Una carcajada de Cabrera Infante

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Recordar a Cabrera Infante se me antoja todavía hoy un acto imposible pues no se puede  olvidar el aroma caliente y viciado, preñado de vida, de una literatura cuyo aliento aún se encuentra pegado a nuestras ropas como el humo de los muchos cigarros con que fuera escrita. Sí, a la literatura del escritor cubano es imposible olvidarla porque es música. Un bolero entonado con fuerza y brío. Una sinfonía callejera interpretada por una orquesta antigua para amenizar una sesión de cine o por un conjunto de jazz cuyos componentes estuvieran más preocupados de mirar lo que se esconde bajo el escote de las chicas del público que de su trabajo. Ante todo, porque Cabrera Infante nunca se identificó con la concepción del escritor como rutinario funcionario de las letras. Siempre concibió la literatura y la vida con humor; como un conjuro de risas con el que poder abrir las puertas la realidad sin necesidad de traicionarse a uno mismo. Y es gracias al sabor de esta dinámica vitalista, aprendida en su Cuba natal entre ritmos incesantes de tambor, destellos incandescentes del trópico y tragos de ron, que logró crear libros festivos e hilarantes. Textos que son un brindis en honor de la sátira y la pasión.

Frente a los hombres solitarios, angustiados retratados por Elias Canetti, Robert Musil, Jean Paul Sartre o Albert Camus, Cabrera Infante aparecía como una especie de prestidigitador, mago sin chistera, que sin necesidad de pertenecer a grupo surrealista alguno, decía una única verdad: no hay ni puede haber vida que merezca la pena ser vivida o literatura que merezca ser leída si éstas no son capaces de hacernos bailar junto a las sirenas de la felicidad y el placer. Si no consiguen extraernos una sonrisa que rompa el tedio habitual en el que nos hallamos sumergidos. Y es por estas razones por las que me resultan tan ajenas las voces agoreras que aluden a su muerte o testimonian haberlo visto encerrado en un oscuro ataúd, y aún hoy quisiera imaginarlo como algún noctámbulo personaje de Poe, clavando sus uñas en la tumba para escribir un epitafio humorístico en su propio honor.

Ciertamente, referirse a la obra literaria de Cabrera Infante, significa hacerlo de textos compuestos para leer tomando un ron. Escritos que consiguen que las matemáticas y la lógica desborden fantasía, traspasen el otro lado del espejo, 1 y 1 sumen 5 y los teoremas y las fórmulas químicas se pongan a bailar sobre las teclas de un piano. Novelas en las que la voz de Bola de Nieve derretía los poros de las páginas, los saxofones se convertían en escaleras de múltiples colores y las sílabas se plegaban sobre sí mismas como mariposas. Libros que se disolvían en torno a conversaciones, risas, frenéticas danzas. Y es por ello que aún resulta, repito, tan difícil concebir la muerte del escritor cubano. Casi inconcebible, teniendo en cuenta que  lo único que él necesitaba para sentirse vivo eran unos cuantos aforismos de Harpo Marx y una película de Charlie Chaplin o de Quentin Tarantino.

¿Qué habría sido de Cabrera Infante sin el cine? No lo sabemos. Porque para él, el cine era la vida. Un motivo por el que no morir y saltar de alegría como muestran los puntillosos, originales textos que dedicara a decenas de películas. Una prueba de que para él la película deseada siempre estaba por llegar. Esta tarde. Mañana. Hoy. A la noche. Sobre todo, a las horas de la madrugada: cuando Jacques Tati nos mira directamente y nos guiña el ojo o Drácula asoma entre las sábanas donde dormimos, clavándonos sus colmillos.

