Alquimia

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      La sincronicidad es dios.

Dios es la sincronicidad.

Un ejemplo de sincronicidad maldita, de aquello que vomita dios cuando está enojado: tres asesinos muriendo sedientos en un desierto mientras otros tres ladrones son arrojados a un lago.

Un ejemplo de sincronicidad bendita, de la alegría que siente dios cuando le rascan la barriga: un extranjero es acogido por foráneos que lo invitan a té de menta y miel mientras los integrantes de una familia son invitados a festejar en la casa de aquel de sus miembros considerado la oveja negra.

Un ejemplo de sincronicidad kármica, de lo que forma parte de la rutina habitual de dios al despertar: muere un caballero harapiento luchando en una tierra extraña defendiendo el honor de una patria que lo desprecia y nace inmediatamente un niño en un inmenso y opulento reino.

Ocurre que como, actualmente, dios es el capitalismo, la sincronicidad tiene un precio. No ocurre misteriosamente. No se mueve según los vaivenes de un incierto destino o los azarosos recorridos del corazón divino sino según los intereses del dinero. Mercados. Empresas.

Un ejemplo de sincronicidad capitalista: las fotografías aparecidas en Vogue de mujeres tradicionales (y liberadas) en Afganistán durante los años 60 en el momento en el que se consolidan los movimientos feministas y el flower power en Occidente. Pura ingeniería social.

En esencia, sincronicidad maldita o más bien, perversa. Porque ninguna mujer occidental aparece vestida con un velo o un traje árabe. No existe ni tan siquiera el amago. (¿Acaso porque de hacerlo serían amenazadas de muerte por los talibanes?). Y son las árabes las que se sincronizan con Occidente, según los dictados del capitalismo.

En realidad, aquella portada y reportaje de Vogue era capitalismo alquímico. Capricho divino. No retrataba la cultura afgana. Fetichizaba un momento. Lo inventaba e imaginaba. Lo forzaba. Y luego lo denegaba. Pues sugería qué es lo que, por más elegantes que posasen, aquellas mujeres nunca lograrían. Retrataba aquello que aspiraban a conseguir pero por haber nacido en el “otro lado” no obtendrían. Consiguiendo de paso, acelerar un poquito más la liberación sexual occidental que, en el fondo, era un ataque no sólo contra la familia sino, sobre todo contra el amor, como entre muchas otras obras, pondría de manifiesto Ang Lee en su Tormenta de hielo o exponen muy claramente las derivas sobre los cambios de sexo, mente y cuerpo de las estrellas posmodernas (caso Miley Cirus).

Además, ese aire de elegancia y glamour que poseían en las imágenes las misteriosas y sutiles mujeres afganas se sugería que era momentáneo. Lo tenían porque existía Vogue. Porque ahí estuvo Vogue. Y porque siempre que aparezca Vogue, cualquier tribu o individuo, no importa dónde se encuentre, experimentará el momento mágico. Alquímico. La posibilidad de unirse con el lujo occidental. Haciendo realidad esa sincronicidad aparentemente benigna de la globalización cuya lógica no es tanto maligna, sino perversa. Pervertida. Porque si alguien se encuentra satisfecho con el estado actual del desarrollo cultural y tecnológico de los países islámicos, es el capitalismo occidental (y no occidental). El dinero deuda. El que se invierte sin riesgos. Con ganancias aseguradas. Aquel que te esclaviza, vayas desnuda o vestida. Seas sumisa o dominante. Varón o Hembra.

De hecho, si lo analizamos con amplitud, comprenderemos que la mujer con velo islámica no es la opuesta de la desnuda y “liberada” occidental, sino su complementaria. Y ambas dos están al servicio de un sistema que necesita constantes contraposiciones para anular la fuerza plural de los conjuntos sociales. Ambas dos siguen los dictados de un dios que sólo en apariencia es caprichoso y neutro (el dinero) que, gracias a lo asincrónico (los pares de opuestos irreconciliables), funda sus sincronicidades favorables a la circulación continua de libre capital.

Mientras los musulmanes estén ocupados intentando rescatar del pecado a la mujer occidental y los occidentales se encuentren empeñados en quitar el velo y desnudar totalmente a la mujer islámica (¿no es ese el deseo profundo que late en ese supuesto mandato de altruista ayuda moral; conseguir llevar a la mujer islámica a la playa nudista?), los sultanes y los reyes, los bajás, príncipes y caballeros cristianos continuarán tomando té, whisky y cocktails en amplios torreones y palacios, campos de golf, piscinas climatizadas y resorts sin ningún problema. Porque esa es, exactamente, la sincronicidad con “aires de eternidad kármica” que se repite constantemente, un día tras otro, en el mundo empresarial globalizado. La nueva “sincronicidad” o “esclavitud” total. La alquimia económica que ha suplantado a la voluntad de los antiguos dioses espirituales. Shalam

الاِنْسان عدو ما يجْهل

La amistad puede convertirse en amor. El amor en amistad, nunca

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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