Zama

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Es una gran suerte que la cineasta Lucrecia Martel haya puesto en primer plano de la actualidad cultural a un escritor como Antonio de Benedetto gracias a su adaptación de Zama. Una novela que captaba con un talento inaudito la atmósfera vivida en ciertas zonas de Hispanoamérica durante los años del colonialismo. Una obra que rehuía completamente de los manidos tópicos racistas y violentos aplicados a la conquista de esos territorios y se centraba en describir el estado psicológico de aquellos europeos que se vieron obligados a vivir en el nuevo continente. Tuvieron que transformar un jardín desierto en un hogar. Convertir el exilio en patria. Y la apatía y el vacío en amigos.  En este caso en concreto, el foco se ponía en un funcionario de la Corona Española, Diego de Zama, destinado a Paraguay, agotado de esperar un traslado y perdido en medio de la incertidumbre. Un agobiante y caótico batiburrillo de órdenes imposibles y leyes indescifrables que apenas podía aguantar gracias a sus escarceos amorosos. Aunque, en realidad, aquel burócrata angustiado no era tanto el protagonista de la novela sino su hastío. Su sensación de extranjería. Y ante todo, el lenguaje. Un lenguaje que más que recrear la lengua del siglo XVIII, la inventaba. Pero con tanta genialidad, que conseguía convertir esa invención en realidad. Transformar la imaginación en ley. Un hallazgo que hacía de la novela un inmenso precipicio lingüístico. Una monólogo evasivo, absorbente y obsesivo, casi irreal, que apenas tenía punto de comparación en la literatura argentina puesto que hacía pensar en Maurice Blanchot y Georges Bataille más que en Borges, Marechal o Cortázar. Era, sí, la viva imagen del desvaimiento. Una radiografía espiritual de la orfandad americana.

En realidad, creo que para entender totalmente de dónde surge Zama hay que haber puesto un pie en Paraguay o el norte o sur de la Argentina. Si aún hoy, en la era internet, la sensación de desamparo e inexistencia al recorrer esos caminos puede llegar a ser fulminante, no quiero imaginar cómo sería tres siglos atrás. Además, es necesario saber que gran parte de la vida de Benedetto transcurrió en Mendoza. Muy lejos de los cenáculos literarios de Buenos Aires. Y no es difícil por ello establecer similitudes entre el escritor y su personaje. Dos personas apartadas del “centro”, condenadas en cierto sentido a la inexistencia, que convirtieron por tanto, la imaginación en su medio de subsistencia. Hicieron épica de su vida “fantasma”. Y transformaron lo imposible en salvoconducto y la desesperación en meditación. Casi una oración. De hecho, a pesar de su intensidad y sus maravillosas, inéditas construcciones verbales, Benedetto la escribió casi del tirón. Como si fuera un poema mítico a través del que salvarse. Y en cierto modo, eso es lo que Zama es: el mensaje de un náufrago y una llamada al tiempo que una llamarada de auxilio.

Por otra parte, hay quienes han comparado Zama con las novelas de Kafka pero creo que existen amplias diferencias porque en la obra del escritor checo, el mundo es el laberinto y sin embargo, en la de Benedetto lo es la mente del individuo. De hecho, el gran problema de Diego de Zama es que vive casi en el desierto. Los océanos, ríos, selvas y pequeñas ciudades no son parajes inhóspitos. Son abismos huecos. Reflejos evanescentes de la mente. De la nada. Imágenes mortales del purgatorio. Y en esas condiciones, lo realmente interesante es comprobar cómo sobrevive y se mueve en ese hábitat muerto y cómo su mente discurre e invoca posibilidades frente a su segura derrota. El golpe fatal del destino. De hecho, su excursión final con los indígenas tiene más sabor a hastío, casi a suicidio voluntario que a aventura. Porque, al fin y al cabo, Zama es una novela que invoca un fracaso metafísico. Un libro que creo que habría enamorado a Héctor A. Murena y Ezequiel Martínez Estrada porque llega a la raíz del ser “americano”. Despeja y revela todo lo que los amplios rascacielos de una ciudad como Buenos Aires intentan ocultar: los sufrimientos de Caín. Su espera en la antesala del infierno. Shalam

اِحْتَاجَ إِلَى الصُّوفِ مَنْ جَزَّ كَلْبَهُ

La serpiente sólo pare serpientes

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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