Cabrera Infante, sí, compuso una obra rebelde y abierta, capaz de hacernos soñar con la posibilidad de congregar en una habitación a Opiario Licario, Lewis Carroll, Picasso, Mafalda y Alfred Hitchcock. Una obra envuelta en papel celofán únicamente atenta a su propio ritmo y que, por tanto, disfrutaba de los parones y de las averías sin importarle ir a una velocidad más lenta que los demás. Y en este sentido, me atrevería a considerarlo un moralista del hedonismo. Un hombre dispuesto a matar a quien no le permitiese fumar otro puro y gozar con un nuevo libro o película. Un señor que llevaba pegado un cartel en la piel que indicaba con rotunda claridad que estaba prohibido no divertirse. Aliado del vino y más partidario del caos, las bibliotecas que se derrumban sobre los estudiantes, que de los recintos ordenados y pulcros. Atento siempre a desvelar una broma oculta o un chiste desternillante en las situaciones más comprometidas. De hecho, tengo claro que Cabrera Infante fue un declarado enamorado de Heráclito, pues como él mismo pudiera haber dicho, nunca es igual la película que el hombre contempla dos veces, o tres, o cinco, o infinitas ocasiones. Y tengo también muy claro que nunca hubiera querido salir de la niñez. Que odiaba con todas sus fuerzas a ese viejo hombre en el que nos convertimos cuando nos olvidamos de Peter Pan o de bailar un vals a orillas de la noche con la Estrella. De hecho, pienso que el mensaje último que deseaba transmitir no era más que el siguiente: ¡“Carpe Diem”!.

¿Cómo por tanto pensar aún, hoy, aquí y ahora que Cabrera Infante haya muerto? Como él mismo dijera de su heterónimo Caín el día de su imaginaria muerte: “Alguien le ha reprochado que se permita las rebeldías fáciles, el gusto por el trajín lúdico, una ironía demasiado frecuente: él lo olvidará con una sonrisa y dirá, hablando latín con acento habanero: In riso veritas”. Risa por cierto que no fue completa del todo en su vida pues, como de todos es sabido, Cabrera Infante murió con una espina clavada: no poder volver a pasear por la Cuba de su infancia, regresar a su Itaca natal, debido a sus diferencias con el régimen castrista. Aunque, de alguna manera, para vengar esta sensación de oprobio, el arte le concedió una revancha victoriosa, pues cuando los años pasen y alguien quiera reconstruir un pedazo vivo de la Habana del siglo XX, tendrá que consultar inevitablemente sus textos poliédricos para tener una imagen real de aquella ciudad.

Y es, en este sentido, que me atrevo a afirmar que no importa que Cabrera Infante no volviera a Cuba. Pues basta abrir un libro como Tres tristes tigres para  aspirar el aire de aquel país, sentir que una mulata nos agarra de la mano y nos conduce a un reservado mientras el presentador del espectáculo que contemplaremos, comienza a decir a voz en grito y sonriente: “Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Muy buenas noches, damas y caballeros, tengan todos ustedes. Good-evening, ladies & gentlemen. Tropicana, el cabaret MAS fabuloso del mundo… “Tropicana”, the most fabulous night-club in the WORLD… presenta… presents… su nuevo espectáculo… its new show… en el que artistas de fama continental… where performers of continental fame… se encargarán de transportarlos a ustedes al mundo maravilloso… They Hill take you all to the wonderful world… y extraordinario… of supernatural beauty… y hermoso… of the Tropics… El Trópico para ustedes queridos compatriotas… ¡El Trópico en Tropicana”.

De hecho, creo que es suficiente con sentarse cerca de cualquiera de sus novelas para sentir que una voz con un acento difuso y cerrado comienza a decirnos: “Señores y señoras, con ustedes un infantísimo autor pegado a su bigote vivo y coleando en Tropicana, el fabuloso espectáculo de las palabras que se leen y beben con humo y vino y que no dejan a nadie indiferente. Las palabras de Cabrera Infante, un señor dispuesto a no morirse nunca más de la mente de ustedes a no ser que decidan cerrar una de sus novelas por la mitad, abandonen su lectura, consiguiendo que se revuelque de dolor dentro de su inexistente tumba, y deje de sonreír por un instante”. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

            Nunca bailes en una barca pequeña

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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