Castillos

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Bajo mi punto de vista, los castillos son lugares diabólicos. Los antros de perversión por excelencia. Tras sus muros es posible imaginar todas las parafilias sexuales posibles. Observo a lo lejos un castillo y al momento vislumbro a un noble furioso y sobreexcitado exigiendo manjares carnales. Creo, sí, que esas fortificaciones no eran tan sólo baluartes que cumplían la función de protección frente a los ejércitos enemigos sino que también permitían a los caballeros de la realeza realizar sus fantasías más extremas a escondidas del vulgo. Eran una negra pared tras la que todo podía ocurrir y era habitual, por ejemplo, encontrar campesinas desnudas que habían sido raptadas por caballeros que la plebe admiraba debido a las hazañas que habían realizado contra rabiosos adversarios y porque, bajo su yugo, se sentían resguardados.

Los castillos eran escudos contra el delito. Territorio franco para las ceremonias de iniciación. A cada cruz derecha colocada en los jardines y sus capillas le correspondía una cruz invertida guardada con pañuelos rojos en sus negros aposentos; a cada rezo en la capilla, un conjuro ocultista pronunciado en voz baja frente a sacerdotes enmascarados y esclavos arrodillados y encadenados obligados a comer junto a enormes mastines; y a cada grito de ira, un aullido de dolor.

La Edad Media es un época oculta y misteriosa porque es la edad de Oro de la depravación. Un tiempo en el que los tiranos no tenían oposición. Su voz era, a la vez, la de dios y la del diablo. La ley que justificaba las violaciones y las humillaciones. Las habitaciones de las casas modernas tienen como objetivo el placer. Son cómodas cajas hedonistas donde los accesorios y complementos sexuales son, a veces, más importantes que el orgasmo. El sexo moderno es, por lo general, deseo de confort. Una traducción más o menos esmerada de un vídeo erótico. Una obligación. Un deber embrutecedor que suele acabar en impotencia o insatisfacción por exceso de condimentos. Sin embargo, en los castillos no se buscaba tanto el placer con el morbo. Enfrentar cara a cara a la muerte. El sexo en la Edad Media era o bien un homenaje al mundo natural y a dios o bien un sacrilegio. Un abrazo total y absoluto a los cielos o un beso con la lengua al demonio y a esas gárgolas amenazantes que se reían viciosamente cerca de los ventanales de las catedrales góticas.

Puedo vislumbrar visiones sexuales y oníricas de todo tipo -repito- al contemplar un castillo. Desde grupos de mujeres desnudas recorriendo sus distintas salas montadas en caballos negros hasta varios eunucos adorando un enorme falo mientras se escuchan ruidos incomprensibles procedentes de las habitaciones cercanas o el rostro violento de un noble aullando de placer conforme decenas de siervas succionan su miembro.

Todo era posible en esas fosas amuralladas puesto que se construyeron para degollar la serpiente del paraíso y convertir a sus moradores en dioses. Y porque la única religión en sus contornos era la voluntad del poderoso y las únicas risas que se escuchaban durante meses eran carcajadas que emergían de las gargantas de nobles embriagados con el vino y banquetes culinarios llenos de platos en los que los enormes pedazos de carne de pollo, buey o cerdo que ingerían tenían un aspecto similar al culo de las esclavas con las que fornicaban diariamente. Shalam

إِنَّ اللَّبِيبَ بِالإِشَارَةِ يَفْهَمُ

El destino es aquello que limita nuestro poder

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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