Víboras

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No suelo yo colocar muchos pasajes de libros en avería. No es ese ni el estilo ni el propósito de este espacio, pero he de reconocer que el comienzo de la biografía de María Moreno, Blackout, es tan fabuloso que no darle su lugar aquí invalidaría al completo el blog. Ante todo, porque es una breve pieza de orfebrería que condensa perfectamente la extravagante locura argentina. Es un maravilloso texto digno de introducirse en cualquier antología del relato surrealista. Una patada directa al estómago de las fábulas modernas tan seca y onírica como sucia. Ahí va:

“El hombre subió al ómnibus. Llevaba una enorme jaula cubierta por un trapo negro. Los pasajeros que viajaban parados se fueron corriendo hacia el fondo; algunos intercambiaron una mirada cómplice: el amor a un animal doméstico con el que se comparte la vida, sabiendo que la comida siempre será escasa —el hombre vestía humildemente—, suele despertar una tolerancia sin aspavientos. Después de todo, era un transporte popular: no faltaban los grandes bolsos donde los obreros llevaban su muda de ropa y su vianda, los coches de bebé plegados y cerrados, las bolsas del supermercado con alimentos para los próximos quince días. Pero lo que pareció molestar a todos fue que el hombre estuviera borracho. Transpiraba ese olor dulzón, agrio, que perfuma la resaca y sobrevive a una ducha o un baño de inmersión. Debía de ser vino, porque las bebidas en forma de aguardiente —de la llamada bebida blanca— suelen salir a la superficie con la pureza química del etanol, como si el cuerpo se hubiera convertido espontáneamente en un alambique purificador. El aliento del hombre también era agrio, fuerte, porque además de alcohol exhalaba tabaco. El hombre se tambaleaba aun en las paradas, cuando el ómnibus estaba detenido mientras la gente subía. Lo peor es que no había podido desplazarse hacia el fondo, se atravesaba en el pasillo y, con las aristas de la jaula, pinchaba a los pasajeros de alrededor. Tampoco se callaba, decía: “No quiero perder esta jaula, si la pierdo me muero”.


No le contestaban, la mayoría trataba de alejarse lo más posible hasta que alguien, una mujer joven, le cedió el asiento. Estaba del lado de la ventanilla y, como el aire fresco diluía el olor del hombre, los pasajeros se tranquilizaron. Una vieja que iba sentada en el asiento reservado para embarazadas y discapacitados le preguntó qué llevaba en la jaula. El hombre respondió: una mangosta. La necesito porque, como soy curda, no puedo separarme de ella, si no ¿quién se comería las víboras? Un policía le preguntó cuáles víboras. Las del delirium tremens, contestó. Pero esas víboras no son verdaderas, le dijo una chica con delantal blanco. Entonces el hombre levantó una punta del trapo para mostrar que la jaula estaba vacía. Tenía un aspecto radiante cuando dijo: ¡pero esta mangosta tampoco es verdadera!”. Shalam

للصحة حدود معينة ؛ الجنون لا شيء

La cordura tiene ciertas limitaciones; la locura ninguna

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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