Voces en off

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Posiblemente, Alejandro Céspedes sea más un filósofo que un poeta. Yo al menos no lo percibo como un poeta filosófico sino como un filósofo que escribe poesía. Alguien con una intensa capacidad reflexiva que escarba en la literatura para expandir y disolver su ser. Pues tiene una voluntad totalitaria más que fragmentaria y tengo la impresión de que disfruta de igual modo intentando descifrar qué es la música como meciéndose a sus compases. De hecho, me atrevería a afirmar que cuando encuentra una de esas palabras medusa que suelen transitar los océanos literarios, no la deja flotar. No sonríe al verla sino que la mira y la vuelve a mirar una y otra vez, la hace girar entre sus manos, la palpa y acaricia y sólo tras un afinado proceso de análisis, prosigue su camino y piensa en cómo introducirla en uno de sus libros.

En realidad, más que un territorio de placer, creo que la obra de Céspedes es un territorio de exploración. Una zona de pruebas. Porque no se contenta con captar las huellas, sombras o reflejos situados más allá del espejo o de los límites sino que desea describirlos. Se atreve a capuzarse en ellos e incluso a plantar su campamento allí. Creo que, debido a que posee la convicción de que para realizar una auténtica poesía contemporánea, hay que hacerlo desde de el otro lado del cristal. Esa “frontera” que comenzó a vislumbrarse en el romanticismo y que, casi un siglo después de las expediciones surrealistas, aún sigue sin ser colonizada. Continúa siendo un territorio incógnito y confuso en el que, no obstante, parece requisito necesario adentrarse si se desea hacer algo “nuevo” artísticamente. Algo que obsesiona a Céspedes. Un hombre enamorado del porvenir de la poesía. Del futuro artístico. Un artista que trata a las palabras como objetos y a los objetos como espíritus, que parece soñar con derretir los hielos metafísicos y llenar de luz violeta y verde los espacios nocturnos. Alumbrar un nuevo ser poético.

Voces en off es un magnífico ejemplo de lo hasta ahora expuesto. Un libro que explora el lado oscuro pero lo hace tan racionalmente que pareciera que el poeta fuera un científico. Y, de hecho, a pesar de formar un conjunto poético unitario, yo disfruto más leyéndolo como un ensayo, una serie de reflexiones y aforismos o un tratado filosófico poético escrito en verso que como un poemario al uso. Probablemente, porque es un texto que -entre otras muchas cosas- describe la disolución del arte clásico centrándose en una de sus ramas -el teatro- donde con más evidencia se puede constatar la falta de fuelle occidental. Tanto es así que, en cierto modo, propone el progresivo oscurecimiento del arte teatral como reflejo y metáfora del anunciado fin del humanismo. Esa decadencia occidental que ha pasado de ser un presagio a casi una evidencia y ha terminado en convertirse en una catástrofe espectacular televisada a todas horas que, no obstante, posiblemente no anuncie tanto un definitivo ocaso como un nuevo renacer. La llegada de otro orden de cosas que Voces en off se atreve a aventurar mezclando casi compulsivamente a Gilles Deleuze y a Friedrich Nietzsche con Roberto Juarroz y Maurice Blanchot. A Heidegger, Woody Allen y Alain Badiou con Mallarmé, Ingmar Bergman y Lewis Carrol. Esto es; convirtiendo el territorio filosófico en un campo de supuestos e hipótesis y el poético en uno de certezas y verdades. Transformando la literatura en ciencia, la ciencia en literatura y ambas en fugaces destellos. Llamas y eclipses. Silenciosos vórtices.

En cualquier caso, Voces en off es un libro tan ambicioso y complejo que la mayoría de las descripciones de su contenido tienden a quedarse cortas. A estrellarse contra las aspiraciones de este artista incandescente y las limitaciones del lenguaje. Ese lenguaje que en la obra de Céspedes es en parte, muro limitante para penetrar en el mundo de lo indecible pero, a su vez, es lo suficientemente fluctuante y frágil como para bucear en los océanos de lo imposible. De hecho, Voces en off es, en cierto modo, una performance metafísica. Un texto en el que el lector se transforma en espectador y lo que vemos no es tanto lo que sucede en el libro o escenario sino lo que hay detrás. Las dudas y vacilaciones pero también los resortes y muelles con los que se construye la obra. Una obra en la que, como en el mundo actual, prácticamente todo está a la vista de todos pero, a pesar de este desvelamiento, seguimos sin descifrar su sentido. Continuamos chocando con esa página en blanco llena de estrías, malformaciones y tachones que todavía nos atrevemos a denominar realidad.  Shalam

إِنْ كَانَ فِي الْجَمَاعَةِ فَضْلٌ فَإنَّ فِي الْعُزْلَةِ سَلاَمَةٌ

¡Qué sabios son aquellos que únicamente son tontos en el amor!

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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