Amor y odio

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Recuerdo que cuando tenía 15 años no me interesaba más que beber, el rock, el cine y la literatura. Pasaba las clases leyendo, los recreos drogándome y los fines de semana combinando mis aficiones favoritas. No creía en nada. No creía en nadie. Odiaba nuestra sociedad. Odiaba a los políticos. Odiaba a los profesores. Sólo detectaba hipocresía. Sólo vislumbraba falsedad. Con el tiempo, obviamente, varié mi opinión de la vida e intenté en la medida de lo posible adaptarme a este mundo siempre, eso sí, guardando cierta prudencia y distancia. Mucha desconfianza. Visto lo visto, no sé si los esfuerzos que realicé en ese sentido fueron en balde. No hay más que mirar alrededor para corroborarlo. De hecho, si algo me ha salvado es ese adolescente que no terminó de morir nunca. No creer en nada. No creer en nadie. Odiar nuestra sociedad. Detectar hipocresía. Vislumbrar únicamente falsedad. Y consumir obsesivamente literatura, rock y cine.

¿Qué me hubiera ocurrido de creer en el sistema? Probablemente tendría deudas, estaría angustiado, no podría tan siquiera vislumbrar las razones del mal, el origen del malestar, tendría problemas para dormir, discutiría diariamente con personajes anónimos sobre la izquierda y la derecha en redes sociales y dependería de bancos y políticos. Prueba de que el odio y el amor son en esencia potencias salvadoras y de que si ciertamente es oneroso no amar a los que nos aman también lo es no odiar y despreciar a los que nos odian si se desea sobrevivir. Otro asunto, claro, y bien espinoso, es saber identificar a quién amar y a quién odiar. Con razón dicen que el diablo prospera en la confusión y en sociedades donde no resulta fácil distinguir la verdad de la mentira y el amor y el odio se han convertido en tibieza. Batalla ideológica y borreguismo. Conformismo y soledad. Pretextos en definitiva para destruir la libertad y transformar la vida en enfermedad. En purgatorio. El reino de los muertos inconscientes. Shalam

امنح الشيطان ما له: الشهوة والحسد والفخر

Dale al diablo lo que es suyo: lujuria, envidia y orgullo

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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