Virgilio

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La primera vez que intenté descifrar La muerte de Virgilio se me cayó de las manos. No pude terminarla pues no me encontraba con el ánimo adecuado. Pero la segunda me pareció una obra maestra. Ineludible. Uno de los grandes monumentos literarios de todos los siglos. No obstante, desde aquella lectura reveladora realizada en una pequeña cala marina, he de reconocer que me cuesta leer más de veinte páginas seguidas. Y lo que suelo hacer cuando me adentro en ella es ir pasando páginas hasta que encuentro una reflexión que me subyuga, la cual continúo explorando hasta donde me lleve como si estuviera escuchando una enorme sinfonía. Quiero aclarar, eso sí, que por lo general esos fragmentos consultados al azar no suelen iluminar ninguno de mis problemas personales o dudas creativas. Ante todo, porque la inmortal obra compuesta por Broch es sin dudas la novela más metafísica que se ha compuesto jamás. La que con mayor profundidad y extensión profundiza en los misterios de la creación. Por lo que sólo habla de sí misma y de sus tribulaciones eternas.

En realidad, mejor o peor, el escritor austriaco llevó su narración adonde únicamente se atrevían a llegar los filósofos y algunos poetas. Pero no contento con ello, los superó. Los nebulosos cielos que Heidegger intentaba describir en medio de convulsas crisis, Broch los conquistó completamente experimentando de lleno el peso de la eternidad y el problema del tiempo. Y las brumosas ventiscas modernas entre las que Rainer Maria Rilke alzaba su voz, Broch las describió hasta el último recodo. Puesto que logró traspasar las fronteras del más allá y dar voz a las parcas, a los espíritus de los vivos y los muertos, a las musas y a las dudas creativas. A todo el firmamento. Al absoluto. Consiguiendo que la literatura se hiciera música y transmitiera sensaciones parecidas a las obtenidas por Charles Ives, Gustav Mahler o Alban Berg.

No me parece descabellado comparar La muerte de Virgilio con Bajo el volcán. Novelas que se desarrollan en pocas horas y en las que apenas acontecen sucesos, pero en las que se lleva a cabo un reflexión de una intensidad descomunal sobre la expiación y los demonios occidentales. Viajes interiores de dimensiones gnósticas. Oscuros y complejos tapices que se agarran a los textos clásicos con la desesperación de los náufragos y no para hacer proselitismo de ningún tipo.

Ciertamente, aunque la narración del escritor austriaco se centre en la Roma Imperial y, más concretamente, en un Virgilio enfermo que desea destruir La Eneida convencido de lo absurdo y estéril que ha sido consagrar amplios esfuerzos a la composición de su épico poema, el tema era radicalmente contemporáneo en la mitad del siglo XX. De hecho, Broch era judío y los incendios creados por el nazismo le obligaron a exiliarse en Norteamérica. Y no resulta extraño que, entre noticias de masacres y batallas ocurridas durante la Segunda Guerra Mundial y un oscuro clima lleno de sufrimientos, se preguntara una y otra vez para qué escribir mientras urdía con paciencia, palabra con palabra, este conjuro astral. Además, como bien había diagnosticado Oswald Splenger en La decadencia de Occidente, Europa había perdido vigor. Ya no existía el optimismo de siglos pasados. Y el nihilismo iba dando pasa a amplias reflexiones sobre la esterilidad creativa y a un ejército de Baterblys adictos a la pasividad y al hastío contra los que Broch levantó su voz como un águila agónica en medio de tempestades. Cantando con la sobriedad y firmeza de un titán perdido entre oscuras montañas.

En realidad, La muerte de Virgilio es un milagro creativo. Es una obra inabarcable. Es una asombrosa mezcla de prosa y poesía que dialoga directamente con los cielos. Atraviesa las colinas de la desesperación y el olvido y transforma las disyuntivas y vacilaciones del vate latino en misterios cósmicos. Trascendentales y universales preguntas que son la voz del caos y los abismos. Muchas de sus frases son aforismos poéticos. Extractos de sabiduría nihilista arrancados a las tinieblas primigenias. Y cualquiera de sus páginas un baño en el éter. Un chapuzón en las aguas elementales de las que surge el invisible aura de las obras inmortales. Probablemente, porque la obra de Broch brota de las semillas con las que los dioses regaron los campos en los orígenes, asegurándose así que, incluso en medio de los más violentos vendavales, hubiera quien recogiera frutos en los campos oscuros. Shalam

الموت حلو ، لكن به غرفة قاسية

La muerte es dulce, pero su antesala cruel

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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