido por una tristeza eterna. Y cuando leo a muchos poetas de la postguerra española, siento ganas de llorar. Percibo la desesperación. Sin embargo, no importa cuánto se queje cualquiera de los heterónimos de Pessoa, que sus reflexiones me provocan curiosidad. Me despiertan. Me provocan preguntas y avivan mis deseos de indagar más. Pessoa pude hablarme de la soledad más feroz, del más profundo sentimiento de extranjería, que nunca termina de quebrar mi corazón. Más bien, me estimula intelectualmente. Me abre caminos, vías, conductos. Me hace percibir la tragedia como un problema racional y metafísico y no tanto como un drama insoluble.

Hay algo paradójico en Pessoa. Pessoa es un poeta moderno. Es un poeta del siglo XXI. Es el eterno poeta del porvenir. Una parte de Pessoa vive en el presente y otra en el futuro. Pessoa ama la tierra y el aire. Es pastor, funcionario y pintor futurista. Es todos nosotros como todos nosotros somos él. Pero aunque Pessoa es un conglomerado incalculable de espíritus que sobrevuelan nuestro tiempo, el poeta portugués es esquivo. No se deja atrapar. Es oblicuo. No se encuentra en el centro de nuestro tiempo sino en el margen. Y eso a pesar de que, repito, no es una fantasma huidizo. No. Es un fantasma que es muchos fantasmas que se agolpan y desdoblan continuamente sobre el cielo de la conciencia occidental. Tal vez porque, en el fondo, no es un poeta totalitario ni siquiera cuando imita esta tendencia. O tal vez porque eso es precisamente lo que hace Pessoa: imitar. Copiar. Lo que le permite poner una parte de su ser a resguardo. No mostrarse del todo.

En otras palabras, Pessoa nunca se entrega. Nunca se da por entero. Y ese es su verdadero drama como artista y lo que lo hace moderno. Que no se atreve a decirnos quién es y posiblemente, ni puede ni sabe hacerlo. De hecho, nos atraganta con una sinfonía inmensa de aforismos y sentencias lúcidas que, en el fondo, parecen haber sido escritos por la multitud, la gente de los bares, tranvías y cafés y no por él. Porque Pessoa siempre permanece tapado. En segundo o tercer plano. De Pessoa no sabemos nada. Podría ser nadie. Una estatua. Un puño de camisa. Una estilográfica. Pessoa podría ser un objeto. Estoy convencido de que hubiera deseado ser un objeto, que habría gozado más siendo mesa o silla que persona, y el no poder serlo, es lo que le condujo a escribir. A realizar una literatura que no es tanto un torbellino o una erupción como una huida. Un crucigrama. Un periódico. Una lista interminable de ausencias y miedos.

Pessoa es tan esquivo y fugaz que su lectura siempre provoca dicha. Alegría. Perplejidad. Pero no esa perplejidad buscada del escritor posmoderno -que al final es casi un gesto de impotencia- sino una perplejidad natural. Reposada. Portuguesa. Sus frases por lo general impresionan pero, sin embargo, no inundan los muros de facebook. Leídas fuera de su contexto, de sus libros, provocan incluso indiferencia. Cierto malestar en todos esos habitantes de las redes sociales que, sin saberlo, son sus hijos y nietos porque escriben no para encontrarse sino para olvidarse de sí mismos. No para consolidar su existir sino para confirmarlo. Verificarlo. No para unirse al mundo sino para testimoniar lo separados que están de él.

Pessoa no era un poeta fragmentario. Era más bien un visionario de lo cotidiano. Pero no tenía aires proféticos. No se daba importancia sino que prefería el anonimato. Tanto que, a pesar de haber escrito miles y miles de páginas, es casi un escritor mudo. Silencioso y apagado. Sin sexo. Sin sudor. Es más un signo, un indicio que una persona. Más un Batterbly que un torrente o un huracán. Posiblemente porque, al encontrarse con las sirenas, en vez de tapar sus oídos, los mantuvo al descubierto con la intención de escuchar sus cánticos huecos y apagados y, no obstante, no encontró más que silencio. Un silencio de roca y río. De frase hecha. Ese silencio estéril que subyace en el fondo de los mil y un gritos de las sinfonías modernas. En las tumbas de los muertos y desaparecidos y en las puertas cerradas de los cafés antiguos. Shalam

إِنَّ الطُّيُورَ عَلَي أَشْكَالِهَا تَقَعُ

Si quieres destruir la avaricia, debes destruir antes el lujo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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